Entrevista | Vanessa Rodríguez Pousada Presidenta de la Sociedade Galega de Sexoloxía (SOGASEX)
«Seguimos teniendo una visión del sexo muy centrada en el coito, la erección y el rendimiento sexual»
«El problema no es la identidad; son las etiquetas», afirma la psicóloga y sexóloga canguesa, presidenta de la Sociedade Galega de Sexoloxía

Vanessa Rodríguez Pousada / FdV
Vanessa Rodríguez Pousada (Cangas, 1979) preside la Sociedade Galega de Sexoloxía (SOGASEX) desde el pasado mes de diciembre, cuando tomó el relevo de Purificación Leal al frente de la entidad. Antes, ocupaba el puesto de vicepresidenta. La psicóloga general sanitaria y sexóloga sostiene que muchos de los problemas relacionados con la sexualidad tienen su origen en expectativas poco realistas y en un concepto excesivamente centrado en la penetración. Aunque reconoce que la sexualidad ha dejado de ser un tema tan tabú como lo era años atrás, considera imprescindible reforzar la educación sexual en las aulas y promover una formación específica para los profesionales del ámbito sanitario y educativo. «La educación sexual no puede depender solo de la buena voluntad del profesorado», asegura la experta, que también es profesora colaboradora en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y cofundadora de ASEIA (Asociación para a Saúde Emocional na Infancia e na Adolescencia), entidad creada en Ourense, ciudad donde desarrolla gran parte de su trayectoria profesional y clínica.
¿Qué objetivos se marca como presidenta de la Sociedade Galega de Sexoloxía?
Mi objetivo es continuar el legado de Puri (Purificación Leal), que realizó un gran trabajo al frente de la Sociedade Galega de Sexoloxía y le dio un impulso importante. Queremos seguir reuniendo a profesionales de la sexología, promover actividades formativas y desarrollar iniciativas divulgativas dirigidas a la sociedad desde una perspectiva amplia, inclusiva y diversa. Además, apostamos por una sexología abierta al debate. No creemos en discursos cerrados, sino en generar espacios donde puedan convivir distintas perspectivas y donde expertos con enfoques diferentes contribuyan a enriquecer la reflexión y ampliar miradas.
¿La sexualidad sigue siendo un tema tabú?
Sí, sigue costando hablar de sexualidad con la misma naturalidad con la que hablamos de otros aspectos de la salud. Muchas personas siguen sintiendo vergüenza o reticencia a pedir ayuda. Las mujeres suelen compartir más sus dificultades y vulnerabilidades, mientras que los hombres encuentran mayores obstáculos para hacerlo.
¿Por qué?
La cultura patriarcal ha transmitido durante mucho tiempo la idea de que los hombres no pueden mostrarse vulnerables y que, además, deben responder a determinadas expectativas en el ámbito sexual. Eso dificulta mucho que hablen de problemas o inquietudes relacionadas con su sexualidad.
¿Existe todavía un doble rasero entre hombres y mujeres en materia de sexualidad?
En cierta medida, sí. Los hombres suelen mostrar más dificultades para abordar cuestiones relacionadas con la salud y la vulnerabilidad, algo que también se refleja en la salud sexual. Resulta llamativo, por ejemplo, que las mujeres se familiaricen con revisiones relacionadas con su salud sexual desde edades tempranas, mientras que en los hombres este tipo de controles suelen incorporarse mucho más tarde. Esa diferencia contribuye a que las mujeres estén más acostumbradas a hablar y ocuparse de estos temas.
¿Los padres hablan más de sexo con sus hijos que antes?
Creo que sí. Venimos de generaciones en las que la educación sexual estaba prácticamente ausente, pero cada vez hay más interés por parte de madres y padres en aprender cómo abordar estas cuestiones. Muchas de las demandas de formación que recibimos proceden de las asociaciones de familias. Eso demuestra que existe una mayor implicación y una voluntad de acompañar a niños y adolescentes en su educación afectivo-sexual. Los cambios sociales son lentos y probablemente avanzan a menor velocidad de la que nos gustaría, pero se están produciendo. Es importante reconocer también los avances y no centrarnos únicamente en las carencias.
«No necesitamos entender todas las realidades afectivo-sexuales para respetarlas»
La educación sexual va más allá de la prevención...
