La basura digital oculta: el coste medioambiental de nuestras fotos y vídeos
Se prevé que el consumo eléctrico de los centros de datos se duplique para 2030, aumentando la presión sobre las redes y los recursos naturales. Los expertos apuestan por un uso más responsable de la tecnología

Un grupo de jóvenes, haciéndose una fotografía con un móvil. / FdV
Hacer y compartir fotografías y vídeos desde el móvil se ha convertido en un gesto cotidiano que alcanza su máxima expresión durante el verano, cuando aumentan las salidas, las reuniones familiares y los viajes. Lo que muchas personas ignoran es que esta práctica, aparentemente inocua, tiene un impacto ambiental.
En 2026 se prevé que se hagan 1,95 billones de fotos -el 94% desde un teléfono móvil- y que se almacenen 13,6 billones de imágenes en todo el mundo. Muchas de ellas, sin embargo, ni siquiera volverán a ser vistas. En España, según un estudio, una de cada tres fotos almacenadas en el móvil carece de relevancia y solo el 37% de la población acostumbra a eliminar aquellas que no tienen ningún valor. Además, muchos usuarios conservan varias copias de la misma imagen en el dispositivo, en una o varias nubes, en aplicaciones de mensajería y redes sociales, y en copias de seguridad automáticas.
A este material hay que sumar los millones de correos electrónicos y las copias de seguridad de aplicaciones de mensajería como WhatsApp que se generan cada día y que, en muchos casos, permanecen almacenados. Todo este contenido irrelevante se convierte en basura digital, que, aunque no es visible, tiene un impacto en la salud del planeta. Los centros de datos que se encargan dalmacenamiento y la gestión de los datos digitales operan de manera ininterrumpida y generan emisiones de CO₂ asociadas a su consumo energético. De hecho, se encuentran entre los grandes consumidores de electricidad a escala mundial y son responsables de alrededor del 2,5 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
Como explica Fernando Suárez, presidente en Consejo General de Ingeniería Informática de España y del Colexio Profesional de Enxeñaría en Informática de Galicia (CPEIG), la contaminación digital es la huella ambiental que deja todo el ciclo de vida de la tecnología. Incluye desde la extracción de materias primas y la fabricación de móviles y ordenadores, hasta la electricidad que consumen las redes y los centros de datos, el agua necesaria para refrigerarlos y los residuos electrónicos que generamos.
«El problema es que tendemos a pensar que lo digital es inmaterial. Guardamos una fotografía en 'la nube' y parece que desaparece físicamente, cuando en realidad queda almacenada en servidores que funcionan las 24 horas. La tecnología no produce humo delante de nosotros, pero necesita fábricas, cables, antenas, edificios, energía, agua y minerales», sostiene.
«La tecnología no produce humo, pero necesita fábricas, cables, antenas, edificios, energía, agua y minerales»
Suárez recuerda que en 2025 los centros de datos consumieron alrededor de 485 teravatios hora (TWh) de electricidad en todo el mundo, una cifra que, según las previsiones de la Agencia Internacional de la Energía, podría prácticamente duplicarse de aquí a 2030. «Para hacernos una idea, ese consumo equivale a alrededor del 3% de toda la electricidad mundial», explica.
El funcionamiento de estos centros también requiere agua, tanto para refrigerar los equipos como, de forma indirecta, generar electricidad y fabricar semiconductores. Según el experto, no existe una cifra única para cuantificar este consumo, ya que depende de factores como el clima, la tecnología de refrigeración empleada y la fuente de energía utilizada. Sin embargo, su impacto puede ser especialmente relevante a escala local cuando los centros de datos se instalan en territorios con estrés hídrico.
En cuanto a las emisiones, señala que estas dependen en gran medida del origen de la electricidad que alimenta los centros de datos. No obstante, matiza que la última estimación detallada de la Agencia Internacional de la Energía sitúa sus emisiones indirectas en unos 180 millones de toneladas de CO₂, aproximadamente el 0,5 % de las emisiones mundiales derivadas de la combustión. «Es una proporción todavía limitada, pero se trata de uno de los consumos que más rápidamente está creciendo», detalla.
Desconocimiento
El ingeniero informático señala el desconocimiento y la falta de concienciación social como dos de los factores que contribuyen al crecimiento de la basura digital. «Todos entendemos que un coche consume combustible o que una bolsa de plástico genera un residuo, pero no vemos la energía que se utiliza cuando reproducimos una serie, almacenamos miles de fotografías o pedimos a una inteligencia artificial que genere un vídeo. Incluso la palabra 'nube' refuerza esa sensación de algo etéreo e ilimitado», explica.
En su opinión, si el ritmo actual se mantiene, serán necesarios más centros de datos y más recursos para fabricar tanto servidores como dispositivos. En este sentido, recuerda que la Agencia Internacional de la Energía prevé que el consumo eléctrico de los centros de datos prácticamente se duplique entre 2025 y 2030.
«Esto puede provocar problemas de conexión a las redes eléctricas, aumentar los costes y generar conflictos locales por el uso de la energía y del agua. Además, existe un efecto rebote: los equipos son cada vez más eficientes, pero como almacenamos, transmitimos y procesamos muchos más datos, el consumo total continúa creciendo. La eficiencia tecnológica, por sí sola, no será suficiente», advierte.
Aun así, sostiene que hay que evitar convertir la sostenibilidad en una culpabilización permanente del ciudadano. «Las personas podemos mejorar nuestros hábitos, pero también necesitamos mayor transparencia por parte de las empresas, centros de datos más eficientes, energía descarbonizada, sistemas de reutilización del calor, una gestión responsable del agua y dispositivos más reparables y duraderos. El bienestar digital y la sostenibilidad también deben formar parte del diseño», defiende.
Para paliar el impacto ambiental del uso de las tecnologías, recomienda aplicar una regla muy sencilla: usar durante más tiempo los dispositivos -cada año se acumulan 62 millones de toneladas de basura electrónica, con un incremento interanual de 2,6 millones de toneladas- y guardar el contenido con criterio. «Alargar la vida del teléfono o del ordenador suele tener más impacto que obsesionarnos con cada correo. Y podemos dedicar diez minutos al mes a eliminar duplicados, descargas y vídeos que ya no tienen utilidad, revisar las copias automáticas y darnos de baja de servicios o boletines que nunca utilizamos», dice.
Según Suárez, la digitalización no debe presentarse como un enemigo del planeta. «La tecnología también puede ayudarnos a optimizar el transporte, la energía, la industria o la lucha contra el cambio climático. El reto no es tener menos tecnología, sino una tecnología mejor diseñada, alimentada con energía más limpia, más transparente y utilizada con criterio. No se trata de frenar la transformación digital, sino de hacerla sostenible», opina.
Tampoco se trata de vivir constantemente pendientes de la huella de cada clic ni de borrar recuerdos importantes. «Se trata de evitar automatismos innecesarios y de recuperar una idea muy sencilla: que podamos almacenar algo no significa que tengamos que almacenarlo todo», sostiene.
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