Tribuna libre

El señor de los libros: Alfonso Prada Allo, in memoriam

16.07.2017 | 03:35
Alfonso Prada Allo. // Gloria Rodríguez

Hay días que parecen acompasarse misteriosamente con nuestro ánimo. Cuando recibí la noticia el pasado día 6, en Ourense el cielo apiñaba gordas nubes de carbón y apelmazaba un aire luctuoso que olía a tierra húmeda. Mi gran amigo el editor Alfonso Prada Allo había fallecido la víspera vencido por una enfermedad contra la que luchaba desde hacía unos meses con recio estoicismo.

Pocas personas he conocido cuya calidad humana me haya alcanzado con tanta hondura en el corazón como él. En mi panteón de ejemplos vitales descansará junto a mi padre y el Xocas. Creo que aquellos que frecuentaron su trato coincidirán conmigo en que era "un dos bos e xenerosos". Tengo presentes ahora a su mujer Rita y a sus hijos, y pienso cuan orgullosos deben estar en estos momentos de íntimo pesar por haberle tenido como referente en sus vidas.

En aquel amigo espigado y enjuto habitaba un espíritu apacible. Tenía presencia de sabio oriental, era como un monje shaolín revestido por una flema británica que se evidenciaba en el compás de espera que impregnaba sus movimientos. Solo cuando el entusiasmo le embargaba dejaba que el nervio marcase elegantemente sus gestos. Era, sin duda, un tipo singular, algo que se manifestaba de modo claro en su vocación coleccionista; ya fuera de fajas de libros, de coches del Scalextric o de posavasos de cerveza (bebida que muy raramente tomaba, y que en todo caso degustaba a temperatura ambiente, nunca fría). Pero ante todo era un tertuliano doméstico fantástico. En compañía de un té bien endulzado disfrutaba compartiendo la conversación con los amigos.

Alfonso se marcha de este mundo de un modo prematuro, sin haber podido culminar sus siempre interesantes y fecundas empresas existenciales emprendidas junto a Rita desde hace bastantes años. Sus inquietudes estuvieron relacionadas con el mundo del libro y la edición, desde que se ocupó, tras realizar estudios de Letras en Santiago, en organizar las bibliotecas de Caixa Ourense y de la Fundación Otero Pedrayo. Siempre gustó de la literatura infantil, como muestra su traducción al gallego de un Conto de Nadal de Dickens o la publicación de Una fantasía del Doctor Ox, de Verne, traducida por su hermana Esther, y primorosamente ilustrada por Miguel Robledo.

Consciente de las injustas tiranías de un mercado editorial saturado de novedades melifluas e insustanciales, fundó la editorial Duen de Bux (Dueño de libros o duende de libros, se quería significar), através de la cual estuvo atento a la reedición de literatos autóctonos de gran calidad, como Gimeno, López Cid o Pérez Álvarez; este último fue quien además dirigió la colección La Letrería en la que aparecieron valores literarios contemporáneos como Serrano, José Luis Espina o Pepe Monjardín. Alfonso tuvo sensibilidad para publicar también a otros autores que aún no se habían consagrado, como Juan Tallón, así como a artistas ( Rosendo Cid) y poetas locales, entre los que tuve la fortuna de encontrarme junto con Alfonso Rodríguez. En sus últimos tiempos destacaba por la edición de la revista plurilingüe de prestigio internacional "La Furia Umana", dedicada a las vanguardias cinematográficas.

Pero si en algo destacó Alfonso fue en el conocimiento del mundo impreso. Fue poseedor de la que es sin duda la mejor biblioteca ourensana de asuntos relativos al mundo del libro y la imprenta. No era en esto un mero coleccionista, sino un claro bibliófilo conocedor de la materia, como muestran sus investigaciones esenciales relativas al origen de la imprenta en Ourense, aparecidas en la revista Porta da Aira, del Grupo Francisco de Moure de estudiosos del arte, al que pertenecía. Sin duda él era la mayor autoridad en este campo. De ahí que, en su afán anticuario, rescatase clásicos locales como, por ejemplo, La Catedral de Orense de Arteaga, o Celanova Ilustrada y Anales de San Rosendo de fray Benito de la Cueva; a los que procuró un estudio crítico actualizado de la mano de investigadores como Saco Cid, González García, Hernández Figueiredo o Pereira Soto.

"La vida se va a apriessa", decía Manrique ¡Cuán cierto parece a veces! Alfonso se ha ido a priessa dejando un hueco imposible de colmar. Su marcha habremos de lamentar humanamente: "Alfonso deja huella", me decía un buen amigo común; pero también habremos de añorarle por ser un insustituible profesional del mundo de la edición. Habremos de añorar su espíritu emprendedor y humanista.

Quizás se pierda pronto el recuerdo de esa excelente librería especializada en el arte tipográfico y el diseño de los libros que junto a Rita abrió en el corazón de la ciudad, en la Plaza Mayor, y que la crisis pronto se cobró; pero lo que no se perderá entre nosotros es la fe en el libro impreso que nos dejó con pasión aquel señor de los libros. Nuestro acervo cultural se ha visto sustancialmente enriquecido gracias a ella. Descansa en paz, amigo Alfonso.

(*) Director del Archivo Histórico Provincial.

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