Juan Diego Botto, un canalla irresistible
Su nueva película, "Altas capacidades", denuncia un sistema que ha convertido la educación en un lujo
Nando Salvá
Juan Diego Botto se dio a conocer con "Historias del Kronen" (1995) en la piel de un niñato rico que se mete de todo y lo desprecia todo, y desde entonces ha dado vida a varios individuos de moralidad discutible; quizá ninguno de ellos tanto, eso sí, como la sabandija a quien interpreta en "Altas capacidades", la comedia negrísima a bordo de la que ha regresado a la cartelera. "Es un encantador de serpientes, alguien que sabe cómo atraer a la gente a su mundo pese a ser absolutamente despreciable", define él al personaje. "Y personifica la hipocresía de una élite que predica valores progresistas pero no duda en pisotearlos para mantener el estatus".
El actor confiesa haber sentido cierto placer perverso encarnando a alguien de esa calaña, en el fondo tan alejado de su propio ideario progresista y comprometido con la justicia social. "Es ese ser arrogante y condescendiente que en todo momento te demuestra que él siempre está por encima de ti, y que solo te hace caso mientras le resultas útil".
"Altas capacidades" es el tercer largometraje que coprotagoniza a las órdenes del director Víctor García León, uno de los cineastas españoles más diestros en el manejo del humor corrosivo, y también coguionista de la nueva película junto a otro miembro de ese selecto grupo, Borja Cobeaga. Lo que se cuenta en ella son las andanzas de una pareja de clase media y especialmente desnortada que llegado el momento empiezan a desvivirse para que su hijo entre en un colegio privado pese a que al mismo tiempo no se cansan de defender la educación pública.
Lo hacen por el chaval, claro, y no por el acceso que la medida promete darles tanto a otra clase social y a las barbacoas organizadas por la citada sabandija. Es lo que ellos dicen. "Yo no sé el dinero da la felicidad, pero sí sé que no tenerlo da la infelicidad", opina Botto, que convierte a su personaje en un canalla irresistible.
Ocultar las miserias
Ninguno de los personajes del filme, en efecto, logra ocultar sus miserias; todos tratan de manipular a los demás. La película funciona a modo de espejo que refleja las frustraciones consustanciales a la parentalidad moderna. "Para resolver nuestros propios fracasos personales e inseguridades, los padres y madres nos hemos impuesto un mandato según el que nuestros hijos deben destacar y ser geniales, y los obligamos a que estudien piano y hablen mandarín", lamenta Botto.
Mientras mantienen la comedia siempre pegada al drama, García León y Cobeaga critican sin ambigüedades un sistema que ha convertido la buena educación en un lujo, y que en buena medida de ese modo ha averiado los mecanismos de la movilidad social. "La vivienda pasó de ser un espacio para vivir para ser un producto con el que especular, y la educación ha pasado a ser más o menos lo mismo", opina Botto al respecto.
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