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Faro de Vigo

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La luna de Gondomar. Un tramo de vida

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La luna de Gondomar: un tramo de vida

La Ladeira, junto a la de Panjón (así la pronunciaba mi padre, que no denostaba el gallego –con él fui por primera vez a la misa en galego, en Los Salesianos–. Así lo pronunciábamos nosotros), además de la de Barra, en la otra orilla de la Ría, eran las playas de nuestra infancia. La Ladeira era nuestra preferida, porque por mucho que te internaras en el agua nunca te cubría. Era una playa para perderle el miedo al mar.

La garza, A Laderia y la memoria A.A

Tal vez por mis amigos ricos, o por la belleza inaccesible de las chicas, Gondomar, La Ramallosa, Nigrán, Playa América y Baiona tuvieron durante buena parte de mi adolescencia y juventud una aureola semejante al Aeroclub, en el que nunca entré. Era un largo guateque al que nunca fui invitado. Era como si nunca acabara de crecer. Como si lo todo lo que aparentemente destilaba aquel mundo de sexo, música, drogas, coches, alcohol, cosmopolitismo, veranos interminables… fuera para mí como un país extranjero para el que nunca tuve pasaporte. Pasé de la infancia a la adolescencia y de esta a la juventud entre libros, un cortocircuito entre mi vocación religiosa y el desconcertante mapa de la carne, como en semipenumbra. Todavía hoy, cuando atravieso estos lugares, en coche o en autobús, entonces también en tranvía, mantienen la pátina y los nombres. Un enigma que no fue descifrado en su día.

 

La carretera PO-340, también llamada Avenida de Portugal, pese a arrastrar mi pesada maleta bajo un sol insidioso, fue un recorrido insólito. Un tramo que permite constatar, una vez más, que para ver hay que ir más despacio, y a ser posible a pie. A ras de tierra. No sólo porque la verdad suele ser invisible a los ojos, sino porque desde la isla blindada de los automóviles (aunque la mayoría de las carrocerías sean de papel de fumar) en realidad nada se ve.

 Todo empieza en el hermoso puente románico de A Ramallosa, del siglo XIII (reedificado en el XX, todo sea dicho), también llamado de San Telmo, por el cruceiro que lo preside y ampara, con los ojos casi cegados por la marea alta y el caudal. Conserva un aristado doble sistema de tajamares que combate la fuerza del río, y solo por eso deberían llamarse tajarríos. Nada más echar a andar, dejando la corriente del Miñor a mano derecha, aflora un esqueleto que parece un dibujo de Ramón Trigo puesto a secar al sol. Una raspa, las cuadernas descarnadas, un naufragio, metáfora nada sutil de todos los fracasos.

Piedras como animales prehistóricos en el jardín delantero de una casa. Las decoraciones, las formas, los jardines, las fachadas, los tejados son el relato de nuestra educación moral y estética. Así nos pronunciamos y mostramos, como una segunda naturaleza. Como si la casa propia fuera una gran máscara para la intemperie. Un taller anuncia por todo lo alto

“Se hacen latiguillos”

y no sé si es masoquismo, sadismo o ignorancia básica de los rudimentos de la mecánica.

El vivero es un bosque en sí mismo. La empleada a la que sorprendo manguera en mano no sabe ni el precio ni la antigüedad del historiado olivo que nos observa mientras lo observamos. Su estimación de cien años se queda ostensiblemente corta. A primer espléndido olivo le sigue una avenida que parece ser un paseo por la antigüedad del mundo, de cuando ni A Ramallosa ni Gondomar eran lo que son, ni siquiera Vigo. La noche de los tiempos, con todo lo que ese sintagma propone a la imaginación.

