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Voces que rompen la soledad

El acompañamiento telefónico mitiga el aislamiento de mayores que viven solos y que se ha visto agravado por la pandemia

La voluntaria Mari Carmen Payno, durante una de las llamadas a mayores. | // FDV

Orisia reside sola a sus 92 años. | // MARTA G. BREA

Chelo, de 77 años, vive sola desde hace 42. | // M.G.B.

“El día que venía Mari Carmen era una alegría, suspiraba cuando llegaba”. Chelo, de 77 años y 42 viviendo sola, habla de la voluntaria de Cruz Roja que, desde hace dos años, rompe por un rato su soledad haciéndole compañía. Hasta el pasado marzo, la visitaba en su domicilio. Charlaban con una taza de té en la mano o aprovechaban el sol para salir a pasear, del brazo, porque a Chelo apenas le queda ya un resquicio de visión. La pandemia ha convertido esa relación en telefónica y, aunque las conversaciones reconfortan, no es lo mismo.

El suyo es uno de los 26.372 hogares unipersonales registrados en la ciudad –un 23% del total, según datos del Instituto Galego de Estadística de 2018–, en los que la edad media es de 60 años. Es decir, que en un importante porcentaje de ellos viven mayores. A la soledad que ya sufrían algunos, la pandemia por el coronavirus ha sumado meses de aislamiento en sus domicilios y la suspensión de programas con presencia física, como el acompañamiento en domicilio o actividades grupales. “Para ellos, cuando venían a los talleres de Cruz Roja, era un día de encuentro enriquecedor en el que veían a sus amistades, a sus compañeros”, cuenta Mari Carmen Payno y añade: “A su soledad se les ha sumado la falta de los pocos contactos que mantenían”.

“Las añoro mucho”, lamenta Orisia, de 92 años, sobre las actividades a las que acudía en las dependencias de la ONG. Teme no poder volver. “Sabe Dios esta pandemia cuándo se termina y somos todas mayores, no sé si podremos volver, yo lo siento mucho”, cuenta. Echa mucho de menos el contacto con las monitoras y los chóferes: “Todos son un encanto”.

El aislamiento al que ha condenado la pandemia con especial crudeza a este colectivo está dejando secuelas en su humor. “Sí que se ha notado mucho el cambio en el estado anímico de los mayores que viven solos”, constata Payno. Ella trata de insuflarles energía al otro lado de la línea telefónica con mensajes positivos. “Siempre les insisto en que va a salir la vacuna, que estamos en la recta final”, explica. Payno llama a alrededor de medio centenar de personas a la semana a través del programa de proximidad y hace compañía a tres señoras desde hace años. “Estableces una relación afectiva porque son todas las semanas durante años. Conoces sus inquietudes, sus desvelos y son sumamente agradecidas y entrañables”, describe.

A Orisia lleva visitándola una década. “Extraño mucho que no venga porque quiero mucho a Carmiña. Me llama a menudo, pero no es lo mismo”, resalta. Esta nonagenaria vive sola porque así lo ha decidido. Pero no está sola. En la misma calle residen su hija y su yerno, que la visitan a menudo, y cuenta con la ayuda de una empleada del hogar para limpiar la casa. “Soy muy hogareña, no me importa estar sola, veo la tele, hago los deberes de la Cruz Roja...”, relata y destaca lo mucho que le gusta adquirir conocimiento. “Estas actividades me tienen valido la vida, porque me crié en una aldea en tiempo de la guerra y siempre añoré mucho no poder estudiar”, explica y añade: “Siempre digo que quisiera morir aprendiendo”. Un voluntario le lleva ahora las tareas a casa.

Sale menos, pero sale. Cuando hace sol, ella baja al parque, con su andador y sus sopas de letras. “No me quejo, me puedo mover sola”, cuenta, a pesar de que la artrosis cada vez se lo pone más difícil. El confinamiento fue “muy duro”, pero “hay que hacerlo y hay que hacerlo”. “Ni siquiera abrí la puerta”, recuerda e indica que sí recibía las visitas de su hija.

Chelo, que padece una isquemia mesentérica complicada desde hace 24 años, se siente confinada desde hace siete cuando, tras una fibrosis pulmonar, también perdió la vista. Tuvo la suerte de que el confinamiento le cogiera en su piso, después de un mes en una residencia mientras cambiaban el ascensor de su edificio. Lo pasó escuchando mucha música, viendo documentales y paseando por una terraza que le “dio la vida”. Es muy organizada y contó con el apoyo del supermercado, la farmacia e incluso el banco para surtirse de todo.

Pero, sin contacto con la familia, lo que más echa de menos es el contacto humano. Como las visitas de Mari Carmen. “Le tenía preparado el té, hablábamos, nos compenetrábamos”, recuerda y señala que se preocupan la una por la otra. Su madre ya contaba con el apoyo de una voluntaria, la actual presidenta de Cruz Roja en Pontevedra, María Teresa Álvarez, de la que tiene un “recuerdo buenísimo”. Destaca la “importantísima labor” del voluntariado.

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