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Mira las luces de Alcampo en la Avenida de Castelao

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Alfonso Armada: Mira las luces de Alcampo en la Avenida de Castelao A. A.

Tras recibir el premio de la Feria del Libro de Guadalajara, la escritora chilena Diamela Eltit dijo en una entrevista: “Sentí ganas de hablar con la niña que fui”. Y esa pelota rebotó en mi cabeza como en una cancha vacía. Al inicio de Mira las luces, amor mío, escribe Annie Ernaux: “Escogemos nuestros objetos y nuestros lugares de memoria o más bien el espíritu de la época decide qué merece ser recordado. Los escritores, los artistas, los cineastas participan en la elaboración de la memoria. Los hipermercados, frecuentados grosso modo cincuenta veces al año por la mayoría de las personas desde hace unos cuarenta años en Francia, empiezan apenas a considerarse entre los lugares dignos de representación”.

Es curioso que en un triángulo escaleno con lados de 170, 265 y 218 metros haya pasado prácticamente toda mi infancia. Nací en una casa que se encontraba en el primer tramo del Camiño da Raposa, que entonces era la Plaza de la Consolación, casi enfrente de la actual iglesia parroquial de Coia. De ahí nos fuimos al número 55 de la calle de Núñez de Balboa, que dejamos para irnos a vivir en el número 38 del Camiño da Raposa. Un raro triángulo poblado de recuerdos, en general más buenos que malos y donde lo que predominaban era los veranos interminable y juegos. Ser muchos primos y tener una finca a nuestra disposición es lo más parecido a un paraíso en la tierra.

Hace cuarenta años, cuando yo ha había abandonado Vigo para seguir mi propio camino, en la antigua alameda, donde el palco, las ferias, las fiestas, plátanos, alameda, vacas, que el polígono ya había empezado a arrinconar, se levantó el primer hipermercado de la ciudad, Alcampo, que le cambió la vida al barrio de Coia y, durante muchos años, a toda la ciudad. No fue sin embargo hasta lectura de Mira las luces, amor mío, de la escritora francesa Annie Ernaux (Lillebonne, Normandía, 1940), que empecé a recordar y a contemplar el Alcampo de mi vida con otros ojos… Porque Alcampo juega un gran papel en el librito (120 páginas en la edición de Cabaret Voltaire, traducido por Lydia Vázquez Jiménez), me ha ayudado a ver mucho más de lo que veía, y ahora ya no puedo verlo con los ojos supuestamente inocentes (velados) de antes: “Lo queramos o no, aquí nos constituimos en una comunidad de deseos”.

Reparo en la cuenta de la compra que finalmente hice ayer al terminar mis entrevistas en los altillos del hipermercado, donde están las oficinas:

El ticket del Alcampo

El ticket está encabezado con una sola palabra entre dos asteriscos a cada lado y las letras con blancos entre ellas:

** B I E N V E N I D O S **

Al pie se repite el día y la hora y algunas de las cifras recogidas antes, pero en otro orden: 40 0164. 260 y dos líneas, como todas las palabras del recibo, en mayúsculas, pero en cuerpo mayor y en negrita, también entre dos asteriscos a cada lado:

** GRACIAS POR SU VISITA **

y debajo:

A TU LADO SIEMPRE

Antes de pagar el ticket, el importe de mi compra, he visto lo que, en letra verde y roja, lleva impreso el papel que, como usa tinta al calor, pronto se desvanecerá, quizá cuando quiera volver a leerlo dentro de unos días. Es un documento extraordinario, que desechamos, o que desde luego yo desdeñaba con displicencia. Además de hacer publicidad de su tarjeta Alcampo Oney (“AHORRA CON TU TARJETA ALCAMPO”) e instrucciones sobre cambios y devoluciones.

Y sólo ahora reparo en algo que dejé de ver hace tiempo. En la A de Alcampo, la única en mayúsculas, todo en rojo, figura un pajarito. Como si el rasgo horizontal de la A fuera una percha y allí se hubiera posado, tan campante, el pajarito. No está en una jaula. Parece libre de echarse a volar en cualquier momento. Pero no lo hace. Está a gusto. Como en su casa.

Aprovechando hasta el último rayo del sol A. A.

Juan Carlos Bouzón

Juan Carlos Bouzón nació en Cesantes, enfrente de la isla de San Simón, hace 60 años. Las ramas de la carpintería se bifurcan entre la carpintería de ribera y los astilleros (construyeron barcos de madera para la pesca de la sardina, y fueron maestros para los presos en San Simón) y la atención al público con una tienda de ultramarinos y un bar. La primera escuela fue en su propia casa. Estudió en Redondela y recuerda la dureza de los inviernos, y cómo aprendió el oficio tras el mostrador, no en vano empezó a trabajar a los ocho años.

