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Faro de Vigo

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Historias irrepetibles

La aventura de Lee Elder

El americano, que se curtió cuando era joven ganando apuestas a incautos a los que hacía creer que no sabía jugar al golf, fue en 1975 el primer negro que disputó el Masters de Augusta

Lee Elder

Cuando hace veinte años Tiger Woods conquistó su primer Masters de Augusta, en el discurso tras recibir el trofeo, dijo que él no estaría allí si no fuese porque alguien había derribado muchos años atrás una de esas barreras raciales que existían en el deporte americano. Ese alguien se llamaba Lee Elder, el primer negro que jugó en Augusta y que representó a Estados Unidos en la Ryder Cup. Un jugador que aprendió a moverse con astucia en un mundo empeñado en rechazarle.

A finales de los años sesenta Jim Murray, columnista de Los Angeles Times, dijo que el Masters de Augusta era “tan blanco como el Klu Klux Klan”. Enclavado en el estado de Georgia, en el profundo y racista sur de Estados Unidos, el maravilloso campo diseñado por Bobby Jones mantuvo durante mucho tiempo la prohibición de que un jugador negro pisase su impecable hierba. Esa norma murió en 1975 cuando Lee Elder, un tipo acostumbrado a sobrevivir, se puso por primera en el tee del uno después de resistir presiones y amenazas de muerte para que no se le ocurriera la ocurrencia de mancillar ese lugar sagrado. Y ya nada fue igual en el golf.

Elder festeja su victoria en Monsanto que le dio acceso al Masters.

Lee Elder había nacido en Dallas a mediados de los años treinta. Era el más pequeño de una familia de diez hermanos. Sin embargo, se vio solo demasiado pronto. Su padre, que conducía camiones, murió en la Segunda Guerra Mundial cuando él aún no había cumplido diez años. Y solo tres meses después su madre falleció de forma repentina. Ingresó en un orfanato hasta que una de sus tías, que vivía en Los Angeles, se hizo cargo de él. Apenas pudo estudiar y desde muy pequeño aprendió a buscarse la vida. Encontró un trabajo en un campo de golf donde ejercía de chico de los recados primero y posteriormente entró a formar parte del grupo de cadis que el club ponía al servicio de los jugadores. A Elder le gustaba el juego y no tardó en demostrar su habilidad con los palos. Aprovechaba las horas que le concedían a los cadis para jugar y luego entraba en el campo sin que nadie le viese para practicar por su cuenta en zonas donde no era fácil de detectar para los vigilantes. En ocasiones con escasa luz, cuando anochecía. Así fue afinando su juego y al mismo tiempo encontró una fuente de ingresos muy interesante en las apuestas con otros jugadores, muchas veces utilizando tretas que parecían salidas de una novela. Su socio en esa tarea era un jugador blanco llamado Alvin Thomas al que apodaban “Titanic Thompson”. Muchas veces Lee Elder simulaba ser su chófer o su criado. Buscaba un par de incautos y lanzaba el desafío de que era capaz de ganarles jugando con su chófer como pareja. Casi siempre la pareja de inocentes caía en la trampa y al final del día se iban a casa con un buen puñado de billetes. Ya anciano Lee Elder admitió en una entrevista que aquello no había demasiado honesto “pero había que sobrevivir por encima de todo”.

El golfista observa el campo antes de ejecutar un golpe.

Elder sabía que no podía prolongar demasiado tiempo ese estilo de vida y comenzó a plantearse la posibilidad de jugar al golf de un modo profesional, una tarea realmente complicada porque los negros tenían vedado el acceso al circuito de la PGA que, tal y como rezaban sus normas, estaba “reservado para jugadores de raza caucásica”. El trabajo que tenía por delante era gigantesco. Un día coincidió en un partido con el exboxeador Joe Louis que tenía como instructor de golf a Ted Rhodes, un notable jugador que se ganaba la vida como entrenador. Rhodes vio algo diferente en Elder y se ofreció a dirigir su carrera. Lo primero que hizo fue cambiarle la forma de colocar las manos (hasta ese momento tenía un agarre poco ortodoxo como consecuencia de su condición de autodidacta) y al mismo tiempo le fue abriendo paso para la disputa de algunos torneos.

Poco después fue llamado a filas y en el ejército también tuvo su importancia el golf. Un oficial adicto a este deporte descubrió sus habilidades y se encargó desde ese momento de tenerle siempre cerca y liberarle de muchas tareas para que pudiese ir al campo a practicar con él. Esa circunstancia le permitió un servicio plácido del que se licenció en 1961. En ese momento se inscribió en el circuito de la UGA que era el reservado para los jugadores negros, al estilo de las “Negro Leagues” que había en el beisbol. Los campos donde jugaban estaban en malas condiciones y los premios eran tan pequeños que se le conocía como el “Cacahuete Tour”. Pero no había otra opción para jugar. Lee Elder demostró pronto que se le quedaba demasiado pequeño. Llegó a ganar 21 de los 23 torneos que disputó en ese tramo.

