27 de noviembre de 2016

Fidel Castro | Acaba el siglo XX

El fallecimiento a los 90 años del líder cubano, que estuvo 47 al frente de la Revolución, significa la desaparición del último superviviente de la Guerra Fría

27.11.2016 | 07:55
Castro en Sierra Maestra, en 1958, en una fotografía de Enrique Meneses. // Efe

"Hoy damos el portazo final al siglo veinte", escribió ayer en Twitter la bloguera Yoani Sánchez, poco después de que Raúl Castro, último sostén de la Revolución cubana, informara de la muerte, a los 90 años de edad, de su hermano Fidel, quien gobernó la isla caribeña con mano de hierro desde el triunfo de la insurrección armada contra Fulgencio Batista, en enero de 1959, hasta su retirada de la primera línea del poder, por problemas de salud, en julio de 2006.

"Con profundo dolor comparezco para informarle a nuestro pueblo, a los amigos de nuestra América y del mundo que hoy 25 de noviembre de 2016, a las 10.29 horas de la noche, falleció el comandante en jefe de la Revolución cubana Fidel Castro Ruz", dijo Raúl Castro en una breve alocución retransmitida por la televisión nacional a la que siguió una programación, enlatada desde hace años, que glosaba los hitos de la longeva estancia en el poder del finado.

"En cumplimiento de la voluntad expresa del compañero Fidel, sus restos serán cremados en las primeras horas de mañana, sábado 26", prosiguió, visiblemente emocionado, Raúl, que se despidió con un "¡Hasta la victoria! ¡Siempre!".

Los fastos fúnebres comenzarán mañana y el luto durará nueve días, desde las 06.00 horas locales de ayer hasta las 12.00 horas del próximo 4 de diciembre, cuando se celebrará la ceremonia de inhumación en el cementerio de Santa Ifigenia de Santiago de Cuba, donde reposan los restos de los "libertadores" José Martí y Antonio Maceo.

A tono con la pérdida de quien sucesivas generaciones de cubanos han tenido como único referente político nacional, la comisión organizadora de las exequias fúnebres más temidas y esperadas -según quién hablase de ellas- ha decretado que durante el duelo "cesarán las actividades y espectáculos públicos y ondeará la enseña nacional a media asta en los edificios públicos y establecimientos militares".

Los dos momentos descollantes del programa funerario serán el "acto de masas" de mañana en la Plaza de la Revolución de La Habana y la operación de traslado de las cenizas, que empezará el martes siguiendo el itinerario de la llamada "caravana de la libertad", el recorrido que hicieron los barbudos de Sierra Maestra, entre el 2 y el 8 de enero de 1959, para tomar las riendas del poder tras la huida de Batista.

Aquel recorrido de más de mil kilómetros entre la cuna de la revolución y la capital cubana, parando en cada pueblo, lo harán ahora, pero en sentido inverso, las cenizas de Fidel. Y no solo en sentido inverso en lo geográfico, sino también en lo político, pues aunque no cabe esperar pronto cambios sustanciales en el régimen -una gerontocracia que tiene en Raúl Castro a su último representante-, el hartazgo de los cubanos más jóvenes y el proceso de normalización de relaciones con Estados Unidos apuntan, como poco, a un difícil relevo en la cúpula del castrismo.

A Fidel pudo vérsele por última vez con vida el pasado día 15, cuando recibió en su casa al presidente vietnamita Tran Dai Quang. Eso, en imágenes fijas; para recordarlo en acto público y en movimiento hay que remontarse al 13 de agosto, el día de su noventa cumpleaños, en el teatro Karl Marx de La Habana, con su hermano Raúl y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y vestido con el chándal que ha lucido habitualmente desde que en 2006 dejó el poder en manos de su legatario.

Fidel colgó el uniforme verde oliva en julio de ese año, cuando el régimen anunció que de comandante en jefe pasaba a ser "soldado de las ideas" e inició una larga convalecencia de cuatro años en los que las especulaciones sobre su estado de salud fueron constantes. Su grave dolencia de intestino era el secreto mejor guardado de la dictadura.

Llovía sobre mojado: durante sus 47 años al frente de la revolución y sus instituciones, la muerte de Castro fue anunciada -casi siempre desde Miami- un sinnúmero de veces, y últimamente eran habituales los "fakes" sobre su tránsito definitivo en Twitter.

