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Fernando Suárez, presidente de los informáticos: «Negar la tecnología en las aulas no protege a nuestros hijos; los deja solos ante ella»

El presidente del Colegio Profesional de Enxeñaría en Informática de Galicia incide en la necesidad de que la informática sea una disciplina central en el programa escolar para enseñar al alumnado a utilizar la tecnología «con criterio, autonomía y pensamiento crítico»

Dos jóvenes, con sus teléfonos móviles.

Dos jóvenes, con sus teléfonos móviles. / David Zorrakino

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La tecnología está cada vez más presente en nuesto día a día y, por supuesto, también en las aulas. Por ello, con motivo de la vuelta al colegio, el Colexio Profesional de Enxeñaría en Informática de Galicia (CPEIG) expresa la necesidad de abordar con claridad el debate sobre el papel de la tecnología en la educación.

El presidente de esta entidad, Fernando Suárez, advierte de que plantear este debate como una elección entre tecnología «sí o no» en las aulas supone partir de un enfoque equivocado. Los más jóvenes ya conviven con ella a diario, rodeados de algoritmos, pantallas, redes sociales e inteligencia artificial (IA). Ante esta realidad, incide en la necesidad de que el sistema educativo enseñe al alumnado a utilizar la tecnología «con criterio, autonomía y pensamiento crítico».

«Negar la tecnología en las aulas no cambia esa realidad. Solo significa cerrar los ojos ante ella y renunciar a que la escuela desempeñe su papel más importante: ayudar a comprender el mundo en el que vivimos», explica Suárez.

Según Suárez, la respuesta tiene que ser educativa, no solo organizando una charla puntual sobre los riesgos de internet, ni limitando la competencia digital a enseñar herramientas ofimáticas, sino que la informática debe introducirse de forma obligatoria y progresiva en el currículo como una competencia básica para toda la ciudadanía. «Debe ser una disciplina central en el programa escolar para ayudar a comprender el mundo que habitamos», explica.

Para el presidente del CPEIG, lo fundamental es enseñar en la escuela pensamiento computacional, programación, robótica, ciberseguridad, inteligencia artificial, análisis crítico de la información y uso responsable de los datos, además de enseñar a formular buenas preguntas, detectar errores, contrastar fuentes, reconocer la manipulación y saber cuándo una conversación requiere de una persona y no de una máquina.

«Igual que aprendemos a leer, escribir, interpretar un gráfico o entender unas nociones elementales de ciencia, debemos aprender qué es un algoritmo, cómo se entrenan los sistemas de inteligencia artificial, qué sesgos pueden incorporar, qué datos utilizan, cómo proteger nuestra privacidad y por qué no conviene delegar nuestro juicio en una respuesta automática», sostiene.

Para alcanzar este objetivo en la educación, el CPEIG indica que es fundamental formar y acompañar al profesorado.

«Negar la tecnología en las aulas no protege a nuestros hijos, sino que los deja solos ante ella. La clave es evitar que crezcan como usuarios pasivos de tecnologías que no comprenden. Un país que no enseña informática de verdad en sus aulas renuncia a formar ciudadanos capaces de participar con criterio en la sociedad digital, además de renunciar a buena parte de su capacidad futura de innovar, emprender, investigar y decidir sobre su propia soberanía tecnológica. Nos jugamos mucho más que la competitividad de nuestras empresas o la capacidad de desarrollar tecnología propia. En juego está el presente de una generación que ya convive con sistemas capaces de influir en sus decisiones, relaciones y en su percepción del mundo», argumenta el presidente.

El reto de la IA

La irrupción de la inteligencia artificial hace que la educación digital sea más importante que nunca, ya que no basta con saber utilizar estas herramientas, sino que es fundamental comprender su funcionamiento, valorar críticamente sus resultados y hacer un uso responsable y consciente de ellas.