Elder golpea la bola durante un torneo.

Justo en ese momento la PGA abolió la exclusividad de los jugadores caucásicos y abrió la puerta a los negros. Aquello tenía su trampa. Habían creado una especie de calificación, pero para disputarla era necesario pagar un dineral. Charlie Sifford, otro buen jugador negro que sufrió este tipo de discriminación, fue el primero en disputar torneos de la PGA pero porque encontró un respaldo financiero de otras personas que se encargaron de pagar su ingreso. Lee Elder recibió propuestas similares de gente que quería impulsar la llegada de los jugadores de color a la élite del golf, pero él siempre se negó. No quería que nadie pagase esa cuenta y comenzó entonces a recorrer ese camino como una hormiga. Ganando dinero donde podía y ahorrando mucho. Seis años le llevó reunir la cifra necesaria para ingresar en esa calificación. En 1967 la disputó al fin y se ganó una de las plazas para jugar en la PGA.

Solo un año después vivió una de sus grandes actuaciones cuando disputó el play-off de desempate del torneo de Akron tras igualar con el mismísimo Jack Nicklaus. Perdió en la muerte súbita, pero aquello le permitió ganar una cifra muy importante de dinero y el reconocimiento de jugadores y aficionados. Pero no fue un tiempo sencillo. Seguían siendo legión los que consideraban un insulto ver a un negro jugando contra los blancos y eso se hacía patente cuando tocaba jugar en los estados más supremacistas. En ocasiones no le dejaban entrar en la casa club para usar los vestuarios y se veía obligado a cambiarse en el aparcamiento; se le negaban reservas en hoteles o le enviaban a pensiones de mala muerte; e incluso había aficionados que pateaban su bola para alejarla del hoyo. Jackie Robinson, el hombre que rompió la barrera racial del béisbol en 1947 gracias a una dosis gigantesca de paciencia y determinación, le recordó su caso y le dio un consejo para afrontar la situación: “Recuerda que es fácil meterse en problemas y muy difícil salir de ellos”.

Elder y Tiger, después de su primera victoria en el Masters.

Elder y Tiger, después de su primera victoria en el Masters.

En 1972 el Masters de Augusta introdujo alguna novedad en su reglamento y concedió la oportunidad de recibir una invitación a cualquier jugador que ganase un torneo de la PGA. Lee Elder vio entonces una oportunidad única de pisar un escenario mítico, de cumplir un viejo sueño. Se afanó por conquistar un torneo, jugó mucho y exprimió el calendario en busca del premio. Llegó dos años después cuando en 1974 se impuso en un agónico desempate con Peter Oosterhuis en el torneo de Monsanto en Pensacola. Ya tenía el billete para el Masters de Augusta de 1975. Y como era de esperar, tampoco resultó sencillo aquel proceso. Durante las semanas previas al torneo recibió amenazas de toda clase. Por carta en su domicilio o por teléfono, que no paraba de sonar aquellos días. Le advertían de que si pisaba Augusta le matarían. Lee Elder tenía claro que no iba a renunciar aunque tomó precauciones. Alquiló dos casas aquella semana y dormía alternativamente en ellas. También se buscó la compañía siempre de algún jugador del circuito para no comer solo. Todo aquello supuso un importante estrés. Demasiados ojos en él, excesiva presión. Arrancó bien y llegó a estar por debajo del par en el primer recorrido, pero acabó siendo devorado por la tensión. Dos vueltas mediocres y no pudo pasar el corte. Pero ya estaba en la historia de Augusta y del golf.

Elder fue una de las personas de quienes Tiger se acordó cuando ganó el Masters

En su carrera Lee Elder jugó cinco veces más en Augusta y su mejor calificación fue un puesto 17. También fue el primer negro en formar parte del equipo americano de la Copa Ryder en 1979 y sumó cuatro títulos en el circuito de la PGA antes de embarcarse en el Tour Senior que tanto dinero y buenos momentos reparte entre los veteranos. Muchos años después Lee Elder confesó haber llorado mientras observaba desde una colina del Augusta National a un joven llamado Tiger Woods caminando por la calle del 18 en medio de una enorme ovación camino de su primera chaqueta verde. Tiger también lo tuvo presente y reconoció que aquello no hubiera sido posible sin su ejemplo. Hace meses, enganchado a una bombona de oxígeno, Lee Elder hizo en compañía de Nicklaus y de Gary Player el “saque de honor” del Masters de Augusto. Una cuenta pendiente, una de esas cosas que quería hacer antes de morir.

Elder es aplaudido por Nicklaus y Player antes del saque inicial del Masters.

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