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Expertos explican cómo lograr una buena convivencia entre perros y gatos, desmintiendo el mito de la enemistad

La imagen de estas dos mascotas condenadas a pelearse sin tregua parece más fruto del refranero que de la realidad de los hogares españoles: estudios recientes apuntan a que en la mayoría de hogares mixtos hay armonía

¿Pueden compartir el mismo techo un perro y un gato?

¿Pueden compartir el mismo techo un perro y un gato? / Envato

Marta Clavero

Marta Clavero

«La frase 'Se llevan como el perro y el gato' es más mito que realidad». Así resumen muchos etólogos la situación actual en los hogares donde conviven ambas especies. Lejos de la imagen de pelea constante, buena parte de los perros y gatos que comparten techo se toleran, juegan juntos e incluso duermen pegados. Y es que, la imagen de estas dos mascotas condenadas a pelearse sin tregua parece más fruto del refranero que de la realidad de los hogares españoles.

Un estudio publicado en la revista científica PLOS ONE analizó los cuestionarios de 1.270 personas que tenían al menos un perro y un gato en casa. Según sus resultados, la mayoría de estas parejas peludas mantenían relaciones pacíficas: el 68,5 % dormía junta, al menos ocasionalmente, y el 62,4 % jugaba de forma habitual.

Otro trabajo, en este caso en Journal of Veterinary Behavior, encuestó a 748 hogares mixtos. La conclusión fue similar: la mayoría de los dueños percibía que sus animales estaban cómodos en presencia del otro y que la relación era amigable, no de conflicto permanente.

La imagen de dos animales condenados a pelearse sin tregua parece más fruto del refranero que de la realidad de los hogares españoles

«Popularmente se ha exagerado la enemistad entre perros y gatos», explica una veterinaria especializada en comportamiento. «Lo que vemos en consulta es que, cuando se respetan los tiempos de adaptación, los problemas graves son la excepción, no la norma».

Hablan idiomas distintos, pero pueden entenderse

Los expertos recuerdan que perros y gatos no se comunican igual. Un perro que se acerca moviendo la cola puede estar invitando al juego; un gato que azota la cola, en cambio, suele estar molesto. Esa traducción simultánea entre especies no siempre es perfecta y puede generar malentendidos.

Aun así, el estudio de PLOS ONE señala que muchos perros y gatos que conviven responden de forma relajada a los acercamientos del otro y son capaces de interpretar esas señales con bastante acierto, especialmente cuando han crecido juntos o han tenido experiencias positivas previas.

«No es que estén programados para odiarse», resume la etóloga. «Aprenden. Y si les damos buenas experiencias desde el principio, aprenden a verse como compañeros de casa».

Recomendaciones

Los especialistas en comportamiento coinciden en varias claves para que la relación funcione. Organizaciones como International Cat Care o la San Diego Humane Society insisten en que la presentación debe hacerse por fases: primero olores, luego contacto visual controlado y, sólo más tarde, convivencia en el mismo espacio.

«La regla de oro es no tener prisa», señalan desde estas entidades. «Forzar el contacto suele acabar en persecuciones, arañazos y mucho estrés para todos».

El mayor predictor de una buena convivencia no es sólo el tipo de perro, sino cómo se gestiona el miedo del gato: si el gato se siente seguro, es mucho más probable que acepte al perro como parte del grupo

En los hogares multiespecie es básico que cada animal tenga sus propios recursos: comedero, cama, zona de descanso y, en el caso del gato, uno o varios areneros en lugares tranquilos donde el perro no pueda acceder. Los etólogos insisten especialmente en ofrecer al gato zonas altas (estanterías, muebles, árboles rascadores) desde las que pueda observar sin sentirse acorralado. Para el perro, las recomendaciones pasan por mantener rutinas de paseo y juego que lo ayuden a descargar energía lejos del gato.

Adaptación

  • Al principio, cada animal permanece en una habitación separada, con sus cosas (cama, agua, comida, arenero en el caso del gato).
  • Se intercambian mantas o juguetes para que se acostumbren al olor del otro.
  • Después se permite que se vean unos minutos, con el perro sujeto con correa y el gato con vías de escape en alto.
  • Si ambos se muestran tranquilos, se van ampliando las sesiones hasta llegar a una convivencia normal.

Otra pieza clave es el control del perro. Antes de presentar a un gato se recomienda que el can responda bien a órdenes básicas como «siéntate», «quieto» o «ven», algo que señalan la mayoría de guías veterinarias sobre introducción de ambas especies. En paralelo, conviene no forzar al gato: si se esconde o se marcha, hay que dejarle espacio. Un gato seguro y con opciones de huida es mucho menos propenso a recurrir a la agresión.

«El mayor predictor de una buena convivencia no es sólo el tipo de perro, sino cómo se gestiona el miedo del gato», subrayan los especialistas. «Si el gato se siente seguro, es mucho más probable que acepte al perro como parte del grupo».

Señales de alarma: ¿cuándo pedir ayuda?

  • Persecuciones constantes del perro al gato.
  • Gato que pasa la mayor parte del tiempo escondido, come poco o deja de usar el arenero.
  • Peleas con arañazos o mordiscos que causan heridas.
  • Ladridos, bufidos o gruñidos continuos cada vez que se cruzan.

En algunos casos bastará con ajustar el manejo; en otros, los profesionales pueden recomendar cambios más profundos en la organización de la casa o incluso valorar si la convivencia es viable. A pesar de la fama, la literatura científica va en una dirección clara: «la mayoría de cohabitaciones entre perros y gatos son pacíficas». Con tiempo, espacio y una buena presentación, es más probable que terminen compartiendo sofá que protagonizando la guerra que prometía el dicho.

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