Me imaginaba a un algo ejecutivo, tal vez un tipo hermético, lleno de números, dosieres en papel cuché y un estudiado repertorio de frases hechas. Todos somos carne de prejuicios. Pero lo que no me esperaba es que un nativo de Cesantes con un pie en el mar y el otro en una tienda desde que era un chaval esté al frente del hipermercado de mi barrio casi desde que se inauguró, por cierto, el mismo día que salió (con una diferencia de 130 años) el primer número de FARO DE VIGO: el 3 de noviembre. El FARO, de 1853. Alcampo, el 3 de noviembre de 1981. Bouzón, a quien por cierto se le dan bien los números, quiso estudiar, animado por un profesor que sabía de sus talentos, Físicas. Pero no pudo ser. A los 15 años se vio obligado a hacerse cargo de la familia. Fue precisamente en el FARO donde leyó que se iba a abrir una gran superficie comercial en la ciudad. Era el año 1981. Envió una carta y en el número 4 de la calle Reconquista, Juan Carlos Bouzón fue el cuarto en ser entrevistado por Pierre Vidal, el primer director del hiper de Coia, y ahí empezó una carrera en Alcampo que es la historia de su vida. Hasta hoy. Sigue siendo una empresa familiar y Vigo respondió con creces a las expectativas con que en la sede central en Francia se optó por este enclave en el noreste español.

Su director hace hincapié en que la voluntad de Alcampo fue desde el inicio volcarse en el lugar y en la relación con los clientes, que no fuera fría, mecánica, inhumana. Parece harto difícil en un inmenso centro comercial como este, pero basta hacer cola en una de las muchas cajas y darse cuenta de que muchos clientes y muchas cajeras se conocen e intercambian frases que no son sólo transaccionales. A Bouzón no le gusta hablar de sí mismo, pero me pareció indispensable conocer a quien mueve una maquinaria de un lugar que, cuando está en plena ebullición, tiene más habitantes que muchos pueblos y en el que siempre hay actividad. Las 24 horas del día.

Vista de la ría de Vigo con la "presencia" del puente de Rande A. A.

Recuerda Bouzón que el primer Alcampo se abrió en el norte de Francia en los años sesenta. La idea parece simple: tratar de vender mucho a muchos clientes a bajo precio. Al hacerlo se reducían de forma sustancial los costes, algo imposible para el pequeño comercio minorista y que beneficiaba al consumidor: “En vez de ganar cien con un producto vendo a cien personas por un euro”. ¿Economía de escala? ¿Un nuevo tipo de mercadotecnia? Parece una fórmula matemática y probablemente lo sea, pero esconde y dice mucho más. Unido a una búsqueda de una relación más directa y personalizada con cada cliente, algo no tan habitual en las grandes superficies, y que en principio podría parecer un imposible metafísico. Pero no olvidemos que esto es Galicia. Y para completar la ecuación, una estrategia que según Bouzón le han devengado grandes beneficios: la apuesta por lo local, por productos de la tierra que, con ayuda de instituciones públicas como la Xunta, llevaron primero a Madrid y a otros establecimientos de la cadena, y después a Francia. padres a hijos”.

Al reproche de que algunos sectores les afean su posición de fuerza en el mercado, que les permite, con las grandes compras, abaratar los precios y ser mucho más competitivos, el director de Alcampo Coia hace hincapié en la responsabilidad social corporativa, y a la estrecha relación que mantienen con asociaciones de vecinos, parroquias y entidades como Vida Digna o la Cruz Roja y que se traduce en campañas, donación de alientos, material escolar y productos de primera necesidad para ayudar a los sectores más castigados por la pandemia y más desvalidos por la crisis económica y el paro. Bouzón trata de que el mensaje cale en su interlocutor sin abrumarlo ni con cifras ni con técnicas de mercadotecnia. Tiene la mano derecha hinchada por una caída y tiene que ir a rehabilitación. Nos damos la mano sin hacer fuerza. No sé por qué, me viene a la memoria el padre de Kafka, que era tendero y razonable y no entendía las veleidades literarias de su hijo. Luego hablarán sus empleadas de su preocupación por que el buen ambiente de trabajo se contagie en e trato a los clientes. Como periodista (¿también como gallego?), uno desconfía sistemáticamente o pone en cuarentena todo lo que le dicen. Pero la observación directa permite detectar ese esmero sobre todo en la línea de cajas, la hora de la verdad, donde hay que pagar por lo que quieres. ¿La medida de todas las cosas en el mundo que hemos construido? Ojalá no. Pero el trato, por lo que puedo constatar, y la experiencia de mi madre, clienta fiel a lo largo de estos cuarenta años, puede acreditarlo.