Además sorteó cientos de tentativas de atentado, en algunas de las cuales tomó parte la propia CIA, con métodos tan sofisticados como ponerle cianuro en el batido de chocolate -una de sus bebidas favoritas- o impregnar su traje de bucear -otra actividad que le apasionaba- con sustancias cancerígenas. La literatura sobre la inmunidad de Castro a los ataques "reaccionarios" es vasta y nutre la historia de un siglo que, con su muerte, se cierra definitivamente, como dice con acierto Yoani Sánchez.

Fue un icono revolucionario y un referente político para las izquierdas europeas y de América Latina: los regímenes bolivarianos como Venezuela, Ecuador y Bolivia son, hoy todavía, buena muestra de ello. Resistió un intento de invasión respaldado por EE UU (Bahía de Cochinos, abril de 1961) y protagonizó, junto a John F. Kennedy y Nikita Kruschev, la denominada "crisis de los misiles" en octubre de 1962, quizá la ocasión en que el mundo ha estado más cerca de un conflicto nuclear.

Pero, sobre todo, comandó la Revolución cubana que desalojó del poder a un dictador con estrechos vínculos con el crimen organizado, Fulgencio Batista. El asalto al poder comenzó el 2 de diciembre de 1956, cuando desembarcó con 80 hombres en la costa oriental de la isla, adonde el grupo arribó a bordo del yate "Granma", en una operación preparada desde su exilio en México.

Al país azteca, Fidel y Raúl habían llegado en 1955, después de que Batista les amnistiara por su participación en el asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, en julio de 1953, acción por la que habían sido condenados a quince y trece años de prisión, respectivamente.

Dos años después de la "operación Granma", los rebeldes castristas se hicieron con el poder en la isla. Entonces nadie hablaba de marxismo, sino solo de justicia social en un país pobre de solemnidad al que Batista había convertido en una especie de burdel y meca del juego para los norteamericanos. Martí era entonces el referente único de los revolucionarios, que disfrutaban de un respaldo popular sin fisuras. Sin embargo, a los pocos meses de instalarse en La Habana, los barbudos dejaron a un lado su promesa de convocar elecciones y la deriva autoritaria de desató, quizá por la cercana e intensa presión a la que sometían a las nuevas autoridades de la isla los servicios secretos de EE UU.

De ahí a pedir ser acogidos en el seno protector de la URSS medió poco trecho, y con Washington de enemigo y Moscú de amigo, el castrismo no tuvo que pensar mucho antes de elegir: los muy tensos trece días de octubre de 1962 hicieron el resto. Pero, por lo mismo, con la caída del Muro en 1989 y la extinción de la Unión Soviética poco después, Cuba se vino abajo: perdió la mayoría de sus suministros, su PIB se hundió en al abismo y entró en bancarrota. Empezó entonces el primero de una serie de "periodos especiales" en lo económico y Fidel abrió la mano tímidamente a la iniciativa privada.

La medida tuvo una excelente acogida entre los cubanos y el "cuentapropismo" cundió; tanto, que el propio líder creyó necesario ponerle fin recién entrada la década de 2000, no fuera que el dinero terminara sustituyendo a la revolución en el ideario de sus compatriotas.

Como así ocurrió: desde la retirada de Fidel en 2006, su hermano Raúl ha ampliado la oferta. La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca en 2008 hizo el resto, y en diciembre de 2014 ambos líderes anunciaron el comienzo de un proceso de normalización de relaciones que ha conducido a la reapertura de embajadas.

A todo ello ha respondido Fidel en estos últimos años como "soldado de las ideas" o nuevo "cruzado" de las luchas contra el cambio climático, la guerra nuclear o el problema alimentario en los países de África. Son las famosas "Reflexiones" que empezó publicando con periodicidad semanal en la prensa única cubana y que fueron espaciándose a medida que la enfermedad hacía mella en él.

De estos últimos seis años es la imagen de un Fidel anciano, de voz quebrada y gesto alucinado, que contrastaba con la del líder que antaño se deleitaba exhibiendo fortaleza física y humor negro sobre sus dolencias, máxime cuando, más de una vez, tuvo que desmentir en persona su propia muerte. Ahora es de verdad.

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