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Historias Irrepetibles

La mala noche de Tommy Ball

Enmarcada, una de las pocas imágenes que hay de Tommy Ball. De fondo, detalle de su tumba.

Enmarcada, una de las pocas imágenes que hay de Tommy Ball. De fondo, detalle de su tumba. FDV / The Villa View

El joven defensa del Aston Villa fue el único jugador de la historia que murió asesinado estando aún en activo

La prometedora carrera de Tommy Ball duró un suspiro. Apenas llevaba tres años en el Aston Villa cuando la noche del 11 de noviembre de 1923 la tragedia se cruzó en su camino y dejó en el ambiente la duda de hasta dónde podría haber llegado aquel muchacho fuerte y decidido que había llegado a Birmingham procedente de las minas del condado de Durham.

El carbón parecía que iba a ser su medio de vida. Como sucedió con su padre o con dos de sus cuatro hermanos. No había muchas más opciones en aquel territorio. Pero Tommy Ball tenía algo que le diferenciaba de la mayoría de sus vecinos. Se le daba bien el fútbol, deporte en auge absoluto. Era grande y rápido por lo que no le supuso un gran trabajo destacar por encima de sus compañeros en los modestos equipos de la zona, casi todos ligados a las explotaciones mineras. El Newcastle, el equipo de Primera División más próximo, le incorporó de cara a la temporada 1919-20 que era la primera que se disputaba después del parón de cinco años motivado por la Primera Guerra Mundial. La mayoría de clubes británicos necesitaban refuerzos porque la guerra había mermado sus efectivos mientras otros futbolistas elegían el camino de la retirada porque se habían hecho mayores para seguir jugando al fútbol. Era un tiempo para gente joven, caras nuevas y Tommy Ball entraba en esos planes. Sin embargo no tuvo mucha suerte en el Newcastle donde no llegó a jugar ningún partido oficial.

Tommy Ball, en una de las pocas imágenes que hay de él.

Tommy Ball, en una de las pocas imágenes que hay de él.

No tardó en encontrar consuelo porque alguien le recomendó su contratación a Alf Miles, el entrenador del Aston Villa, y se mudó a Birmingham para unirse a uno de los grandes clubes de comienzos de siglo en Inglaterra. Los “villanos” buscaban un defensa joven que sirviese como puntual recambio de Frank Barson, una de las piezas esenciales del club, para que fuese aprendiendo a su lado el complicado oficio de central. Barson era todo un carácter, un defensa duro, que fue transmitiendo sus conocimientos al aprendiz. En sus primeras dos temporadas en Birmingham jugó una treintena de partidos, pero estaba a gusto allí. Sabía que Barson estaba cerca de marcharse y las cosas en el terreno personal también avanzaban por el buen camino. Había comenzado a salir con Beatrice Richards, hija de un pastelero local, y en mayo de 1922 se casaron. Para vivir alquilaron una pequeña casa en Perry Barr, no muy lejos del estadio del Aston Villa, a George Stagg, un antiguo agente de la Policía que había sido herido durante la Primera Guerra Mundial y había abandonado el servicio. Con sus ahorros compró dos casas contiguas. En una vivía él con su mujer y otra la dedicaba al alquiler.

Como estaba previsto ese mismo verano Barson dejó el equipo para fichar por el Manchester United y Tommy Ball heredó el puesto de líder de la defensa del Aston Villa. Le mejoraron el sueldo, no se perdía un partido e incluso comenzó a sonar en el ambiente futbolístico el rumor de que estaba a punto de ser convocado por la selección de Inglaterra. Era complicado imaginar un panorama mejor. Y por si fuera poco el Aston Villa firmó en otoño de 1923 un gran arranque de Liga que comenzó a darle esperanzas de conquistar su primer título de Liga. Pero la noche del 11 de noviembre todo se vino abajo.