Enseguida captan mi atención dos columnas que, clavadas en un jardín, no parecen conmemorar ni servir de pórtico a nada. Son como dos cipos o dos cipotes: un canto a sí mismo en la malentendida estela whitmaniana. Pese a erguirse tras una cancela en la que se advierte con mayúsculas ahuyentadoras que hay perros sueltos, la explanada a la que pretende servir de puerta en realidad no cierra ni abre nada. Me cuelo sin colarme porque el paso está franco a quien haga oídos sordos a las amenazas de los guardianes y compruebo que se trata de una empresa de hormigones. Pero no se ve ni un alma, ni bípeda ni cuadrúpeda.

Un viejo camión aparcado a la vera del camino, en un remanso, había sido convertido en frutería ambulante. El vendedor, cetrino, cazurro, de pocas palabras, me vendió un racimo de uva blanca de Canaán sin cortar “porque se desmiga”. Tenía razón. Le compré una botella de agua para lavarlo. Busqué una sombra junto a un afluente del Miñor que da nombre al valle (Val) y me puse a merendar. Pero eran las uvas mucho más más sabrosas de lo que imaginaba, y por eso decidí guardarlas para compartirlas con mis anfitriones de esta noche.

Desde lejos parece una escuela o un hospital. De estilo racionalista, la piedra y la cal armonizan con la razón y el saber. Al acercarme descubro que se trata de las Escolas Proval, y avisan, también, en un vistoso rótulo con las letras perforadas a soplete: “Cans soltos”. Pero no se escucha ni un jadeo, ni un ladrido.

Cans soltos en Escolas Proval A.A

Olor de otra clase de sangre fresca es el que exuda una serrería: madera recién cortada, troncos que no hace mucho que han sido abatidos. Es como si su gemido se hubiera adherido a la madera como una segunda piel. Desde la verja que da a la calle se leen sus vidas como si fueran libros abiertos a la fuerza, y curiosamente antes de convertirse literalmente en libros. Los anillos de cada tronco sajado, como una biografía revelada sin piedad ni pudor, están ahí para quien quiera zambullirse en ella. Vidas truncadas no es un chiste fácil.

La casa casi frontera con la serrería que enseguida azuza mi curiosidad, y una cierta envidia futura, por la sobriedad y elegancia de sus líneas, la frondosidad del jardín, con una gama de verdes tendiendo a la gravedad, fomenta la sensación de umbría y de misterio, y el sueño de una casa propia en la que vivir rodeado de los libros atesorados a lo largo de toda una vida. Armonía de un pazo que no llega a serlo, por falta de suntuosidad y de volumen, con piedras bien labrados, hierros artísticamente forjados, además del ostensible mimo con que se han pintado todo lo que merece ser pintado. No me resisto fotografiar la puerta principal, y una ventana del primer piso, entreabierta, con un visillo que la brisa de la tarde mece como si la casa fuera un ensalmo de quietud, y ese viento que nada tiene que ver con el rencor pusiera en marcha una canción antigua. Pero no será hasta esa misma noche que los Touriño, mis hospederos, me viertan hielo en la espalda. Porque fue precisamente en esa casa admirada y deseada donde se cometió el famoso crimen de Mañufe. En el mes de septiembre de 1927 dos ladrones de nacionalidad portuguesa (así lo narraron los periódicos) penetraron en la heredad, magnífica fábrica de comienzos del malhadado siglo XX, y mataron al entonces médico municipal de Gondomar, Andrés Gestal, a una cuñada del galeno de reconocido prestigio, y dejaron malherida a su esposa y a una criada.

Por si este tramo provincial no atesorara suficientes briznas y estratos de realidad inapreciables desde un coche que pasa fugaz y se desvanece, justo antes de entrar en el casco urbano de Gondomar casi me di de bruces con un sobrecogedor cruceiro. El fuste de la cruz lo abraza también en carne de piedra la encarnación favorita del mal para profetas del antiguo y acaso del nuevo Testamento: la serpiente, que repta como queriendo convertir la columna en salomónica. La sierpe al acecho (la piedra bien labrada siempre parece a punto de despertar) parece decidida a mojar la lengua bífida en la sangre del nazareno. Cuando me acerqué para recrearme en los detalles del cantero volví a dar con mis verdaderas compañeras de este periplo periodístico y sentimental: las almitas del purgatorio, resignadas a quemarse lentamente en un fuego que casi parece de abrigo, llamas que acompañan la penitencia. Pero acaso sea también el mismo fuego lento que la rana (o el bogavante) disfrutan como si fuera un delicioso baño hasta que acaban cocidos vivos.

