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Jaque en la tierra de las 5.000 reinas

El apicultor Martín Cañedo trabajando en su explotación de la parroquia de Moreira.  | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

El apicultor Martín Cañedo trabajando en su explotación de la parroquia de Moreira. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Lo recuerdo como si fuese ayer. Estaba jugando en el jardín cuando escuché un zumbido. Tenía solo seis años y mi inocencia me llevó a creer que solo se trataría de una mosca. Pero me equivoqué. Una abeja me atacó de forma inesperada, clavando su aguijón en mi cabeza. Comencé a llorar desesperada hasta que mi abuelo, un viejo amante de la apicultura y cerero de profesión, me consoló. Pensa que esta abella morreu e nunca máis te volverá picar, me dijo. Esa fue mi primera gran lección.

En mi casa, las abejas son sagradas gracias a la didáctica de mi abuelo y a la continuación generacional de mi padre. Por eso hoy, en el Día Mundial de la Abeja, es más importante que nunca que sean los apicultores los que tomen la palabra. Y lo hacen para denunciar las dificultades y amenazas a las que hoy en día se tienen que enfrentar las abejas.

Desde la Asociación Galega de Apicultura (AGA), Suso Asorey menciona al cambio climático como el gran enemigo de los insectos polinizadores. “En una apiario puede haber muy buena producción y en otro, aunque esté situado a cinco kilómetros, no haber nada. Eso se debe a cambios en las corrientes de aire y en el clima que, aunque son imperceptibles para las personas, no lo son para las abejas”, explica Asorey. A esto hay que sumarle otros fenómenos, como las heladas, las sequías o las floraciones irregulares. Todos ellos están causados por el cambio climático y perjudican seriamente a las abejas. De hecho, desde AGA calculan que cada año en Galicia tienen entre un 30 y un 40% de pérdidas de colonias de estos insectos polinizadores.

Condenadas a desaparecer

Por supuesto, el cambio climático no es el único motivo. El apicultor Martín Cañedo, afincado en la parroquia estradense de Moreira, tiene desde hace unos años una explotación apícola. Su palabras son rotundas. “Como las cosas sigan así, las abejas están condenadas a desaparecer”, afirma convencido.

“Otra de las amenazas son las avispas velutinas, que son una especie invasora que continúa estando descontrolada”, afirma el apicultor de A Estrada. Según cuenta, estos insectos foráneos tienen un ciclo anual y durante determinados meses al año no suponen un problema. Sin embargo, cuando se acerca junio, las velutinas vuelven a proliferar. Y parece que cada año lo hacen con más fuerza.

Abejas volando cerca de las colmenas. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

“Además son animales que necesitan temperaturas cálidas. El cambio climático es el culpable de que incluso en diciembre podamos encontrar nidos activos”, apunta con preocupación. Cañedo también pide que se tomen más medidas por parte de las administraciones. “El plan de la Xunta no funciona. Las opciones son hacer trampas y retirar nidos, pero ninguna de ellas es una medida preventiva”, indica el apicultor. “Que durante unos meses no haya velutinas no significa que el problema no exista. De hecho, está ahí y cada año hay más”, vuelve a explicar Cañedo.

El apicultor de A Estrada señala un tercer enemigo de las abejas: los pesticidas. El uso de este tipo de productos químicos en las plantaciones agrícolas pone en riesgo a los insectos polinizadores. Otro de los aspectos que AGA resalta junto a muchas otras amenazas. Por ejemplo, los incendios, los monocultivos forestales, la agricultura intensiva, el cambio en el uso de las tierras o la destrucción de los hábitats naturales.

Aprender a cuidar el medio ambiente

Con esta larga lista de amenazas, hay motivo de sobra para la preocupación. Asorey lanza una sonora advertencia. “Espero que hayamos aprendido algo de esta pandemia y entendamos lo importante que es cuidar el medio ambiente”. Porque las abejas, junto a los demás insectos polinizadores, son clave.

“El 80% de la comida que consumimos depende de ellas”, apunta Cañedo. Unas palabras que complementa Asorey: “sin su polinización no podríamos comer manzanas, peras o legumbres. Sin ellas tendríamos un desierto verde. Habría mucha hierba y muy pocas flores”, concluye Asorey.

Por su parte, Cañedo anima a la gente que vive en el campo a plantar aquellas especies que favorecen más la polinización. Como, por ejemplo, las plantas aromáticas o los castaños. Según explica, estos últimos dan mucha producción y, además, gracias a la polinización de las abejas pueden dar castañas de más calidad. La ayuda sería mutua.

La mano humana

Mentiría si dijese que aquella picadura de abeja que sufrí con seis años no me dolió. Y que no me alegré hasta más no poder cuando supe que la culpable de mi aguijonazo había muerto con las manos en la masa. Pero también digo la verdad cuando afirmo que mi abuelo me transmitió su amor por los animales. Incluso por los más feos. Porque las abejas, con esa forma y esas rayas, nunca ganarían un concurso de belleza. Y a él, a mi abuelo, lo recuerdo sentado junto a las colmenas. Con amor y sin miedo. Saliendo ileso de los ataques de las abejas que lo rondaban. Es en este Día Mundial de la Abeja, después de haber hablado con las voces de la experiencia, que me pregunto quién sería la culpable de aquel ataque que sufrí siendo niña. Si no sería mi mano, pequeña y humana, la que puso en riesgo la vida de esa abeja. La misma que representa a todas aquellas que, como si de una partida de ajedrez se tratase, están en jaque. Y solo de nosotros depende que no llegue el mate.

Una actividad consolidada en la zona

El sector apícola tiene una amplia acogida en las comarcas de Deza y Tabeirós-Terra de Montes, tradicionalmente vinculadas con el sector primario. Según los datos facilitados por la Consellería de Medio Rural, las dos comarcas suman más de 5.000 colmenas registradas. El concello que tiene un mayor número de ellas es Lalín, que se sitúa en las 2.596. La mayor parte de ellas pertenecen a las cinco explotaciones profesionales con las que cuenta el municipio dezano. Las ochocientas restantes pertenecen a explotaciones no profesionales y de autoconsumo. Después de Lalín, el municipio de A Estrada es el que cuenta con un mayor número de colmenas. Se sitúa en las 832, con solo dos explotaciones dedicadas profesionalmente al sector apícola. En tercer lugar estarían las localidades de Terra de Montes. Forcarei se situaría en las 582 colmenas y las 13 explotaciones, contando las profesionales y las que no lo son. Por su parte, en Cerdedo-Cotobade se registran 344 colmenas y 15 explotaciones. El resto de concellos, que pertenecen a la comarca de Deza, se sitúan bastante por debajo. De más a menos colmenas estaría Rodeiro, Silleda, Vila de Cruces, Dozón y Agolada.


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