"Decidí que todos los invitados sin pareja tenían que ser muy ricos, muy hermosos o de mucho talento y, desde luego, preferiblemente las tres cosas". Hace ya medio siglo que se celebró, en el Hotel Plaza de Nueva York, la que la prensa convino en llamar, con gran acierto, la fiesta del siglo. Lo de los requisitos para asistir en caso de ser soltero -las parejas tenían menos morbo y atractivo y, por tanto, requerían menos atención- fue cosa del anfitrión, el célebre Truman Capote, quien en 1966 se encontraba en la cúspide de su carrera tras haber publicado "A sangre fría". Semanas tardó el escritor en elaborar su selecta lista de invitados, en torno a la cual surgieron leyendas como la del millonario neoyorquino que llegó a decir que su esposa se suicidaría si no figuraba en la misma, o la del empresario que convocó a su consejo de administración para anunciar que él sí estaba apuntado, pero que no iría.

Historias en muchos casos alimentadas por el propio Capote, quien inspiró su fiesta en la escena en Ascot de "My fair lady", cuyo vestuario diseñó Cecil Beaton. El escritor llamó a la suya "Baile en blanco y negro", por el color de los trajes que había que llevar, sin que faltara una máscara en el atuendo requerido.

"La expectación fue en aumento y se convirtió en el máximo acontecimiento de mi vida social en aquella época, quizás de toda mi vida". Así lo expresa la verdadera protagonista del baile, a quien este iba en realidad dedicado: la todopoderosa editora de "The Washington Post" Katharine Graham. En las memorias que recientemente se han publicado en España dedica unas cuantas páginas a recordar el acontecimiento, el 28 de noviembre de 1966. Entonces hacía tres años que se había quedado viuda, había tomado con gran éxito las riendas del periódico y era uno de los personajes más buscados, codiciados y famosos de EE UU.

Capote gastó con ella amistad y decidió que Graham era la excusa ideal para dar un baile -"En 1966 Truman nos llamó a Polly (Wisner) y a mí para anunciarnos que pensaba dar una fiesta por todo lo alto para animarme"-, aunque en realidad quien realmente necesitaba sentirse el centro de atención era él. Vaya por delante que esto lo tuvo claro Graham desde el principio y nunca acabó de creerse su protagonismo, aunque asistió divertida y disfrutó de una noche que le salió redonda a Capote.

"La cobertura de la fiesta, tanto en EE UU como en otros países, se prolongó durante semanas lo que dio un placer enorme a Truman", describe la editora. Él quería dar la campanada y vaya si la dio. No faltó nadie (sí, por supuesto, los que quiso él que faltaran, como el presidente de Tiffany, quien había sido poco espléndido en un regalo al escritor) de la alta y selecta sociedad americana: empresarios, modelos, escritores, millonarios, financieros, la "aristocracia" estadounidense con los Kennedy a la cabeza, actores, actrices...

En 2006 Deborah Davis publicó un libro en el que recoge la lista interminable de invitados. Entre ellos no faltaron las llamadas "cisnes de Capote", entre las que figuraban Marella Agnelli y Lee Radziwill, hermana de Jacky Kennedy. Frank Sinatra y Mia Farrow, Anita Loos, Thornton Wilder, Lauren Bacall, Henry Fonda, Andy Warhol, Gloria Vanderbilt, Norman Mailer, Harper Lee, Marisa Berenson, Candice Bergen.. Y más y más nombres célebres.

Imposible imaginar hoy en día un acontecimiento social similar, por su poder de convocatoria y su repercusión y, quizás, por qué no decirlo, por la falta de glamour en comparación con la llamada fiesta del siglo que, por cierto, acabó pronto para lo que se estila en la actualidad: a las tres y media de la mañana. Fácil imaginar quiénes estarían hoy invitados a una fiesta de tal envergadura que, a buen seguro, no resistiría combinar en una mano la copa de champán con el iPhone en la otra para hacerse el tan extendido y ya cansino selfi.

"Fue una forma de salir de la sombra de mi marido y convertirme en mi propio personaje", resume agradecida Katharine Graham de lo que supuso para ella un baile en el que a medianoche, todo el que no iba demasiado pasado de vueltas, debía quitarse con finura y elegancia su máscara. A la editora le dio alas en una sociedad en la que hasta entonces era poderosa, pero algo desconocida.

A Truman Capote le hizo subir a lo más alto de la aceptación social, esa con la que siempre había soñado el niño pobre de Nueva Orleans y, según recogieron las crónicas, ganó 1.500 amigos, los de la fiesta, pero perdió 15.000, los que no recibieron invitación. Él, encantado. Aunque lo que vino después, para él y para el mundo de las celebridades en general, no fue nada bueno.