Lo explica Maica, nacida en Arbo hace 56 años, aunque vive en Vigo desde los tres meses. Estudió primero en las Calasancias, y luego no muy lejos de Alcampo, en el instituto Coia 4. Tiene dos hijos (su hija ha empezado a trabajar en la misma firma como reponedora). Lleva en Alcampo desde 1987. Ha sido su primer y único empleo. Fue cajera y sigue siendo cajera, aunque ahora como supervisora. Lo que más le agrada es el trato directo con los clientes, sobre todo con la gente mayor: “Agradecen que tengas un detalle con ellos, que te preocupes, que les ayudes a meter la compra en la bolsa. Hay clientes fijos, muchos vienen todos los días a comprar el pan o pescado y si no te ven en las cajas no se atreven. Clientes que buscan a su cajera de confianza”. Ella conoce el nombre, al menos el de pila, de decenas de clientes. No en vano lleva toda una vida sabiendo y cobrando lo que compran. ¿Somos lo que compramos? Recuerda cuando al principio se formaban grandes colas y aprendieron a manejar las cajas mediante un marcaje ciego. Conocían de memoria un número inmenso de productos que tenían asignado un código. No recuerda cuándo se introdujo el escaneo y el código de barras, pero reconoce que “esa fue la gran revolución. El gran cambio”. Dice que se siente “bien pagada y valorada”, pero antes se levanta para cerrar la puerta para hablar con mayor intimidad y libertad. Más que la velocidad a la hora de escanear lo que más tienen en cuenta es “la actitud”. Dice Maica, que mira a los ojos con franqueza, y me hace pensar que la recuerdo de haber pasado por su caja en más de una ocasión, que no le parece un trabajo estresante, que te ves con todo tipo de clientes. Pero reconoce que la mayoría son amables. Ella por en práctica lo mismo que Ángela, que vendrá después, la bondad de los desconocidos:

—Quienquiera que sea… siempre he confiado en la bondad de los extraños, dice Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo.

“Me gusta el trato con el cliente. Me gusta saber cosas. Me gusta molestarme. Me gusta que la gente se vaya contenta. No puedo decir nada malo de la empresa. Son muy humanos. Yo fui creciendo aquí, formándome a medida que iban pasando los años”. Maica no da la impresión de haber sido adoctrinada. Transmite una alegría genuina.

Ángeles, de 58 años, empezó en Alcampo prácticamente cuando se inauguró. Tiene, como Maica, dos hijos, y uno trabajando también en este Alcampo (Vigo 1, en el argot interno). Fue cajera, coordinadora de cajas y ahora es responsable de la zona infantil en la parte de tienda. Reconoce que las cajas te permiten una interacción más directa con los clientes, pero como vendedora, primero en blanco (todo lo relacionado con el hogar: sábanas, toallas y demás), el trabajo es más de fondo, de presentación, y luego de trato más pausado. Ella estudió para secretaria, aunque le hubiera gustado ser maestra. Pero Alcampo se cruzó en su vida y se convirtió en ella, y no se arrepiente. “Los clientes son muy fieles. Aquí tienes todo lo que puedes necesitar”. Literalmente. Desde lo más básico, la alimentación, a la ropa, los electrodomésticos, la informática, los juguetes, el material escolar, las herramientas, los muebles… Y muchos tienen aquí su mundo real. Lo que nos permite vivir. Lo que nos parece imprescindible para vivir.

Hay otras formas de organizar la economía, de satisfacer las necesidades humanas, de garantizar la justicia, de luchar contra la inequidad. Pero esto es un pedazo real de mundo. “Sigo encantada. Algunos de mis mejores amigos los he hecho aquí. Claro que ha habido momentos malos. Pero Alcampo me ha dado mucho y yo me siento agradecida”.

La ciudad-supermercado A.A.

Jeme nació hace 44 años en el barrio de Teis. Viene cargada con una gran bolsa de Alcampo en una mano, y con a otra arrastra a su hija Carolina, de 7 años. Aunque le queda más cerca el centro de la Avenida de Madrid (Vigo 2, en la jerga interna de la firma. Vive en la calle de Ramón Nieto) prefiere venir a Coia siempre que puede. Le gusta mucho más que otros centros comerciales (cita dos): “por los buenos precios, porque todo está a mano, por el buen trato de todos los empleados, especialmente las cajeras”. La dejo ir porque amenaza lluvia y ellas han de coger el Vitrasa para volver a casa. La elegí al azar, en el parquecito al otro lado de la entrada principal del hipermercado, sin saber que iba a repetir de pe a pa el argumentario de la empresa.

