Un circunspecto estudio publicado estos días por el British Medical Journal establece que un buen apretón de manos ayuda a llegar a viejo. De hecho, la tasa de mortalidad entre los que estrechan la mano blandamente es un 67 por ciento mayor que la de aquellos otros que la chocan con energía. La idea puede parecer algo tonta, pero no más que las conclusiones de buena parte de los estudios e informes en los que cada año ocupan sus ocios las gentes de ciencia.

La investigación del antes mentado British Medical, por ejemplo, llega también a la extraordinaria conclusión de que "las personas mayores con mejor capacidad física viven más". Tal vez no hubiera sido necesario gastarse los cuartos en averiguar que la gente enferma tiende a morirse antes que la sana, pero nunca está de más comprobarlo científicamente. Y además, ya se sabe que hay quien disfruta de una mala salud de hierro.

Las ciencias avanzan que es una barbaridad. Otros dos estudios firmados en este caso por investigadores norteamericanos nos iluminaban no hace mucho sobre los problemas de la reproducción. El primero de ellos demostraba estadísticamente que "la práctica frecuente del sexo aumenta las posibilidades de embarazo", pero el segundo era aún más pasmoso. Apoyándose igualmente en la estadística, los expertos dedujeron que el número de embarazos entre las adolescentes baja de modo significativo a partir de los 25 años. Habrá que saber donde sitúan la frontera de la adolescencia, pero nadie ignora que los sabios, en su natural despiste, suelen pasar por alto esos nimios detalles.

El repertorio de investigaciones a menudo extravagantes abarca casi cualquier aspecto de la vida. Gracias a una de ellas, el público indocto en estas cuestiones de ciencia pudo saber que "el uso de la ropa ayuda a mantener el calor del cuerpo durante el invierno". Igualmente preocupada por el bienestar general, la empresa farmacéutica Pzifer descubrió –tras arduas pesquisas- que la salud de las personas sufre un mayor deterioro durante los últimos ocho años de su vida. Y no digamos ya un minuto antes de morir.

Además de la salud, también el dinero y el amor atraen la curiosidad de los sabios, mucho menos fríos de lo que los pinta el tópico. La Universidad de Pennsylvania, por ejemplo, invirtió un considerable presupuesto para averiguar si el dinero da o no la felicidad. Se ignora si los investigadores incluyeron en su campo de estudio a los millonarios, que son los que de verdad saben de esto; pero el caso es que llegaron a la conclusión de que el dinero sí nos hace más felices, contra lo que sostiene el dicho popular.

El estudio sobre el amor correspondió, por lógica, a los franceses. En este caso se trataba de dilucidar quienes son los que más éxito tienen con las señoras, incógnita rápidamente despejada por el prestigioso Institut National de la Statistique et des Études Économiques que al parecer indagó en tan grave asunto. Su conclusión irrefutable fue que los hombres altos atraen más a las mujeres que los bajitos: un dato ya sospechado por muchos, aunque bien está que la ciencia lo confirme.

Más dados a la mecánica, los alemanes de la revista "Men´s Car" encargaron otro informe del que se deduce sin lugar a dudas que los propietarios de un lujoso Porsche tienen menos relaciones sexuales que los conductores de un Opel o un Volkswagen. Un estudio sólo superado en profundidad por el de la firma británica a la que correspondió la gloria de descubrir que el 22 por ciento de las conductoras de más de 45 años llevan lencería sexy, mientras que sólo el 5 por ciento de los dueños de un BMW usan tanga.

Con tamaña profusión de estudios, ni siquiera es de extrañar que un grupo de investigadores estadounidenses estableciera recientemente el hecho de que la muerte es la principal causa de mortalidad, al menos en Estados Unidos. Efectivamente, está muriendo gente que nunca había muerto. Por fortuna, aún quedan científicos para constatarlo.

anxel@arrakis.es