Miden lo mismo que el capuchón de un bolígrafo: 5 cm, y son tendencia en las cárceles españolas. En 2018 se intervinieron 1.858 minimóviles y el año pasado la cifra subió a los 2.580. Los presos los esconden en lugares insólitos como la suela de un zapato, una lata de refresco o el papel higiénico. La calidad de estos teléfonos es pésima: son 100 por cien de plástico, pero eso les permite burlar la seguridad, ya que los arcos metálicos no los detectan. El director de la cárcel de Teixeiro, en La Coruña, muestra su preocupación por este nuevo problema. En este centro cumplen condena algunos de los presos más peligrosos, como Igor el Ruso, y estos terminales les sirven para eludir la vigilancia. En otras cárceles, conocidos delincuentes como Sito Miñanco o Francisco Correa han sido sorprendidos in fraganti con los móviles prohibidos. En la calle valen tan sólo 20 euros pero en la cárcel su precio se dispara y se multiplica por diez.