Su fascinación por la fotografía la desató la química, el milagro de la aparición en una casa de campo en el Calvario de Vigo, donde un compañero de clase, Vispa Albuisese, había instalado un pequeño laboratorio. Pero nadie les había hablado de los tiempos de exposición y los resultados eran muy malos. A los 15 años él revelaba los carretes de las fotos que hacía con la Contaflex de su padre, que todavía atesora. Una mala escuela fruto de otra mala escuela y el tiempo de revelado, que no se resolvió hasta más tarde. Pero pronto se convirtió en una fuente de ingresos, cuando se encargaba de revelar fotografías para empresas. Aunque iniciaría cursos de Farmacia y Química, acabó dejándolo todo.

Escribo en su casa de Gondomar, donde Quique Touriño y Asun me dan cobijo en vísperas de mi llegada a Vigo. La pasión por la belleza (de la naturaleza y del cuerpo femenino) y la atracción por lo inaccesible (que ha cristalizado en su obsesión por fotografiar los astros) forma parte de su manera de ser fotógrafo. Empezó a leer (a ver) revisas como Nueva Lente o Arte Fotográfico, pero no le gustaba una estética heredada de Vietnam, con grano abierto y crudo, pero sí el tema de la guerra ante el objetivo. Por eso empezó a buscar en revistas británicas, francesas y alemanas lo que sí le atraía. Entonces el revelado empezó a quedar en segundo plano. La emoción es para Quique Touriño algo que marca la diferencia. Le dan igual los nombres, aunque se siga asombrando con lo que lo que lograron tipos como Erwitt, Doisneau, Cartier-Bresson o Lindbergh. Pero sabe que esas grandes fotos no aparecen por casualidad. La publicidad ha sido su gran campo de búsqueda y experimentación. Pronto surgirá el nombre de Isabel Muñoz y su obra y su tenacidad, su talento y su belleza, que le sigue turbando, y ya no nos abandonará.

El medio nunca ha dejado de gustarle. Pero se encontró con una ley que la fotografía analógica sufría: la llamada ley de la reciprocidad, que cuanta más luz utilizas más se impresiona el objeto fotografiado. Pero ese sistema fallaba estrepitosamente cuando se trataba de fotografiar la luna u otros objetos estelares. Eso lo pudo resolver de modo satisfactorio gracias a la fotografía digital.

La atracción por lo inaccesible y lograr hacer lo mismo que veía en los libros fue lo que llevó a enfocar su cámara al cielo. Lo hizo anoche, lo hará mañana con la luna llena del 21 de agosto. Pero no es fácil hacerlo en Galicia, en su Valle Miñor, porque no son cielos limpios, por la humedad y la luz parásita de las ciudades que llenan la cosa. “No son buenos cielos”. Entonces le recuerdo los abrumadores de Somalia: tanta belleza en el cielo, tanto sufrimiento en la tierra.

La fotografía digital le ha permitido corregir los contrastes, reenfocar, reencuadrar, “y sobre todo evitar la ley de la reciprocidad”. Si mañana hace una foto de la luna con un minuto de exposición puede que el efecto sea como si hubiera fotografiado la luz del sol. La luz de la luna, pese a lo que se suele creer, no es azul. Pero al tratarse de un cuerpo inerte, sin núcleo, y que no cambia, la fascinación que siente por el satélite no se apaga nunca. Y ahí están sus fotos, de una belleza sobrecogedora.