Sin duda. Durante mucho tiempo la educación sexual se centró casi exclusivamente en los riesgos, los peligros y los miedos. Esa mirada es insuficiente. La educación sexual también debe hablar de bienestar, de autocuidado, de respeto, de relaciones saludables y de satisfacción. La sexualidad no se limita al acto sexual, sino que tiene que ver con la identidad, la autoestima, la aceptación personal, el respeto a la diversidad y la forma en que nos relacionamos con los demás.
¿Cómo influyen las redes sociales en las relaciones personales y de pareja?
Las redes sociales son herramientas de comunicación propias de nuestro tiempo. Algunas están orientadas específicamente a conocer gente, pero cualquier espacio donde interactuamos con otras personas puede convertirse en un lugar para establecer vínculos, generar atracción o iniciar relaciones. No creo que debamos demonizar estas herramientas. También han ampliado nuestras posibilidades de comunicación y de contacto, tanto en el ámbito profesional como en el personal. Lo importante no es tanto el medio como la forma en que lo utilizamos. Cuando existe una base sólida de respeto, responsabilidad y cuidado hacia los demás, las relaciones pueden desarrollarse de manera saludable también en los entornos digitales.
¿Cuáles son los motivos de consulta más habituales en sexología y cuál es el perfil del paciente?
Aunque no significa que sea una realidad generalizada, suelen acudir más mujeres que hombres. También vienen muchas parejas y, en las heterosexuales, la iniciativa suele partir de la mujer. En parejas homosexuales, tanto de hombres como de mujeres, observamos que está más normalizado acudir a este tipo de recursos. Las consultas tienen que ver principalmente con dificultades en la relación de pareja, sobre todo con problemas de comunicación o de convivencia, y con cuestiones relacionadas con la sexualidad. Muchas veces los problemas se entienden exclusivamente desde la penetración. Seguimos teniendo una visión muy centrada en el coito, la erección y el rendimiento sexual. Cuando alguien considera que no mantiene la frecuencia de relaciones que cree normal o que las relaciones no se desarrollan como entiende que deberían, aparece la angustia. Sin embargo, cuando ampliamos la mirada y entendemos la sexualidad de una forma más diversa, gran parte de esa ansiedad desaparece. También ayuda comprender que el deseo no está siempre presente y que eso forma parte de la normalidad.
«Nadie sale del armario porque quiera; sale porque la sociedad lo metió dentro»
Un estudio reciente señala que uno de cada cuatro españoles no tuvo relaciones sexuales en el último año. ¿Tenemos menos sexo?
Creo que es importante, en todos estos estudios basados en datos estadísticos cuantitativos, tener en cuenta que a veces las preguntas esconden una realidad más compleja de lo que deja ver su simple formulación. No se pueden tomar las afirmaciones de manera directa; es importante pensar un poco más allá y evitar asociaciones simplistas, porque la realidad es muy compleja. La respuesta a una misma pregunta puede ser la misma, pero las razones por las que una persona responde de una determinada manera pueden variar mucho. Antes de responder a esta pregunta en concreto habría que preguntarse qué consideran esos estudios una relación sexual. Muchas investigaciones siguen partiendo de una idea centrada en la penetración, cuando la sexualidad es mucho más amplia. También creo que debemos revisar cómo investigamos. A veces determinados estudios generan más alarma de la que realmente existe y contribuyen a perpetuar ideas de las que precisamente estamos intentando alejarnos.
Según la última encuesta del CIS, el 30% de las mujeres se ha sentido forzada alguna vez a hacer algo que no quería en una relación sexual y uno de cada cuatro hombres ha pagado por tener relaciones sexuales. ¿Qué lectura hace de estos datos?
Me llama la atención que, aunque se pregunta por diversas identidades sexuales, el resumen acaba reduciendo los resultados a hombres y mujeres y plantea algunas cuestiones desde una perspectiva binaria, dejando fuera otras realidades. Respecto al dato de que un 30 % de las mujeres se ha sentido forzada a mantener relaciones sexuales, conviene distinguir entre sentirse forzada y estar forzada. Muchas veces, una persona puede sentirse forzada y, sin embargo, no expresar claramente que no quiere realizar algo o tener dificultades para hacerlo notar. Además, el propio estudio recoge que el 86,9 % de los hombres y el 86,2 % de las mujeres consideran que forzar a la pareja a mantener relaciones sexuales constituye una violación, lo que refleja un amplio consenso sobre esta cuestión. Por eso considero importante no dar por supuestos determinados aspectos como si fueran incuestionables. Más bien, esta cuestión debería servirnos como punto de partida para reflexionar y seguir investigando, que es precisamente lo más interesante de este tipo de estudios. No deberían ser un punto final, sino un punto de partida para formular nuevas preguntas. Yo investigaría qué factores llevan a que una mujer se sienta forzada a mantener relaciones sexuales. Y también destacaría otro dato: que un 86,9 % de los hombres considera que forzar a la pareja a mantener relaciones sexuales constituye una violación.
