Sablazo en el Sá Carneiro

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   El empresario vigués Enrique Sanjurjo, de 61 años, ayer, en su despacho con los billetes del fatídico viaje.
El empresario vigués Enrique Sanjurjo, de 61 años, ayer, en su despacho con los billetes del fatídico viaje. J. Lores
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El aeropuerto cobra 1.200 euros a un vigués por regalos de EE UU, pese a hacer escala en Frankfurt

ALBERTO OTERO / VIGO Desde el aeropuerto de Oporto hizo la mayoría de los viajes más importantes de su vida, "entre otras razones porque es más barato". Desde el pasado 2 de abril, su concepto de esta terminal -"que no de los portugueses"- ha cambiado por completo. Tras aterrizar su vuelo procedente de Nueva York con escala en Frankfurt (Alemania) y someterlo a un inquisitivo interrogatorio, los aduaneros del Sá Carneiro plantearon al empresario vigués Enrique Sanjurjo Blein dos alternativas: o pagaba 1.200 euros o le decomisaban el equipaje. Formularon esta última oferta en términos aparentemente "generosos", insinuando en varias ocasiones que podría acabar en la cárcel. ¿El delito?: unas compras para la familia.

Sin embargo, Enrique no era el típico turista de paseo por Nueva York. "Sufrí dos operaciones de cabeza en julio y noviembre de 2007, y tuve que ir al hospital neoyorkino para hacerme un chequeo", explica. Por recomendación médica, tiene que viajar acompañado, así que en esta ocasión iba con su novia. Superados los exámenes clínicos, aprovecharon para hacer algunas compras y encargos familiares: camisetas, pantalones vaqueros, faldas italianas... Su hermana, que vive allí, le entregó tres Iphones (móviles de Apple) para regalar a los hijos de Enrique. Metieron los teléfonos en un bolso de mano y el resto de las compras, en maletas que facturaron a Oporto.

Su vuelo de Lufthansa hizo escala en Frankfurt, "donde pasamos la aduana sin ningún problema". Pero una vez aterrizaron en Oporto, junto a pasajeros de todas las nacionalidades, comenzó el "acoso" policial. "¿Os senhores son espanhois?", preguntaron en tono "inquisitorio" los aduaneros lusos. Al contestar afirmativamente, les conminaron a entrar en una sala para revisar su equipaje. "Nos obligaron a sacar toda la ropa que llevábamos en nuestras maletas facturadas, separando lo que ellos consideraban ropa nueva", relata. A continuación se reprodujo una escena propia de un mercadillo. La ropa, incluida la usada, sobre una mesa alargada, y los agentes cantando en voz alta el precio de las prendas según su particular valoración.

En la sala crecía la tensión y a Enrique comenzaba a dolerle la cabeza. Llevaba muchas horas de viaje y, también por prescripción médica, debe evitar a toda costa situaciones de estrés. Pero los agentes continuaron a lo suyo. "No podía creerlo. Nos dijeron que sobre todo aquello había que pagar gastos de importación de aduana. Y pretendían cobrar también como nuevo un bolso de mi novia, comprado hace años en España", cuenta.

Territorio comunitario

No contentos con el equipaje facturado, les ordenaron abrir las maletas de mano, aquéllas que ya habían superado la Aduana alemana. De nada sirvió que Enrique insistiese en que "viniendo de Frankfurt estábamos en territorio de la UE; nos dijeron que teníamos la obligación de abrirlo, porque al salir de la aduana alemana podría pasar por algún free-shop para comprar algo que según ellos debíamos declarar", añade.

Y entonces aparecieron los Iphones. El tono de los agentes ya era "casi violento". Les acusaron de engañar a la Policía al intentar abandonar el aeropuerto por el pasillo "verde" (nada que declarar) en lugar de ir por el "rojo" para justificar todo lo que consideraban sujeto al pago de derechos arancelarios. Las acusaciones aumentaron en volumen y gravedad: falsedad, mala fe, contrabando... Hasta les amenazaron con una multa de 150 a 150.000 euros o incluso cárcel.

El interrogatorio de los guardas José Carlos Camarinhas y Paulo Alexandre Teixeira fue "humillante". Obligaron a la novia del empresario a abandonar la sala mientras a Enrique lo condujeron al despacho del jefe aduanero Armando Jorge. Éste le sentó frente a su mesa y le exigió 1.283,61 euros en efectivo por los artículos de "contrabando". Enrique exigió el recibo: "No me dieron ninguno y es posible que esa dinero no haya llegado al Ministerio de Finanzas, quedándose por el camino..."

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