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Trío de maestros nipones

El manga es un territorio vasto, inabarcable. Un paisaje editorial de enorme éxito en el que cabe de todo y en el que los maestros son venerados con la admiración que aquí nos despiertan un Hitchcock o un Bergman. Vamos a pararnos en tres de ellos, de reciente recuperación para el mercado español

Trío de maestros nipones

El manga tiene, como fenómeno editorial, un curioso recorrido en España. Irrumpió con modestia en los últimos ochenta gracias a autores como Katsuhiro Otomo y su magno "Akira". A la publicación de ese serial de ciencia ficción hardboiled siguieron varios autores que por fin encontraban un pequeño nicho de mercado en castellano: "Crying Freeman" de Ryoichi Ikegamiy Kazuo Koike o "Alita", de Yukito Kishiro, por ejemplo. Pero fue su vínculo con el anime el que realmente hizo explotar una nueva moda en España, la de los otakus. "Dragon Ball", por supuesto, fue el ariete y también el motor de esta invasión durante los años noventa.

Hoy el mercado alrededor del manga se ha estabilizado y así, además de grandes títulos comerciales del cómic japonés, algunos editores se atreven a descubrir a aquellos grandes maestros que, por alejarse del tono comercial propio del "mangaverso", parecían condenados al ostracismo. Quizá el marco de una novela gráfica de autor, y con temáticas cotidianas, intimistas y de marcado sesgo personal, favorezcan este paisaje más abierto, pro el que se han colado en España tres gigantes: Yoshihiro Tatsumi, Kazuo Kamimura y Yoshiharu Tsuge.

Tatsumi es tenido comúnmente por el padre de la vertiente artística del cómic japonés denominada gekiga, un estilo de historieta alternativo y adulto. La editorial Gallo Nero ha publicado en 2018 "Pescadores de medianoche", una portentosa recopilación de relatos breves sombríos, inyectados todos ellos de un pesar angustioso que más allá de mostrarnos historias sensibles y detallistas, revelan un estado emocional por parte del autor. Y un retrato del Japón de su tiempo. Sorprende comprobar que estos cuentos en viñetas fueron creados entre 1972 y 1973, pues se mantienen como una lectura fibrosa cuarenta y cinco años más tarde.

Pero le gana en edad "Nejishiki", de Yoshiharu Tsuge. Nuevamente se trata de una recopilación de relatos cortos. Aunque la obra magna de Tsuge pueda ser "El hombre sin talento" esta colección no solo es apreciable, es necesaria. Abandona la senda del realismo semi biográfico, o el relato social, y se interna en un atroz laberinto de sueños trasladados a la página (y ojo, pocos autores tienen el exquisito sentido de la diagramación de página que tiene Tsuge). Comenta la editorial, nuevamente Gallo Nero, otra vez exquisita, que su autor "afirmó que [en "Nejishiki"] solo había plasmado sobre el papel un sueño. La razón de plasmar su sueño sobre el papel fue bastante prosaica: se acercaba la fecha comprometida para entregar una historia y no tenía nada preparado". Pero los autores hablan y las obras crecen. Publicadas por primera vez en junio de 1968, estas historias sórdidas y oníricas, de sexualidad latente y también explosiva, con una lectura (el Japón de los sesenta aún tiene la posguerra caliente en su alma), "Nejishiki" se observa hoy como un pasmo capaz de tutearse con David Lynch, desde un realismo sucio que también puede recordar al Daniel Clowes más juguetón de los ochenta. Una obra acongojante y necesaria.

"El club del divorcio" (creado entre 1974 y 1975, editado en España por ECC), narra la historia de la bella y joven Yûko, quien regenta un bar donde trabajan mujeres divorciadas como ella misma, que intentan sobrevivir como pueden pese al estigma social que pesa sobre su estado civil (recordemos, estamos ante otra obra de más de 40 años). Kazuo Kamimura, su autor, falleció prematuramente a los 46 años de edad en 1986. Su trazo está dotado de la elegancia del Nihonga, el estilo artístico japonés que insistió en las virtudes de la pintura tradicional nipona durante el siglo XIX, el de la apertura (más bien obligada por la fuerza de los Estados Unidos) a occidente. Las páginas de "El club del divorcio" son de una delicadeza orgánica, sensual y dinámica subyugantes. Con ellas Kamimura despliega una narración morosa en su desarrollo, de relatos breves que en ocasiones dejan el sabor a repeticiones constantes, como versos parecidos pero disímiles en una composición poética.

Kamimura destaca por un sentido trágico de la vida que en cierto modo acerca "El club del divorcio" a los arrebatados dramas clásicos de Hollywood. También domina una sensualidad elegantísima sin parangón en occidente, y un tratamiento del deseo y la sexualidad obviamente orientales, ajenos a la moral cristiana. La tensión sexual que la obra desprende entre su protagonista y un joven camarero de su Club es quizá una de las cuestiones mejor tratadas en este cómic. Tsuge por su parte fue un hombre atormentado y depresivo. Sus historias de sueños turbios provocan un desasosiego cruento de difícil digestión. Tatsumi para concluir, nos hunde en una realidad lejana en el espacio y el tiempo, en ocasiones dura. Son tres miradas a los clásicos del manga que, siendo relativa novedad, no deberían pasar desapercibidas y que, apuesten, van a copar listas de lo mejorcito de la añada. Y son tres ejemplos de un campo vastísimo al que sumar títulos: el terror de Hideshi Hino (editado por La Cúpula), las historias de magia y yokais de Shigeru Mizuki ("Kitaro", Astiberri), o "Innocent" de Shin'Ichi Sakamoto (Milky Way Ediciones). De hecho podríamos dedicar el año entero esta sección al manga y no salirnos de su márgenes, pero no es esa la idea. De momento sirvan estas recomendaciones para hincarle el diente al lejano oriente.

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