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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 27
    Abril
    2016

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    Nuevas elecciones: Así se destroza una democracia

    A mí me pasa con Juego de Tronos casi lo que le ocurría a Jordi Pujol con la UDEF: ¿quién coño es Jon Nieve? No he visto ni un solo capítulo de una serie que, según me dicen, tiene más muertos por segundo que un fin de semana con el cártel de Sinaloa. Así que asisto a este desbordamiento de comentarios sobre Juego de Tronos con la misma cara que se le pone a mi madre cuando mi hijo le explica cómo hay que utilizar los emoticonos. Para que deje de enviarnos caquitas con ojos cuando lo que ella quiere, espero, es lanzarnos besitos con corazones y tal.

    Vivir hoy en día en España es vivir en serie. Hay que ir llevando al día muchas tramas a la vez, no sea que te cruces con alguien en el ascensor, te haga un chequeo rápido y descubra que la última serie que viste fue “Hostal Royal Manzanares”. Si es que aquello era una serie. En esta nueva era del folletín, tal es el furor por esas tramas infinitas que la realidad ya está imitando a la ficción. Desde las elecciones de diciembre hemos asistido a una auténtica serialización de la política cuyo final ha sido, como era de esperar, el inicio de una segunda temporada. Mientras haya audiencia, el show debe continuar.

    Para aquellos aficionados a las tramas culebreantes, la sucesión de acuerdos y desacuerdos ocurridos en los últimos meses pudo resultar muy entretenida. A mí me cansó. Resultó ser una burda imitación de Borgen, con la diferencia de que en la serie llegan a un acuerdo para formar gobierno y aquí ni se les ocurre. De hecho, en esta serie que se rodó entre el Congreso y el Palacio de La Zarzuela a veces dio la sensación de que el único objetivo de hacer política en este país era seguir haciendo política. Como si fuera una actividad autorreferencial sin ninguna conexión con la necesidad de gestionar los asuntos públicos y, en definitiva, hacer más fácil y mejor la vida de la gente.

    Confieso que me perdí, que abandoné al tercer o cuarto capítulo. Confieso que dejó de importarme si Rajoy era el bueno o el malo, si moría Errejón o lo resucitaban en el último momento, si al final Pablo y Pedro se acostaban, si Albert seguía siendo después de tanto enredo tan bueno y depilado como los guionistas nos lo presentaron al principio. Confieso que ahora me invade una pereza infinita, infinita, al tener que enfrentarme a la segunda temporada de esta serie. Quizá era lo que pretendían: agotar a la ciudadanía, sacarnos de mala manera nuestro voto con tal de que estos maulas nos dejen de una vez en paz. Bravo muchachos. Así se destroza una democracia.

     

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