Menudo frenesí

07.04.2008 | 00:00

FERNANDO JÁUREGUI

De todo cuanto va a ocurrir en la vida política española esta semana que ahora comienza, lo que, personalmente, más me interesa es saber qué va a hacer Mariano Rajoy. Por dónde orientará su discurso en la sesión de investidura. Si, finalmente, se abstendrá, que es lo que parece que él quiere, o si escuchará a los "halcones" que le aconsejan que vote "no" a la aprobación de Zapatero como presidente del gobierno. Si de verdad anunciará su voluntad de llegar a un acuerdo con los socialistas para regenerar la situación de nuestra justicia... Me parece interesante, e importante, ver el tono vital del jefe de la oposición, el hombre que, presumiblemente -aunque algunos de los suyos parezcan dudarlo- disputará a Zapatero el sillón de La Moncloa dentro de cuatro años. O menos.
La verdad es que Rajoy, estoy seguro de que muy a su pesar, es el protagonista de estos días frenéticos que estamos viviendo tras las elecciones del pasado 9 de marzo. No ha transcurrido aún ni un mes, y ya ven ustedes el desgaste que ha experimentado, merced a la acción de los propios, y no a la de los contrarios, el principal (y único) partido de la oposición, con sus diez millones largos de votos a cuestas y sus más de setecientos mil militantes en los ficheros. Increíblemente, Rajoy está sometido a "fuego amigo" tras haber superado el listón de votos en cuatrocientos mil y el de escaños, en cinco. Ahora, se debate, de nuevo, entre quienes le exigen dureza y quienes le aconsejan flexibilidad en sus inminentes relaciones con el gobierno socialista, en general, y con Zapatero -que le llamará a La Moncloa tras la sesión de investidura- en particular.
El tono de esta sesión de investidura marcará, más que nunca, el de la importante legislatura que ahora se abre. Aunque la verdad es que Zapatero tiene todo el campo de juego a su favor: no le interesa resultar elegido a la primera, porque quiere dar la imagen de que no necesita hipotecas para gobernar, ni procedentes de los nacionalistas -que andan desconcertados porque nadie les ha pedido el voto-, ni de nadie. Ojalá que ello no derive en un rapto de prepotencia presidencial, cuando lo que los electores parecen pedir a ZP es que llegue a acuerdos con todos los posibles, comenzando por el otro gran partido nacional, es decir, el PP.
Claro, a Zapatero los errores internos que cometen los populares le vienen de perlas: todos los titulares de los periódicos se van en especulaciones acerca de si Soraya Sáenz de Santamaría "aguantará" en el puesto, sobre si Rajoy permanecerá o no al frente de su partido, en torno a si Esperanza Aguirre se decidirá o no a levantar bandera contra Rajoy en el congreso nacional de junio, o tratando de averiguar si el silente Rodrigo Rato escuchará los cantos de sirena que algunos susurran en sus oídos de político hoy metido en grandes empresas económicas.
Tengo para mí que los juegos de salón van a derivar en nada, o casi nada: ni Aguirre formará lista alternativa a la de Rajoy, ni este designará a Ruiz Gallardón secretario general del partido, ni Rato dará el salto, ni Sáenz de Santamaría va a hundirse -siento ser indiscreto, pero pude escuchar una durísima conversación que mantuvo, hace algunos meses, con uno de los hombres de confianza de su antecesor Zaplana, y pienso que, en el caso de la flamante portavoz, lo de mano de hierro en guante de terciopelo le sienta como un ídem-.
Pero a ZP, de momento, ya digo: la tormenta en vaso de agua que se vive en el PP le conviene no poco. Se acabaron las "quinielas" sobre ministrables, ya no hay en los periódicos análisis sobre las bondades o maldades de tal o cual nombre que suena como ministro de tal o cual cosa. Zapatero tiene la iniciativa política, que consiste en no hacer nada... excepto dar los últimos toques, claro, a su discurso de investidura, en el que va a hablar, me dicen, mucho de economía y de tender manos. O sea, que hará lo que le toca hacer. Y luego, pues eso: anunciar la composición de su "nuevo" (lo entrecomillo, porque no va a ser tan, tan nuevo) elenco ministerial. Que ya lleva semanas inscrito, con pocas tachaduras, en su cuaderno azul, o del color que sea.
Desde luego, el hecho de que aún se desconozca si, finalmente, Zapatero saldrá investido en la primera o en la segunda vuelta suscita muchas incógnitas acerca de la agenda política de esta semana. Este martes comienza la sesión parlamentaria, el miércoles, al finalizar el debate, se vota. Si ZP no sale investido por la mayoría absoluta requerida, tendrá que ir a la segunda vuelta: otra sesión, que, según el reglamento, ha de celebrarse cuarenta y ocho horas después de la primera votación -es decir, el viernes-, con intervención del candidato de diez minutos y turno brevísimo -en teoría-de los portavoces. Si todo saliese con la celeridad requerida, Zapatero podría prometer su cargo ante el Rey el mismo viernes. Si no, tendría que ser el sábado, con lo que el nuevo gobierno no podría hacer lo propio -tras ser oficialmente anunciada su composición- hasta el domingo. Con lo que se haría precisa una convocatoria extraordinaria del Consejo de Ministros para el lunes, 14, que sería cuando se anunciarían las primeras medidas económicas anti-crisis. Lo dicho: menudo frenesí.

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