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Entrevista | Yayo Herrero Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y referente ecofeminista

«El cambio climático favorece que los incendios sean más virulentos; crean sus propias condiciones climáticas»

«Parte del rural se ha convertido en un decorado para segundas residencias, generando un urbanismo desordenado y que llena el campo de personas sin conocimientos para detectar riesgos», afirma esta experta

La antropóloga, ingeniera y referente ecofeminista Yayo Herrero.

La antropóloga, ingeniera y referente ecofeminista Yayo Herrero. / Clara Elías

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Carolina Sertal

Carolina Sertal

Vigo

Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y una de las voces más influyentes en materia de ecofeminismo en la actualidad, Yayo Herrero analiza la dramática situación que viven los distintos territorios ante incendios forestales cada vez más frecuentes y virulentos, poniendo el foco en el abandono rural, la necesidad «vital» de tareas de prevención, el impulso de iniciativas público-comunitarias y la formación de la población de aquellas zonas más susceptibles de sufrir este tipo de eventos.

Estamos asistiendo a extremos incendios forestales no solo en España, sino a nivel internacional, en África, en Latinoamérica... ¿Qué papel juega el cambio climático?

El cambio climático no produce los incendios directamente, igual que tampoco produce las danas, pero sí favorece que sean mucho más probables y, sobre todo, mucho más virulentos. Este año ha habido unas lluvias anómalas durante buena parte del año, tenemos una cantidad enorme de masa forestal susceptible de convertirse en combustible y estas olas de calor, que se suceden una detrás de otra, lo que hacen es dejar los montes preparados para que cualquier chispa, cualquier accidente o imprudencia, genere un incendio que además no es como los incendios a los que los bomberos están acostumbrados, sino que son incendios que crean sus propias condiciones climáticas, que generan vientos, que crean nubes y que son muy difíciles de apagar mientras haya algo que pueda arder.

Son muchos factores los que confluyen, también los modelos productivos y la falta de medios de prevención.

Totalmente. Lo que estamos viviendo, igual que ocurre en otros eventos climáticos extremos, tiene que ver con lo que en su momento se denominaba la era de las consecuencias, que no son solamente las del cambio climático, sino las de haber conformado formas de urbanizar la vida en común, la vida material, es decir, urbanizar la economía, la gestión del territorio, que le dan la espalda a la naturaleza, que al final tiene su propia dinámica y organización. En nuestro territorio se dan varias circunstancias: el proceso de abandono rural, que no es nuevo y que se viene dando en los últimos decenios, a través de procesos migratorios, a veces por empobrecimiento a otros países, pero sobre todo muchos al entorno de las ciudades. Esto provoca que, digamos, el mantenimiento que se daba en monte simplemente por el propio trabajo del sector primario, el agrario extensivo y no el industrial, que supone un nuevo problema, ya no se haga. No quiero romantizarlo, porque no es que todas las actuaciones sean perfectas, pero antes no se producía ese nivel enorme de abandono. En segundo lugar, ante este abandono, una buena parte del medio rural se ha convertido en una especie de escenario de decorado para segundas residencias y las vacaciones, y eso ha generado también un tipo de urbanismo, muchas veces muy desordenado, muy disperso, que llena el monte y el campo de personas que tampoco tienen un gran conocimiento ni saben detectar cuáles son las señales que la propia naturaleza está dando de riesgo o de peligro. Y luego también tenemos la ausencia de trabajo de prevención, muchísimo más necesario en un contexto de cambio climático, es decir, aquí es vital que exista la prevención y no esos recortes en los servicios de extinción que creo que son dramáticos. Todo esto se mezcla.

¿Considera que todavía estamos a tiempo de revertir la situación?

Hay una parte del cambio climático que ha llegado para quedarse. Es muy importante cualquier tarea de mitigación, es decir, todo lo que favorezca que se deje no solamente de quemar combustibles fósiles, que es clave, sino también de utilizar el territorio de una forma absolutamente desadaptativa, porque la propia trama de la vida nos puede ayudar a restaurar paisajes, a regenerar las relaciones entre humanos y naturaleza, de ahí que sea fundamental reducir de forma drástica el uso de las energías fósiles, reducir el uso del petróleo como materia prima para muchos otros procesos industriales. También necesitamos emprender un cambio radical en las relaciones con el territorio, que pasa por apoyar al sector primario extensivo, por pensar en restaurar la propia fauna, porque históricamente en el monte no solo ha comido el ganado, sino también la fauna salvaje, fauna no explotada, que básicamente son herbívoros y también han ayudado a mantener unos equilibrios. Por otra parte, no es que tengamos que encontrar las soluciones en el pasado, pero tanto en España como en otros países ha habido pueblos que han convivido con el fuego y han sabido gestionar el territorio y ordenarlo con paisajes de mosaicos, pequeñas quemas controladas que servían para generar una dinámica de cortafuegos, de manera que, sin romantizarlo, diálogos entre los conocimientos tradicionales y la ciencia actual pueden proveernos de herramientas para que los problemas no vayan a más y para poder fortalecer dinámicas de adaptación que son absolutamente urgentes.

