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In Memoriam

El químico que le puso barco al Instituto

Ricardo Pérez Martín. Profesor de Investigación del CSIC en el grupo de investigación de Bioquímica de Alimentos en el Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo (CSIC).

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Antonio Figueras Huerta

Eran las tantas de la noche, en los años ochenta, y el programa volvía a fallar. El ordenador era un HP-85, una caja pequeña, con pantalla verde y memoria minúscula, y el programa lo había escrito para mí Ricardo Pérez Martín para sacar adelante los análisis de biometría del camarón de mi tesis doctoral. Cuando fallaba, no esperaba a que llegara nadie: lo parcheaba ahí mismo, sobre la marcha, hasta que volvía a funcionar. Así empezó, para mí, la amistad con Ricardo: ayudándome con mi tesis, con un programa que se caía y con un compañero que lo arreglaba sin esperar nada a cambio. Perdiendo el tiempo conmigo.

Ricardo Pérez Martín ha fallecido en Vigo. Era químico, Profesor de investigación del CSIC y durante más de cuarenta años formó parte del Instituto de Investigaciones Marinas.

Ricardo Pérez Martín. | FDV

Ricardo Pérez Martín. / FDV

Se doctoró en Química por la Universidad de Santiago de Compostela en 1986. Un año después hizo la estancia postdoctoral en el Torry Research Station de Aberdeen, Escocia, donde —contaba él mismo, con la misma media sonrisa con la que contaba casi todo— tuvo sus más y sus menos con una centrífuga. Entró en el IIM como becario en 1981, obtuvo la plaza de científico titular en 1988 y llegó a ser profesor de investigación en 1997. Dirigió el Instituto entre 1994 y 2001.

Vinculación con la industria

Su trabajo estuvo siempre pegado a la industria: modificación de los componentes del pescado durante su procesado, control de calidad, autentificación de especies mediante ADN, trazabilidad, aprovechamiento de los descartes y subproductos de la pesca. Fue investigador responsable de proyectos europeos —de los programas FAR, AIR y FAIR, de varios Interreg, de dos LIFE-Environment—, con la Comisión de Ciencia y Tecnología y con la Xunta de Galicia, y de una quincena de contratos directos con empresas del sector pesquero. Fundó, además, una empresa de base tecnológica, surgida del CSIC y de la Universidad de Santiago, llamada Xenotechs Laboratorios. Su firma aparece en más de un centenar de artículos científicos y en tres patentes.

Nada de esto explica del todo quién era Ricardo. Consiguió, para el Instituto, su primer barco: el Mytilus. Cuando se quedó corto de eslora y de potencia, lo amplió. Consiguió también redistribuir el espacio del edificio, algo que, en un centro de investigación —lo digo yo, y quien haya repartido despachos en una institución pública sabe por qué me río al decirlo—, equivale a la multiplicación de los panes y los peces.

Pasiones: deporte y música

En su juventud fue un gran deportista. Jugaba al waterpolo en el Club Náutico de Vigo. Enseñó a nadar a los hijos de media plantilla del Instituto. Le apasionaba la música: el piano, la guitarra, cantar y la dirección de orquesta. Un día le regalaron la oportunidad de dirigir una orquesta sinfónica y, para él, aquello fue el paraíso. Esa pasión ha seguido en sus hijos.

Era generoso. Estaba siempre disponible para ayudar. Tenía buen sentido del humor. Y rectificaba: si se equivocaba, lo decía, sin dar vueltas. Al principio de mi carrera me dijo algo que no he olvidado: «Tu currículum es bueno para ti, pero tiene que serlo también para el país.» Se lo tomaba en serio.

Un trabajo hasta el final

Este mismo año seguía al frente de proyectos del Instituto, entre ellos GEOCAP, sobre la gestión de las capturas pesqueras. No se había retirado para mirar desde fuera. Seguía dentro, trabajando, hasta el final.

La vida es así: de repente apagan a una persona con la que ayer te reías todavía de la misma vida.

Ricardo, prepárame un sitio allí donde estés. Por lo menos, nos reiremos juntos.

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