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Redes sociales

Verano y redes sociales: el cóctel perfecto para disparar el FOMO o miedo a perderse algo

Los adolescentes y jóvenes son especialmente vulnerables a este tipo de ansiedad social debido a su desarrollo emocional y la importancia de las redes en su vida social

Un joven hace una foto a su acompañante en la playa de Silleiro.

Un joven hace una foto a su acompañante en la playa de Silleiro. / FdV

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Vigo

Las redes sociales se han convertido en el escaparate por excelencia de los planes vacacionales, con los viajes como principales protagonistas y una actividad especialmente intensa durante los meses de verano. Quienes viajan no solo siguen conectados, sino que comparten sus experiencias casi en directo. Según los datos del último estudio de la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC), el 97% de las personas que viajaron por España permaneció activa en redes sociales durante sus vacaciones, mientras que el 87% hizo lo mismo en sus viajes al extranjero. Pero también los días en la playa o la piscina, el terraceo, las cenas en el restaurante de moda, las fiestas con familiares y amigos y los conciertos acaparan los muros de las redes sociales.

Todas estas vivencias aparentemente perfectas llegan al otro lado de la pantalla como un bombardeo incesante de imágenes, que puede terminar ocasionando FOMO (Fear of Missing Out) o miedo a perderse algo, un tipo de ansiedad social que surge al pensar que otros están viviendo experiencias gratificantes o importantes de las que se no forma parte y que se manifiesta a través del deseo compulsivo de estar conectado de forma permanente a las redes para no perderte nada. Esta necesidad de estar hiperconectado y compararse continuamente con los demás suele generar estrés, frustración y baja autoestima, según los expertos.

Según la psicóloga Diana Rodríguez, el verano reúne muchos factores que favorecen la aparición del miedo a perderse algo o FOMO. «Es la época de las vacaciones, del tiempo libre, del ocio y de una mayor sensación de libertad para elegir qué hacer. Se multiplican los planes, los viajes, los conciertos, las reuniones con amigos y las actividades al aire libre. Además, el buen tiempo invita a incrementar la vida social. Cuando percibimos que existen muchas más oportunidades de las que podemos aprovechar, es más fácil sentir que nos estamos perdiendo algo», explica la especialista gallega.

En su opinión, «las redes sociales y las vacaciones forman una combinación perfecta para proyectar una imagen idealizada de la vida». Un alto porcentaje de los contenidos que se publican muestran paisajes espectaculares, comidas, conciertos, risas y momentos de felicidad. «Compartimos nuestros mejores instantes —sean totalmente reales o no— como una forma de transmitir satisfacción, éxito o alegría», alerta.

Las motivaciones que animan a una persona a compartir sus vivencias son diversas: ego, generosidad, extroversión, simple «postureo» o incluso para enviar un mensaje a una persona concreta. «En realidad, hay tantos motivos como personas que publican contenido», sostiene.

Sin embargo, observar la vida de los demás no es nada nuevo. La psicóloga asegura que la curiosidad por saber de la vida de los demás forma parte de la naturaleza humana. «Mucho antes de que existieran las redes sociales ya existía el interés por conocer qué hacían los otros. La diferencia es que ahora esa 'ventana' es virtual y puede mostrar tanto una realidad como una versión cuidadosamente editada de ella», afirma.

«Las redes sociales y las vacaciones forman una combinación perfecta para proyectar una imagen idealizada de la vida»

Diana Rodríguez

— Piscóloga

Los adolescentes y los jóvenes son especialmente vulnerables al FOMO, ya que las redes sociales forman parte de sus relaciones sociales y su madurez emocional aún está en desarrollo.

«El impacto que esas imágenes tienen depende, en gran medida, de quien las observa. Cuanto mayor es la madurez emocional de una persona, mayor suele ser su capacidad para relativizar lo que ve y entender que una publicación no refleja la totalidad de una vida», explica.

Además de la madurez emocional, la autoestima, la capacidad de introspección y los valores personales también influyen en el impacto del consumo constante de imágenes de vidas en apariencia perfectas. «Hay quienes observan esos contenidos con distancia y relativizan lo que ven, mientras que otras personas pueden desarrollar una mayor autoexigencia, sentimientos de inferioridad, inseguridad o inhibición al compararse constantemente con esos modelos idealizados», detalla.

La psicóloga asegura que sentir cierta envidia o frustración de forma puntual es completamente normal e incluso puede ser adaptativo. «Las emociones negativas también cumplen una función. En lugar de preguntarnos '¿por qué siento esto?', conviene preguntarnos '¿para qué está aquí esta emoción?'. En este caso, la envidia o la frustración pueden impulsarnos a ahorrar para un viaje, planificar un objetivo o tomar decisiones que nos acerquen a aquello que deseamos», explica.

El problema aparece, advierte, cuando dejamos de preguntarnos '¿para qué?' y comenzamos a preguntarnos '¿por qué?'. «'¿Por qué yo no?', '¿Por qué él sí?'. Es ahí donde suele iniciarse el pensamiento rumiante, que puede desembocar en ansiedad, comparaciones constantes e incluso síntomas físicos derivados del malestar emocional», alerta.

En su opinión, el FOMO, por sí mismo, no tiene por qué ser negativo. «En muchos casos nos invita a salir de la zona de confort y entrar en una zona de aprendizaje o descubrimiento. Si esa sensación nos activa y nos lleva a ser más proactivos —por ejemplo, trabajar durante el verano para poder asistir a un concierto más adelante— puede convertirse en un motor de crecimiento».

Sin embargo, cuando el FOMO paraliza, alimenta una envidia persistente, una frustración mal gestionada, el rechazo hacia uno mismo o una actitud hostil hacia los demás, es el momento de mirar hacia dentro. «Ahí comienza el verdadero trabajo personal: dejar de compararnos con lo que sucede fuera y conectar con nuestras propias necesidades, objetivos y valores», añade.

La psicóloga no es partidaria de prohibir el uso de las redes sociales o el móvil como medida para prevenir este tipo de ansiedad social , sino de «educar y educarnos».

«La clave no está en eliminar por completo las redes sociales, sino en aprender a utilizarlas de forma consciente, estableciendo límites saludables y siendo selectivos con los contenidos que consumimos», sostiene.

Para lograr una relación más saludable con la tecnología durante las vacaciones, propone establecer horarios e intención en el tiempo de uso de las redes sociales, y establecer normas de uso, como evitar el móvil durante las comidas o los paseos. También aconseja seleccionar contenidos que aporten valor y bienestar emocional, así como desconectar de la pantalla para conectar con la naturaleza, la familia y las amistades.

Asimismo, recomienda silenciar o archivar grupos y perfiles que generen malestar o comparaciones constantes. «Disfrutar de la realidad, enamorarse de la propia vida, fortalecer el sentimiento de pertenencia y preguntarse no tanto '¿por qué?', sino '¿para qué?'», sostiene

En definitiva, para la psicóloga, buscar el significado de estar presentes, aquí y ahora, suele ser el mejor antídoto frente al FOMO.

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