Ciencia y sociedad
Edad biológica vs. edad cronológica: qué es y cómo miden los relojes biológicos nuestro envejecimiento
Más allá de lo que marca el DNI, los marcadores inmunológicos, metabólicos y epigenéticos revelan el verdadero desgaste de nuestro cuerpo

Una sola muestra de cabello es suficiente para determinar el ritmo individual del reloj biológico. / Bert Maier/© Charité/Bert Maier
Tomás Arrieta (*)
Cuando descubrimos que la edad cronológica no basta, aparece otra tentación: sustituir una cifra por otra. Si el DNI no dice toda la verdad, buscamos otro número que nos parezca más íntimo, más preciso y revelador. Así nace buena parte de la fascinación contemporánea por conocer nuestra edad biológica.
Hay algo profundamente humano en querer saber cuánto tiempo nos queda y en qué condiciones podremos vivirlo. No nos basta con haber llegado hasta aquí; necesitamos imaginar hacia dónde vamos. Queremos anticipar el deterioro, aplazar la fragilidad y, por supuesto, corregir a tiempo lo que todavía pueda modificarse. En el fondo, buscamos una forma de mirar el futuro sin que parezca del todo futuro, como si pudiéramos traerlo al presente, traducirlo en una cifra y actuar en consecuencia.
Verdad personal
Quizá por eso la idea de la edad biológica resulta tan seductora. Frente a la edad cronológica, administrativa y calculada de la misma forma para todos, la edad biológica parece ofrecernos una verdad más personal e íntima, aunque no siempre cómoda. No dice simplemente cuántos años hemos cumplido, sino cómo está envejeciendo nuestro cuerpo. Y, sobre todo, nos ofrece una posibilidad emocionalmente poderosa: descubrir que, por dentro, somos más jóvenes de lo que dice el calendario.
La edad cronológica informa del tiempo vivido, pero no revela el ritmo al que nuestro cuerpo está envejeciendo. Esa diferencia empieza a hacerse visible cuando miramos los relojes biológicos que todos llevamos dentro.
Nota sobre el autor
(*) Tomás Arrieta es Ingeniero, Doctor en Economía y Presidente de la Fundación AGE (Activos de Gran Experiencia).
Marcadores biológicos
Hablamos del reloj inmunológico, que deja ver el estado de nuestras defensas; del oxidativo, que recoge señales del desgaste celular; del funcional, que muestra lo que todavía podemos hacer; del metabólico, que revela cómo gestionamos la energía; y del epigenético, que observa ciertas marcas químicas del ADN, especialmente la metilación. Junto a ellos aparecen otros marcadores biológicos, como los telómeros, que también ayudan a comprender cómo envejecen nuestras células, aunque no lo expliquen por sí solos.
Pero nadie se acerca a estos relojes esperando que le digan que su cuerpo envejece más deprisa que su DNI. La promesa que nos atrae suele ser la contraria: tener 60 años, pero una edad biológica de 52; tener 70, pero un organismo que aún conserva señales de 61. La cifra funciona entonces como una pequeña absolución. No elimina el paso del tiempo, pero lo suaviza. No detiene la edad, pero nos permite imaginar que todavía tenemos margen, quizá incluso más margen del que creíamos.
Sin embargo, conviene mirar esta promesa con lucidez. La edad biológica no es una profecía ni una sentencia. Tampoco es una segunda fecha de nacimiento ni una garantía de longevidad. Es una estimación construida a partir de criterios científicos y de determinados marcadores biológicos. Cada reloj observa una parte distinta del envejecimiento y traduce esa información en una cifra que parece sencilla, aunque detrás esconda una realidad mucho más compleja.
Nueva obsesión
Ahí está su valor, pero también su riesgo. Su valor consiste en recordarnos que no envejecemos todos igual, que la edad cronológica informa, pero no agota la verdad de una vida. Su riesgo aparece cuando convertimos esa cifra en una nueva obsesión, en otra forma de competir con el tiempo o en una ilusión de control absoluto. Cambiamos una edad por otra, pero seguimos buscando lo mismo: una respuesta cerrada frente a una vida que nunca puede reducirse por completo a un número.
Los relojes biológicos pueden ayudarnos a comprender mejor nuestro cuerpo, a detectar vulnerabilidades y a orientar decisiones futuras de salud. Pero no deberían sustituir la pregunta más importante. No se trata solo de saber si nuestro organismo parece más joven o viejo que nuestra edad cronológica, ni de perseguir una cifra más amable. Se trata de preguntarnos qué hacemos con esa información, cómo la integramos sin miedo y cómo la convertimos en una forma más consciente de decidir y de vivir.
La edad biológica puede matizar el calendario, pero no puede actuar por nosotros. Puede mostrar señales de desgaste o de reserva, pero lo importante empieza cuando dejamos de preguntar solo cuántos años tenemos y empezamos a preguntarnos cómo queremos orientar el tiempo que todavía tenemos por delante. Por cierto, a mí también me gustaría saber. La tentación me puede.
Fuente: Levante - EMV
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