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Bienvenido a la guerra

1917

George McKay y Dean-Charles Chapman, en "1917". / François Duhamel

George McKay y Dean-Charles Chapman, en "1917". / François Duhamel

Sam Mendes es profeta en su tierra: "1917", su incursión en la I Guerra Mundial, ha arrasado en los BAFTA. Pero, además de jugar en casa, su escaramuza en el cine bélico reúne méritos para ser premiada, empezando por un ritmo vertiginoso marcado por una misión contra reloj para salvar 1.600 vidas y una arriesgada apuesta por el plano secuencia como eje narrativo vertebrador. El peligro que corre una técnica tan deslumbrante es que impida ver el corazón de la obra. Pero sus latidos están ahí: en el trepidante ejercicio de ir hacia adelante, siempre adelante, en un constructo visual inmersivo que, como un videojuego, hace sentir en primera persona el miedo y los horrores de la guerra.

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