¿Qué análisis hace del 'espaldarazo' del ser humano a la naturaleza? Se sitúa en el centro, olvidándose que es parte de ella.

Creo que eso tiene mucho que ver con la evolución de nuestro marco cultural, y cuando digo nuestro, me refiero fundamentalmente a la sociedad occidental. Lo que suelo plantear es que la sociedad occidental contemporánea es fruto de una cultura extraviada, una cultura en la que los seres humanos no se perciben como dependientes de la trama de la vida que se autoorganiza y hay seres humanos que han aprendido a mirar lo que llamamos naturaleza desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad. Esto hace que seamos completamente ajenos a comprender que nuestro planeta tiene límites físicos, lo que nos está colocando en un contexto de peligro. Lo que hace además es tener esa falta de percepción y sentido de pertenencia a una tierra que se autoorganiza, que no manejamos a voluntad completamente, que lo que está provocando es generar culturas muy desadaptativas. Lo que hemos creado es una cultura que nos pone en riesgo constantemente, donde ni siquiera nuestro conocimiento, que es grande en este momento, es capaz de ponernos a salvo de nosotros mismos. Además, hay una serie de intereses económicos que se contraponen directamente con esa tarea de protección hacia las personas que es imprescindible hacer y que hace que todas estas cuestiones se salven con bulos, desinformaciones o discursos polarizados en diferentes sectores, tratando para sacar rédito electoral o de influencia económica de estas circunstancias que se dan. Y a mí esto me parece que es absolutamente terrible.

Las soluciones van más allá de lo individual, ¿pero qué medidas se pueden adoptar?

Siempre me gusta decir que, a nivel individual, lo mejor que podemos hacer es no estar solos. Creo que una parte pasa por la construcción de comunidades con capacidad de organización, porque todo lo relacionado con el calentamiento global, con la alteración de los ciclos naturales, no es resoluble solo desde las administraciones públicas ni desde individuos aislados y, en este sentido, pienso que la construcción de iniciativas y relaciones público-comunitarias es absolutamente clave. A modo de ejemplo, estos días se han registrado incendios que se declaraban y que han sido abortados en sus primeros minutos porque algunas personas organizadas sabían lo que debían hacer; pienso que formar a las comunidades de lugares susceptibles de sufrir estos incendios es también muy importante, para que colectivamente se sepa lo que hacer. Ojalá no hubiéramos llegado a este punto, pero en este momento de crisis ecosocial vertiginosa en el que estamos, hemos de poner en práctica una dinámica de corresponsabilidad que afecta a comunidades, pueblos, personas y, desde luego, a las administraciones públicas. Si realmente los y las ecologistas tuvieran capacidad de legislar, te aseguro que nos estaríamos en las circunstancias en las que estamos ahora, porque atravesamos problemas que vienen siendo anunciados desde hace 70 u 80 años y, con respecto al cambio climático, ¡es que el primer aviso de riesgo ya tuvo lugar en 1856! En este momento, por desesperación o rabia, no hay que caer en la manipulación de bulos, vengan de donde vengan, porque a veces también hay líneas desde el sector progresista. Creo que ni nos vale que todo el discurso sea que la culpa la tienen los negacionistas ni que la tiene quien no limpia el monte. Son dos simplezas brutales que no van a impedir al año que viene, o este mismo verano, vuelva a suceder una y mil veces más lo mismo.

Hacía alusión anteriormente al sector agrario industrial, ¿qué nuevas problemáticas implica este modelo?

La problemática de un sector de ganado profundamente estabulado, además de que lo primero es el trato que se da a los animales, tiene que ver con el mantenimiento de los montes, puesto que este es un ganado que la mayor parte de las veces no interactúa con ningún territorio abierto, son animales que están encerrados y alimentados con piensos que son cultivados en otros territorios, previamente deforestados y machacados en dinámicas de extractivismo agrario, absolutamente tremendas hacia otros territorios. Son modos de producir los alimentos que también producen una enorme alteración de ciclos, además absolutamente vulnerables a momentos como los que estamos viviendo en Irán o en otros lugares, porque una buena parte de los insumos que se utilizan en esas formas productivas de esas industrias vienen de materiales minerales extraídos y no presentados en el mercado agrario. En otros lugares, por ejemplo, hay una parte importante del amoníaco que viene de productos derivados del nitrógeno que vienen de Irán, pero también de Ucrania, es decir, es una forma de extractivismo que también tiene que ver con, desde luego, el calentamiento global, por la extensión masiva de una forma de ganadería que es terrible. Asimismo, está relacionado con la alteración de los ciclos naturales y del agotamiento de otros minerales y de otros bienes y, por otra parte, también me parece importante señalar que los empleos que se producen en muchos de estos modelos productivos son pocos y, en muchos casos, en los menos cualificados, tremendamente mal pagados. Yo creo que necesitamos un sector agropecuario extensivo y para mí es muy importante tratar de desmontar esta falsa oposición entre la protección de la tierra y los agricultores y ganaderos extensivos, creo que es urgente explorar las alianzas que tienen.

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