«Me duele ver a gente, sobre todo jóvenes, resucitar proclamas fascistas»
David Uclés escuchó las historias de su abuelo y creó durante 15 años, tras mucho investigar, La península de las casas vacías (Siruela), un relato perfecto de la Guerra Civil española en clave de realismo mágico, un trabajo multipremiado que ha tenido una gran acogida entre los críticos.

David Uclés.
Ana Carro
Decía Miguel Delibes, como usted recoge en el libro, que «en las guerras no gana nadie, pierden todos». ¿Podría ser un resumen de La península de las casas vacías?
Sí, la verdad es que sí. Esa frase resume bien el espíritu del libro. Aunque bueno, sí ganan, ganan los grupúsculos políticos, militares, monárquicos, que se reparten el poder entre ellos. Esos sí que ganan. Ganaron los franquistas y se repartieron el poder de todo el país durante 40 años. Entonces, sí, hay quien gana, pero pierde la mayoría.
¿La Guerra Civil u otros conflictos siempre le suscitaron interés?
No, en absoluto. Nunca me interesó la Guerra Civil, la verdad. Las historias que me contó mi abuelo eran historias de su infancia, y su infancia fue en los años 30. Por darle un contexto a las historias que yo iba tejiendo en ese libro estilo Cien años soledad que yo quería hacer, investigué sobre la guerra. Al final se convirtió en un libro sobre toda la guerra, pero no era el objetivo principal.
En sus 15 años de trabajo en esta obra y su labor de investigación, ¿cómo fue el viaje de memoria por Galicia?
Para mí, Galicia es mi segunda patria, al tiempo que la jiennense, sobre todo Compostela. Viví allí casi cuatro años en total, dos años completos y diez veranos de tres meses cada uno. Es la región que mejor conozco después de Jaén. La había visitado tantísimo que tampoco me fue necesario meterla dentro de estos viajes de investigación. Lo que sí te puedo decir es que me costó meterla en la novela porque, en realidad, no hubo guerra allí. Hubo mucha represión, pero no hubo batallas. Así que metí algo del pazo de Meirás para que un personaje fuera por Galicia y tuviera la excusa. Hay un episodio que tuve que quitar que ocurría en Ferrol. Galicia siempre ha estado presente. En mi novela anterior, Emilio y octubre, el segundo episodio ocurre en Santiago porque traslado ahí la capital de España por la sequía.
Dentro de su universo de personajes hay uno, Castiano, que es un anónimo del que nunca se encontró su cuerpo. Esa es una herida que aún hoy duele en muchas familias.
Claro que duele, pero no solamente en esas familias. Yo, por ejemplo, no tengo ningún familiar, que yo sepa, que fuera fusilado, pero me duele ver a gente, sobre todo jóvenes, resucitar proclamas fascistas bajo las que en su día se ejecutaron a personas. Eso sí que me duele y me afecta más casi que la recuperación de los cuerpos. Las cosas de los entierros son para los vivos, pero esas proclamas pueden provocar de nuevo muertos.
Vemos a nuevas generaciones decir que se vivía mejor con Franco. ¿Le preocupa?
Es que es tan surrealista que resuciten a una figura tan nula intelectualmente como era Franco... ¿Cómo pueden envidiar a una persona así? Si me dijeran Primo Rivera casi lo entendería, porque sí era más intelectual.
En la novela propone al lector escuchar algunas canciones en determinados capítulos. ¿Qué busca?
Con la música se crea una atmósfera diferente, se tridimensionaliza de repente la escena. Es un recurso que también he usado en el libro anterior y que siempre lo querré usar, pero no mucho.
En una entrevista con Héctor Abad decía que el peor tipo de muerte es la violenta. En su libro hay mucha. ¿Está de acuerdo?
Sí, claro. De hecho, siempre digo que a las mujeres las violaban, las rapaban y las vejaban, mientras que a los hombres les daban una muerte rápida. Coincido con Héctor. Mi padre siempre dice «yo me quiero morir en la cama». Mira qué listo.
Es así, las grandes olvidadas de las guerras son las mujeres.
Sí, y también las que más sufrieron. Los hombres no tuvieron que levantar ni sostener el país ni tuvieron que sufrir las consecuencias de decisiones que habían tomado otros familiares. Para mí son las grandes afectadas.
Tardó 15 años en dar forma a La península de las casas vacías. Ha sido muy aclamada por la crítica e incluso premiada. ¿Le ha resultado abrumador?
No. Han sido muchos años trabajando, entonces todas las palmaditas que me den en la espalda las recibo bien. Me ayudan además a seguir trabajando en esto, invirtiendo mi tiempo y mi esfuerzo. Yo lo agradezco. Y no tengo vértigo del próximo libro porque lo empecé antes de publicar La península, así que sé que será fiel a mí.
En su gira de presentación, ¿qué diferencias encuentra entre lectores según su procedencia?
He visto que a los millennials, entre 30 y 50 años, sí que les han enseñado lo que ocurrió durante la guerra cuando eran del norte, de País Vasco, Cantabria o Cataluña. En Galicia no tanto. Esto es porque son regiones que sufrieron la represión franquista mucho más. Creo que hay un poquito más de memoria en el norte.
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