En este sentido, recuerda que la IA ya no es solo una herramienta para hacer deberes, resumir un texto o generar una imagen. Muchos adolescentes recurren a estas herramientas para consultas personales, para encontrar respuestas o incluso para cubrir espacios de conversación y acompañamiento que antes ocupaban los padres y madres, las familias, los amigos o los docentes. Por ello, el debate público sigue abierto y muy centrado en si se deben prohibir o no las redes sociales a determinadas edades, cuándo dar el primer móvil a los menores o cómo limitar el acceso a determinadas aplicaciones. La irrupción de la IA está cambiando el escenario, y Fernando Suárez destaca que actualmente la prohibición ya no es la fórmula, sino que la clave está en la formación.

«La IA puede ser una magnífica herramienta educativa, pero no debemos dejar a un menor solo ante un sistema diseñado para responder siempre»

Fernando Suárez

— Presidente del Colexio Profesional de Enxeñaría en Informática de Galicia (CPEIG)

«La inteligencia artificial introduce un cambio cualitativo: el menor ya no se limita a consumir contenidos, sino que conversa con un sistema que adapta sus respuestas, parece comprenderlo y está disponible permanentemente. Esa apariencia de autoridad y empatía puede llevarlo a confiar demasiado, compartir información íntima o buscar orientación emocional en una herramienta que puede equivocarse, inventar información o reforzar una idea perjudicial», explica Suárez.

Sin embargo, insiste, la IA «no es un amigo, ni un orientador, ni un psicólogo, ya que puede equivocarse, simplificar un problema complejo o responder de forma excesivamente complaciente».

Un estudio reciente del Pew Research Center, realizado entre adolescentes de 13 a 17 años en Estados Unidos, revela que el 57% afirma haber utilizado chatbots para buscar información y el 54% para recibir ayuda con tareas escolares. Pero hay datos que deberían hacer reflexionar aún más, como el 1% que los utiliza para mantener conversaciones informales y un 12% para obtener apoyo emocional o consejo. «Para una generación que ha crecido hablando por mensajería, compartiendo su vida en redes y buscando respuestas inmediatas en internet, dirigirse a un asistente conversacional puede parecer tan natural como escribir a un amigo, preguntar a sus padres o consultar un buscador», afirma Suárez.

A esto, añade, hay que sumar la generación de contenidos falsos muy convincentes, la suplantación de identidad, las imágenes íntimas manipuladas y nuevas formas de acoso. «Por eso ya no basta con controlar el móvil. La IA puede utilizarse desde cualquier dispositivo conectado. Supervisar no significa espiar, sino acompañar, conocer qué herramientas utilizan, establecer límites adecuados a su edad y mantener la confianza para que pidan ayuda. La IA puede ser una magnífica herramienta educativa, pero no debemos dejar a un menor solo ante un sistema diseñado para responder siempre, aunque no siempre responda bien», insiste.

Las redes sociales ya han demostrado su capacidad para amplificar la desinformación, la comparación constante, la presión estética, el acoso, la exposición a fraudes o la dependencia emocional de una pantalla. Respecto a esto, apunta que la IA puede agravar algunos de estos problemas porque añade una nueva capa: una conversación personalizada, disponible de forma permanente y aparentemente empática.

Retos virales peligrosos

Aunque Suárez reconoce que una mayor educación digital no garantiza por sí sola que los retos peligrosos no se hagan virales, «sí constituye una de las herramientas más eficaces para evitar que los menores participen en ellos, los graben o contribuyan a su difusión».

Uno de los últimos fenómenos virales es el denominado «joyriding», que consiste en robar un vehículo para conducirlo de forma temeraria, generalmente en busca de diversión, adrenalina o reconocimiento social. Este reto ya se ha relacionado con doce muertes en Reino Unido e Irlanda. «En un caso como el 'joyriding' no estamos ante una broma, sino ante una conducta delictiva y potencialmente mortal convertida en espectáculo para conseguir visualizaciones y reconocimiento social», sostiene Suárez.

En su opinión, la educación digital debe ayudar a los jóvenes a comprender cómo funcionan estas dinámicas, identificar y resistir la presión del grupo, valorar las consecuencias reales de sus actos antes de tomar decisiones y entender que no compartir este tipo de contenidos también constituye una forma efectiva de frenar su viralidad. «Esta formación debe comenzar desde edades tempranas, mantenerse de forma continuada y contar con la implicación conjunta de los centros educativos, las familias y las propias plataformas digitales», expone.

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