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Veinte menores sufren intoxicaciones etílicas al mes pese a las restricciones en pandemia

Restos de un botellón en Pontevedra.

Restos de un botellón en Pontevedra. SANTOS ÁLVAREZ

En un escenario de continuas limitaciones y restricciones, con un confinamiento y un estado de alarma que se prolongó de marzo a junio, con numerosas consignas en cuanto a la celebración de eventos o en relación al número de participantes en una reunión, también se redujeron las oportunidades para consumir alcohol, incluidos aquellos que, por su edad, no pueden. Pero aún en esas complicadas circunstancias, una veintena de menores precisaron de media cada mes de la asistencia del 061 en Galicia por excederse con el alcohol hasta llegar al punto de la intoxicación etílica aguda.

El dato, facilitado por el Sergas, concreta que los adolescentes que tuvieron que ser atendidos por realizar un consumo desmedido de alcohol en 2020 fueron 267. La cifra es casi la mitad exacta de la que notificaba la Consellería de Sanidade un año atrás, cuando este tipo de casos había alcanzado dígitos de récord en la década en Galicia, con 557 intoxicaciones que a veces llegan al coma etílico. Solo entre 2016 y 2017 una veintena de esos chicos precisó ser ingresado en el hospital. No bastó con tratarlo in situ.

En la información facilitada por las autoridades sanitarias en los últimos años no aparece un desglose por edades, pero sí en pasados ejercicios y eso permitía constatar cómo esos episodios de ingestas desmedidas tienen como protagonistas incluso a niños de 12 y 13 años. De hecho, un estudio realizado por la Universidade de Santiago y coordinado por Antonio Rial Boubeta posibilitó concluir que más de dos mil niños gallegos con estas edades admiten darse atracones de alcohol, aunque el consumo intensivo de la sustancia va a más conforme se acercan a los 18.

Consecuencias

Fernando Cadaveira, catedrático de Psicoloxía de la Universidade de Santiago y experto en investigar consecuencias neurocognitivas del consumo intensivo de alcohol en jóvenes, una tarea en la que lleva embarcado quince años, insta a no apurarse a celebrar la bajada de 2020 porque lo mismo sucede en todas partes a causa de la pandemia. “Porque el consumo de los jóvenes no es un consumo por dependencia, sino recreativo; está asociado a la forma de divertirse, y si la pandemia les quita tiempos y espacios recreativos, se reduce mucho el consumo intensivo de fin de semana”, argumenta. Aunque desearía que esas cifras se “consolidasen”, está convencido de que, “en cuanto volvamos a la normalidad, la tendencia va a ser a restablecer las formas que tienen de diversión”.

Lo habitual, recuerda, es que los datos de consumo sean “muy elevados”, un fenómeno común en occidente, lo que ve “negativo”. Porque tras analizar el cerebro mediante diversas técnicas “por tierra, mar y aire”, desde neuroimagen a test para evaluar atención, memoria o rendimiento, “las noticias no son buenas”.

Daños

Algunos puntos, subraya, son “especialmente problemáticos”. En primer lugar, explica, hallan “anomalías” en la estructura cerebral y en la forma en que se relacionan distintas partes del cerebro, de modo que la información se transmite de “forma más lenta”. “No es un problema pequeño”, sostiene.

Por otro lado, cuenta cómo en el campo de los test, al hacer evaluación neuropsicológica, los expertos internacionales coinciden sobre todo en las dos repercusiones “más negativas”. Una son los “problemas en la formación de nuevas memorias”, una cuestión que, a juicio de este investigador, es “bastante trascendente para esas edades, donde está definiéndose qué tipo de adulto va a ser, si va a estudiar una carrera u otra...”. En ese aspecto, explica, “tiene peor rendimiento la gente que hace consumos intensivos del alcohol” que aquella que no los hace. “Cuando más temprana es la edad de inicio del consumo, peor”, recalca. Y además, esos efectos son “duraderos” incluso tras dejar el consumo, otro tema, reitera, “no menor”.

El otro aspecto donde afloran más problemas, prosigue, es en control comportamental y control inhibitorio. Pone de ejemplo el frenar si el semáforo se pone en rojo o el no abalanzarse sobre una tarta si uno está invitado a un cumpleaños. “Se producen cambios en el medio que exigen que corrijas o que te reprimas y en ese tipo de conductas también salen peores resultados en la gente que hace consumo intensivo de alcohol”, detalla.

Nota positiva

En todo caso, apela asimismo a una “cautela”: este tipo de efectos no ocurren en todos los sujetos. “Esto es como la lotería: cuanto más bebes y cuanto más pronto bebes, vas a tener más boletos para tener un problema. A lo mejor no te toca, pero si bebes mucho, es muy probable que te toque”, incluso cabe la posibilidad, apunta, de “desarrollar alcoholismo”.

Cadaveira quiere hacer constar una nota “positiva”, pensando en las familias: “Si se consigue que la gente joven no beba hasta los 18, después es muy difícil que haga consumos de riesgo”. De ahí viene, apunta, que se insista mucho en prohibir el consumo en menores. “No es una cosa caprichosa”, sino que el cerebro es “muy vulnerable a determinadas edades y si conseguimos, entre todos, en la familia, en la sociedad, con leyes... convencer para que se demore el inicio del consumo” hasta los 18 o 19 años, aunque lo ve “una utopía en España”, considera que se resolverían dos problemas: el del consumo de alcohol en menores y efectos en el cerebro y, “en gran parte”, el del alcoholismo “porque ya beberán mucho menos”.

DOS DENUNCIAS POR SEMANA POR VENTA O CONSUMO ANTES DE LOS 18



La anomalía de 2020 también redujo los dispositivos que monta la Policía Autonómica los fines de semana para velar por el cumplimiento de la ley de prevención de bebidas alcohólicas en menores a los 282, lo que supone una quinta parte de los que hicieron en 2019. En la misma medida se rebajaron las inspecciones que realizan a establecimientos para asegurarse de que, de ese lado, también se cumple la normativa: de las 4.744 a las 830. 

Sin embargo, su labor sancionadora no descendió en la misma proporción. Según datos facilitados por Vicepresidencia de la Xunta, incluso en esas circunstancias, solo los agentes de la Policía autonómica registraron 14 denuncias por la venta de alcohol a menores (frente a 98 en 2019) y 93 denuncias (frente a 231) a adolescentes por consumir esta sustancia. A ellas se sumarían otras 4 por vender tabaco, 4 por consumirlo y 6 por consumo de estupefacientes. 

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