Lourdes (47) y Manuel (56) nacieron en Vigo. No se consideran clientes porque carecen de tarjeta de fidelización, pero él, que vive en Coia (les abordo cuando Manuel está a punto de recoger su bicicleta, que tiene candada junto a la puerta principal), sí dice que lo frecuenta: “De hecho, es el único que conozco. Por comodidad”. Lourdes asegura que “Alcampo ya no es lo que era. Los precios de los alimentos han subido en todas partes. Aquí también”. Él se muestra mucho menos vehemente. Ella es de las que busca y elige en función de lo que le conviene. Como Annie Ernaux no es fiel a ningún supermercado.

Edelmiro Rodríguez Rodríguez fuma bajo la gran marquesina de Alcampo, en la esquina entre O Grove y la Avenida de Castelao. Nacido e Cadeán en 1953, durante 40 años vendió FARO DE VIGO, y otros periódicos, en el kiosco que había en la Plaza de España:

—Uno rojo.

—Lo recuerdo.

Acabó dejándolo, y jubilándose:

—Era una ruina.

Pero dice que el FARO se portó muy bien con él. Hasta le sacaron en sus páginas. Para él todo empezó a desmoronarse cuando toda la distribución cayó en manos de una sola empresa. Edelmiro es un cliente modélico de Alcampo. Viene todos los días. Porque le gusta comer productos frescos. “Antes se me caducaban en el frigorífico”. Vive literalmente enfrente, y se da el paseo en su silla de ruedas manual. Tiene una eléctrica, pero prefiere esta: “Porque no me gusta depender de nadie, y esta la muevo yo con mi mano y mis brazos”. Le gusta especialmente este Alcampo “porque es muy amplio. Me puedo mover con mi silla de ruedas sin complicaciones. Lo malo es que algunos productos me los ponen cada vez más alto, y no llego. Pero me ayudan”. No tiene más que palabras amables para todos. “Conozco a las cajeras, a los dependientes, a los guardias de seguridad. Algunos son mis amigos”. Pero lo que más celebra son las cajas automáticas, ideales para su estatura. Porque a las cajas normales apenas puede asomar la nariz. Lleva inválido desde los tres años a causa de una meningitis. Su vida no ha sido fácil.

“La espera ante las cajas es, esta noche, interminable. Me resigno. Caigo en una especie de letargo y entonces el ruido de fondo del híper a esta hora de afluencia me hace pensar en el mar cuando nos quedamos dormidos en la arena”. Annie Ernaux, Mira las luces

Fue después de mucho insistir que recibí por fin en mi buzón electrónico algunos de los datos que reiteradamente les pedí a los responsables alcampinos. Vinieron en dos flamantes powerpoints. Fundada en 1961, la empresa sumó 32.000 millones de euros en ventas en ese 2020. Presente en 14 países de tres continentes, cuenta con un total de 310 tiendas, de ellas 62 son hipermercados y 248 supermercados (135 de estos últimos franquiciados). Respecto a Alcampo 1, el de la Avenida de Castelao, el mío, cuenta con 44 cajas, 31 más 12 amigas y 1 periférica. El número de referencias (de productos) alimenticios es de 28.000, mientras que los que no entran en esa categoría son 34.000, es decir, unas 62.000 cosas se pueden comprar en Coia. Un total de 2 millones cien mil personas pasan por la tienda, claro que no son pocos los que repiten, como Edelmiro Rodríguez Rodríguez. Leo la larga carta y el informe de actividad y responsabilidad social corporativa relativo a 2020 que firma Américo Ribeiro, el director general de Alcampo, con un ambicioso plan de acción y un atrevido objetivo: “cambiar de vida”.

A pesar de su apellido, Luciano Concheiro es mexicano (nació en a capital de su país en 1992). Estudió Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde ahora enseña, y Sociología en la de Cambridge. Leo su Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante mientras contemplo con un unto de melancolía la Avenida de Castelao y lo que el autor de Sempre en Galiza escribió, defendió, le llevó a un tristísimo exilio en Argentina, donde murió. Si veo mi infancia inserta en esa especie de escaleno, el nombre de la avenida, absolutamente inconcebible en tiempos del franquismo, en que la figura de Castelao y su obra habían sido convertidas en biografía y prosa clandestinas, ahora forma parte del entramado urbano, no es más que una arteria más, que corre en paralelo a ese centro comercial en el que tantas horas pasan tantos, galleguistas, conservadores, socialistas, trostkistas, apolíticos, jubilados, adolescentes, independentistas… Escribe Concheiro que “los problemas que incitaron las revoluciones del pasado –la explotación, la desigualdad, el hambre, la injusticia– permanecen, pero la revolución ha dejado de ser una opción viable para erradicarlos. En pocas palabras, la revolución desapareció del imaginario político”, y añade: “La crisis de imaginación política que nos acecha es severa. No existen propuestas paralelas al capitalismo y la democracia liberal”.

La noche ha caído sobre Coia, Alcampo, mi infancia. Le dejo a Annie Ernaux que apague la luz esta noche: “Quizá exista una melancolía especial de los hipermercados”.

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