Era un lunes, el día siguiente al partido que habían jugado ante el Notts County. Tommy Ball y Beatrice habían salido a tomar algo a un pub cercano a su casa. Ese día se celebraba el cuarto aniversario del armisticio que supuso el final de la Gran Guerra, lo que le daba un carácter especialmente festivo a la jornada. Cuando regresaron a casa comprobaron que su perro se había escapado, algo habitual, y Tommy salió en su busca. Su esposa estaba en la habitación cuando escuchó un disparo cercano. Alarmada salió a la puerta y se encontró a su marido tambaleándose: “Me ha disparado” fue todo lo que acertó a decir. Sonó otra detonación y Beatrice vio cómo su vecino, George Stagg, se metía en su casa. Los médicos no pudieron hacer nada por la vida de Tommy Ball. La herida era mortal. Mientras la policía detenía a su vecino, el prometedor futbolista del Aston Villa moría en un hospital próximo. Ocho días después los aficionados del club se movilizaron para despedir al futbolista. El cortejo fúnebre movilizó a miles de personas y su tumba fue ornamentada con un par de balones de fútbol y una dedicatoria de sus compañeros de equipo. El Aston Villa salvó dignamente aquella temporada dolorosa aunque lejos del título con el que soñaba Ball.

Durante la investigación Stagg reconoció que su papel en la muerte del futbolista, pero argumentó que la escopeta se había disparado accidentalmente durante un forcejeo entre ambos. Según su primera versión el futbolista había saltado a su propiedad y se había producido una discusión entre ambos que acabó de manera trágica. En febrero de 1924 comenzó el juicio a George Staff acusado del asesinato de Tommy Ball. En la ciudad no se hablaba de otra cosa. El antiguo agente de Policía se contradijo en muchos detalles aunque la base de su relato seguía siendo el mismo, que el futbolista había accedido a su propiedad, que él cogió la escopeta para intimidar al intruso y que la discusión acabó de la peor manera. De paso añadió que Tommy Ball estaba borracho, que solía pegar a su mujer y que más de una vez le había amenazado tanto a él como a su esposa.

Al fiscal no le costó demasiado tumbar el argumentario de Stagg. Beatrice declaró que los problemas con su casero comenzaron a los pocos meses de trasladarse porque trataba de que abandonasen la casa ya que había encontrado alguien dispuesto a pagar más por el alquiler y que eso había enrarecido el ambiente. Fueron muchos los testigos que declararon que el futbolista había salido del pub en perfectas condiciones aquella noche y hubo vecinos que aseguraron que Ball nunca llegó a entrar en la propiedad de Stagg. Incluso el entrenador del Aston Villa, Alf Miles, acudió al juicio para defender lo ejemplar siempre de su conducta. Por si fuera poco el forense determinó que el disparo no se había producido tan a bocajarro como alegaba el acusado con lo que la opción de forcejeo también quedaba en entredicho.

El juez Rowlatt advirtió al jurado antes de retirarse a deliberar que “tratasen de ver los hechos de forma desapasionada”. Era consciente de la popularidad de Tommy Ball y de la antipatía que despertaba Stagg, pero trataba de buscar por encima de todo un veredicto justo. “Si el arma apuntaba a la víctima y se descargaba a propósito era asesinato; y si consideraban que se disparaba por accidente durante una lucha era homocidio” fue lo último que les dijo. Los miembros del jurado estuvieron deliberando durante una hora y cuarenta minutos tras los cuales determinaron que George Stagg era culpable de asesinato. El juez Rowlatt lo sentenció entonces a la pena de muerte.

Pero Stagg se libró de la horca. Al gobierno acababa de llegar Ramsay MacDonald, el primer ministro que tuvo el Partido Laborista y tanto él como Arthur Henderson, su secretario de Interior, eran enérgicamente contrarios a la pena de muerte. La de Stagg fue la tercera que decidieron conmutar por cadena perpetua, por lo que el antiguo agente de policía pasó el resto de su vida (hasta su muerte en 1966) en diferentes instituciones para enfermos mentales. Tommy Ball quedó en los libros como el único futbolista en la historia de Inglaterra que fue asesinado mientras se encontraba en activo. Los aficionados del Aston Vila no le han olvidado casi un siglo después de su muerte. Ante el deterioro que el tiempo generó en su tumba, realizaron una suscripción popular recientemente para arreglarla y mantenerla siempre en buen estado.

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