El ojo se adapta a las condiciones lumínicas, a lo que la noche ofrece. Lo que busca es multiplicar la percepción, uno de los ingredientes fundamentales de la inteligencia humana. Es así como surge el nombre de Toulouse-Lautrec, que era un gran fotógrafo aficionado. Sus fotos, imperfectas, mostraban el mar en movimiento, y eso arrojaba nueva luz sobre una realidad que estaba ahí, pero que no veíamos. Después de Toulouse-Lautrec, y de Van Gogh, ya no podemos volver a ver como antes.

“Cada noche trato de ver más. En parte sin que surja gran cosa. Pero a veces irrumpen apariciones de los satélites que pone en órbita Elon Musk. Siempre espero que pase algo. No de fotografiar un ovni, aunque a él –que no cree en Dios, sí en la belleza– le parece imposible que en la inmensidad del universo seamos la única vida que existe. De momento, no la percibimos. Pero Quique Touriño, alma generosa donde las haya, insomne, sigue mirando cada noche al cielo, buscando en la misteriosa luna un apoyo, una respuesta a sus dos pasiones: la belleza, lo inaccesible. Y cuando luego comparte sus fotos con sus amigos, la aparición de lo insospechado cuaja ante nuestros ojos de niños asombrados. Por eso quería pasar unas horas de este regreso al país natal con él en su Gondomar, centinela armado con un ojo profundamente humano, enfocado al cielo, al gran enigma, como cuando éramos niños. Su clic es lento, silencioso, pensado y al mismo tiempo espontáneo, fruto de la técnica y de la observación, de la paciencia, de la espera, y de una ternura que no le impide ser íntegro, y por eso respetado. Quique Touriño es una de las últimas encarnaciones de lo que, para nosotros, hace más amable el mundo: la amistad.

 

Para el filósofo de la ciencia Luis Meana los artículos de Pedro García Cuartango desde Baiona son uno de los grandes momentos del verano. La memoria está muy presente en todos los escritores, pero en Cuartango sus escritos al calor y frescor del burgués verano de la Baiona que nunca fue francesa son leídos como una consagración feliz de la melancolía.

—¿De dónde viene tu conexión gallega?

—Mi hermana vino aquí a finales de los años ochenta y compró una casa en las Maclas, arriba, y vinimos a verla un verano. Ya habíamos veraneado varias veces en la zona de La Lanzada, en O Grove, y vinimos aquí hace once o doce años y nos gustó tanto que alquilamos una casa en el centro de Baiona, en la parte de arriba. Yo soy un enamorado del lugar. Me recuerda mucho a cuando yo era niño. Mi padre veraneaba en el norte, en Laredo, en Comillas, e íbamos de niños, y Baiona me recuerda mucho esa etapa. Yo digo que aquí hay un veraneo de manta y jersey. Aquí el turista es un turista tradicional, generalmente de Madrid, que viene con su familia. Baiona es un sitio muy tranquilo, no hay ostentación, hay muy poca vida nocturna. Es un verano muy familiar que cuando estoy sentado aquí, en estos bares del paseo, me recuerda a aquellos veranos de la adolescencia en el Cantábrico.

—¿Y aquí escribes de otra manera, con otro tempo?

—Quizás sí, quizás sí. Porque escribo desde la terraza. Mi casa es una casa muy modesta, pero se ve toda la bahía, se ven las Islas Cíes…

—Pues ya eres millonario con eso.

—Yo se lo digo a mi mujer. Esta casa no la cambio por un chalet de lujo. Pero además de las Cíes se ve la isla de Ons, se ve la punta del Morrazo, Cabo de Home… En los días claros se alcanza un radio de unos 50 kilómetros…

—Tienes tendencia, imagino que fruto de tus lecturas y de tus inclinaciones melancólicas, no sé si eso se acentúa aquí en Baiona, a dar más cancha aquí a tu vertiente lírica, a dejar más de lado la actualidad.

—Sí, claro, porque aquí te cambia la vida. Yo ando mucho. Hay mañanas que voy a andar por el monte, doy un paseo por el Parador, leo en la terraza. Hay aquí una especie de dulzura de vivir, como decía Talleyrand, que los que vivían en su época no habían disfrutado de la dulzura de vivir bajo la monarquía. La dulzura de vivir de tiempos pasados, que cada vez es más rara, y un tipo de verano que ya no está de moda.