¿Está cambiando nuestra forma de entender la sexualidad?
Sí. La sexualidad siempre está atravesada por factores culturales y sociales. Igual que cambian las relaciones humanas, cambia también la manera de entenderlas. Cada época tiene sus propias características, sus dificultades y sus formas de vivir la sexualidad.
Los celos y las dinámicas de control parecen mantenerse, especialmente entre los jóvenes.
Sí, observamos prácticas de control entre adolescentes. Lo interesante es que muchas veces no son conscientes de que se trata de control. Un ejemplo es compartir constantemente la ubicación con la pareja o con los amigos, porque hay que aclarar que este control no se reduce exclusivamente a la pareja. Lo que comienza como una medida de cuidado puede acabar convirtiéndose en una dinámica donde todo el mundo sabe dónde está todo el mundo. Las tecnologías ofrecen posibilidades nuevas, pero solemos utilizarlas antes de comprender plenamente sus implicaciones.
¿Cómo perciben los jóvenes la diversidad sexual?
Creo que la diversidad sexual está mucho más naturalizada que en generaciones anteriores. Evidentemente siguen existiendo agresiones y hay que combatirlas con firmeza, pero esas agresiones no representan la forma de pensar de la mayoría de los adolescentes. Quienes trabajamos con ellos vemos una apertura muy superior a la que existía hace años.
¿Sigue siendo difícil salir del armario?
Hoy existe una normalización mucho mayor. Además, siempre recuerdo que nadie sale del armario porque quiera; sale porque la sociedad lo metió dentro. Afortunadamente, cada vez es más habitual que las personas jóvenes expresen su orientación o sus afectos con naturalidad en el espacio público.
¿Qué le diría a la familia de un joven con una identidad sexual o de género diversa?
Que no hay nada de lo que preocuparse. Son identidades tan válidas como cualquier otra. Quizá deberíamos cuestionarnos más determinadas clasificaciones y etiquetas que las propias identidades de las personas. El problema no es la identidad; son las etiquetas.
Antes hablaba de cómo tendemos a interpretar la realidad desde categorías muy asentadas, como el binarismo en las identidades. ¿Sucede algo parecido con las relaciones de pareja, donde la monogamia sigue siendo el marco desde el que se entiende casi todo?
Sí, y otros modelos de relaciones puede resultar difíciles de entender para generaciones que fuimos educadas exclusivamente en la monogamia. Pero no es necesario comprender todas las experiencias afectivo-sexuales para respetarlas. A veces intentamos entender realidades que no forman parte de nuestra experiencia vital y nos cuesta. Lo importante no es comprenderlo todo, sino respetarlo.
¿La educación sexual sigue siendo una asignatura pendiente?
Sin duda. Debería formar parte del currículo educativo de manera estable y estar impartida por profesionales especializados en sexología. La educación sexual no puede depender solo de la buena voluntad del profesorado. Muchas veces depositamos esa responsabilidad en el profesorado, que ya tiene una enorme carga de trabajo y que no necesariamente cuenta con formación específica en este ámbito. Con toda la buena voluntad del mundo, es fácil que se mezclen conocimientos con valores o creencias personales.
¿Las charlas puntuales son suficientes?
No. Pueden ser útiles, pero la educación sexual debería desarrollarse a lo largo de toda la etapa educativa y adaptarse a cada edad. Las necesidades de un niño de ocho años no son las mismas que las de un adolescente de dieciséis.
¿Qué queda por hacer?
Además de educar a niños y adolescentes, debemos formar mejor a los profesionales. La sexualidad aparece constantemente en ámbitos como la salud, la educación o la intervención social y, sin embargo, sigue teniendo una presencia muy limitada en muchos planes de estudio universitarios.
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