El número de personas con dificultades para hacer frente a sus necesidades más básicas aumentó, drásticamente, desde que el COVID llegara hace un año para quedarse mucho más tiempo del previsto inicialmente. El incremento de personas que se vieron desde entonces obligadas a guardar cola frente a instituciones benéficas provocó, además, que en el Banco de Alimentos Rías Altas (Balrial) tuvieran que redoblar sus esfuerzos para hacer frente a la demanda de alimentos básicos en una situación desesperada.

Una labor indispensable que obtuvo un reconocimiento por parte de la Reina Sofía, que visitó las instalaciones del banco de alimentos con el objetivo de conocer e interesarse por el trabajo de la institución.

Hasta allí se acercaron, con la madre del Rey, autoridades como la alcaldesa, Inés Rey, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo, el presidente del parlamento gallego, Miguel Santalices, la subdelegada del Gobierno, Pilar López Rioboo, el presidente de la Diputación, Valentín González Formoso, y algunos integrantes de la corporación municipal.

La Reina se reunió allí con las autoridades y saludó a los voluntarios presentes. Entre ellos se encontraba, junto a su madre, la que es la socia más joven de la institución, Martina, de 11 años, que demostró que aquello de que la pandemia nos haría mejores como sociedad tiene algo de cierto. Martina dio, sin duda, toda una lección de solidaridad durante la crisis sanitaria, cuando dedicó los meses de encierro a confeccionar corazones de origami que iba vendiendo entre sus amigos y familiares.

Martina, de 11 años, recaudó 1.000 euros que donó a la institución

Así logró reunir 1.000 euros, que donó íntegramente a la institución benéfica. Una determinación que tomó tras observar, a través de la prensa, cómo crecían, diariamente, las colas del hambre. “Hay mucha gente que tiene muchas necesidades”, resume, como su principal motivación para haber destinado todo lo recaudado a un fin tan altruista.

La solidaridad no entiende de edades. Lo evidencia Martina con poco más de una década de vida, pero también Antonio López, médico y docente jubilado. Desde que se retiró, hace diez años, trabaja más que nunca; aunque ahora lo hace a los mandos de las máquinas que utiliza para mover las muchas cajas y palés que entran y salen diariamente de la nave de San José donde la institución tiene su sede. “Ahora soy torero, porque manejo el toro, y verdulero, porque llevo fruta y verdura”, comenta. La jornada la pasa, de 8.30 a 13.00, cargando y descargando la mercancía, asiste a las organizaciones benéficas que acuden a por los alimentos, y, en resumidas cuentas, hace “un poco de todo”.

El objetivo, además de mantenerse activo, brindar su tiempo y su esfuerzo a los que no lo tienen tan fácil. “Es buscar hacer algo que te aporte un mínimo de satisfacción. Me siento vivo y útil, me ayuda a ordenar mi día”, enumera.