—Torrente pasaba aquí los veranos.

—En la cafetería donde habíamos quedado, en la de Monterrey. Él vivía en Nigrán, en La Ramallosa, pero solía a sentarse a escribir precisamente en la terraza en la que has estado.

—Cuando te escribí te dije que me interesaba especialmente tu relación con la memoria… Cualquiera que escriba lo saber, porque sin memoria no hay identidad. Pero quería saber en qué medida Baiona ha sido una suerte de redescubrimiento o reapropiación de tu propia memoria…

—En cierto modo para mí Baiona es volver a la infancia. A mí me gusta el mar, claro, como buen castellano. Me fascina. Me paso muchas en la orilla, en el paseo del parador, donde las olas se estrellan contra las rocas. Todo eso me suscita a mí una memoria infantil…

—¿Pero no es en cierta medida una infancia imaginada, o una infancia deseada?

—Es una infancia recuperada, deseada, imaginada. Así es. Yo estoy convencido, citando la famosa frase, que se ha convertido en un tópico, que nuestra verdadera patria es la infancia. Es cierto. Yo siempre vuelvo a la infancia. A mi infancia en Miranda, a los veranos de mi infancia, a mis recuerdos del río Ebro, cuando iba a nadar y a pescar. En el fondo sigo siendo un pueblerino, una persona vinculada a mi ciudad natal, a Miranda de Ebro, a la naturaleza, y jamás me he podido adaptar a la ciudad…

—El otro día, cuando pasé por Portugal, compré el diario Público y leí un artículo de una catedrática en la que hablaba de la mixtificación de la memoria, somos muy propensos a revisitarla y en ese momento transformarla…

—Yo tengo una teoría muy similar. La memoria se va actualizando cada día. No recordamos las cosas como eran, sino cómo las hemos recreado en nuestra cabeza. Y eso me sucede cuando yo voy a Miranda, a mi escuela, o al parque, y me parece todo más pequeño. La memoria es un acto de creación permanente, y de alguna manera es también una falsificación del pasado. Yo soy muy consciente de las trampas de la memoria, por decirlo de forma gráfica. La memoria es muy tramposa. No sé ya qué he imaginado, qué he soñado, y qué recuerdo. Todo se mezcla en la memoria. Si uno es consciente de eso no tiene mayor problema…

—El problema es cuando se utiliza políticamente.

—Yo estoy en contra de la memoria histórica tal y como fue aprobada en la ley de Rodríguez Zapatero y la nueva impulsada por la vicepresidenta Carmen Calvo. La memoria histórica siempre peca del sesgo retrospectivo, ¿no? Ahora mismo, todo el tema de América y de la colonización. Claro, es una aberración lo que hicieron, pero visto con los ojos de hoy. Pero estamos hablando de algo que ocurrió hace más de cinco siglos. No podemos juzgar los parámetros de los conquistadores como Pizarro o Hernán Cortés con nuestro modo de entender la civilización. Es que es ridículo. Y esto pasa también con la Guerra Civil…

—Ganarla a posteriori…

—La quieren ganar a posteriori. Los que hemos estudiado la historia, los que la hemos recibido a través de nuestros padres y de nuestros abuelos, sabemos que no fue una guerra de buenos y malos. Se cometieron atrocidades en los dos bandos. La República tuvo muchos aciertos, pero también muchos errores. La historia no blanco ni negro, es gris. Aquí hay una tendencia a santificar lo que fue la República y el bando republicano y a maldecir a los franquistas, tratarles como fascistas, como retrógrados. Y eso es una simplificación.

Dejo a Cuartango en una rotonda y emprendo, con la ayuda de Quique Touriño, el mayor de los regresos, al fin, a Vigo, a la casa de mi madre, en el Camiño da Raposa.

 

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