Me voy a la ducha

Juan José Millás

26.05.2013 | 04:12

Resulta muy difícil escribir con naturalidad sabiendo que alguien, mientras completo esta frase, puede estar observándome a través de la cámara de mi portátil. Basta, por lo visto, con unas pequeñas nociones de informática para abrir la red wifi del vecino, colarse en su ordenador y utilizar la cámara como un ojo propio. En Zaragoza pescaron hace poco a un tipo que tenía el disco duro repleto de imágenes domésticas de gente como usted y como yo, que se deja el ordenador abierto y encendido mientras se levanta a por una cerveza o a coger el teléfono. Esas imágenes inocentes, vistas a través de esa especie de ranura que es el objetivo, tienen un morbo terrible. Sirven para ver cómo son los otros, que es la manera más eficaz de averiguar cómo es uno mismo.
¿Y cómo es uno mismo? Pues así, un individuo que a lo mejor ha dormido mal y que lo mismo se ha sentado al ordenador sin pasar por la ducha, sin peinarse siquiera, un sujeto con un pijama arrugado y un ardor de estómago de aúpa que ahora mismo escribe estas palabras en su portátil, frente al objetivo por el que quizá un hacker esté observándole fascinado, no porque haga algo raro, sino porque hace lo normal, que es completamente inaudito, signifique lo que signifique inaudito. Llama la atención, por cierto, que entre esta clase de piratas informáticos no hay mujeres. No recordamos al menos una sola noticia de esta clase en la que estuvieran implicadas las chicas. Significa que, por alguna razón a estudiar, hay más mirones que mironas, como si unos hubiésemos sido educados para ver y las otras para mostrarse. Ahí queda la interrogación.
A lo que íbamos es que no resulta fácil escribir con naturalidad, en el caso de la que naturalidad y la escritura sean compatibles, sabiendo que alguien te observa desde el otro lado de la pantalla. La tentación inmediata, claro, es escribir para ese alguien, que viene a ser el lector implícito del que hablan los críticos literarios, un lector que uno tiene inconscientemente en la cabeza y que es un hijo de perra porque nunca le gusta lo que escribes. Resulta que ese lector implícito existe y ahora mismo me está observando, de modo que con el permiso de ustedes coloco el punto final, cierro el portátil y me voy a dar una ducha.

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