Dios y el mercado

Juan José Millás

 

Si nos atenemos a los hechos, el mundo ha estado dirigido durante los últimos años por la banca, por el sector del automóvil, por las compañías eléctricas y quizá por las de gas. Llegaba el patrón de los banqueros y le decía a Bush: Oye, tío, conviene que invadas un país cualquiera, lo importante es que no quede en él piedra sobre piedra, para que luego nos forremos con la reconstrucción. Y Bush, que confundía la voz de los empresarios con la de Dios (la verdad es que hablan parecido), bombardeaba Irak por la noche para que las bombas racimo parecieran fuegos artificiales y el mundo entero se lo tomara por una fiesta. Recuerdo perfectamente aquellos fuegos porque los dieron por la tele. Y no se veían los brazos ni las vísceras de la población civil saltando por los aires. Sólo se apreciaba el colorido característico de los petardos. Era una cosa hasta elegante. Cada edificio destruido suponía una inversión, cada niño mutilado significaba una prótesis, cada explosión provocaba en las empresas reconstructoras un cosquilleo divino, nunca mejor dicho, en el bajo vientre.
Todo era una fiesta. Si el Estado intentaba influir en las decisiones de las empresas, salía el patrón de patrones diciéndole al Estado que se metiera en sus cosas. ¿Es que no se da usted cuenta de que el mercado se regula solo, o en todo caso con la ayuda de Dios? Y el Estado, que estaba en retroceso en todas partes, bajaba las orejas y se iba por donde había venido. Y no por eso se cerraban los ministerios o las subsecretarías o las oficinas de empleo, pero adquirían la condición de ministerios, subsecretarías u oficinas aparentes, falsas, de atrezzo. Teníamos Estados ilusorios, como el pavo de plástico con el que Bush celebró el Día de Acción de Gracias con sus tropas. Todo era de plástico, pero sabía tan bien que nos pusimos ciegos.
Sabía bien, sí, pero mataba. Por eso estamos muertos. Y ahora resulta que el mercado no era Dios, sino que Dios es el Estado. Los banqueros, la industria del automóvil, las eléctricas y el sursum corda piden al Estado que tome las riendas. Y el Estado no dice que no, pero le falta práctica, no sabe cómo se conduce el vehículo.

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