La inteligencia artificial agrava los riesgos de las redes sociales para niños y adolescentes
Expertos alertan sobre la inmadurez emocional y el pensamiento crítico insuficientes de los menores para gestionar entornos digitales diseñados para captar su atención y abogan por una mayor formación digital

Un adolescente, mirando un vídeo en su móvil. / Efe
Las redes sociales forman parte ya de la forma en que nos comunicamos y accedemos a la información. Sin embargo, estas plataformas plantean importantes retos relacionados con la seguridad y el bienestar emocional, especialmente en el caso de los niños y los adolescentes, cuyo acceso se produce cada vez a edades más tempranas. Uno de los principales problemas es que la mayoría de los menores acceden a plataformas diseñadas para captar su atención y maximizar el tiempo de permanencia cuando aún no disponen de la madurez emocional ni del pensamiento crítico suficientes para gestionar adecuadamente estos entornos. Esta realidad hace necesario adoptar un enfoque integral de protección, educación y responsabilidad compartida entre familias, centros educativos, administraciones públicas y empresas tecnológicas.
Como respuesta a estos desafíos, distintos países han aprobado o están tramitando normativas para restringir el acceso de los menores a estas plataformas, obligando a las plataformas a implementar sistemas de verificación de edad reales. Sin embargo, los especialistas opinan que el principal desafío sigue siendo garantizar la aplicación efectiva de las normas mediante una supervisión adecuada, recursos suficientes y mecanismos sancionadores eficaces.
Según Fernando Suárez, presidente en Consejo General de Ingeniería Informática de España y del Colexio Profesional de Enxeñaría en Informática de Galicia (CPEIG), entre los riesgos más relevantes que presentan las redes sociales se encuentran la exposición a contenidos inapropiados, el ciberacoso, la violencia digital, la presión social, la pérdida de privacidad, los fraudes, la desinformación y la dependencia de la validación externa.
«No se trata de demonizar las redes, que también permiten aprender, relacionarse y crear, sino de entender que no pueden dejarse en manos de algoritmos cuya prioridad no es precisamente el bienestar de los menores», manifiesta.
«Saber usar una aplicación no equivale a saber distinguir una fuente fiable de una manipulada o detectar una estafa»
Aunque el informático reconoce que los menores suelen mostrar una gran destreza tecnológica, advierte de que esta habilidad no implica que sean capaces de interpretar de identificar contenidos manipulados, distinguir fuentes fiables o detectar intentos de fraude. La proliferación de imágenes, vídeos y audios generados mediante inteligencia artificial (IA), junto con perfiles falsos y campañas de manipulación, hace aún más necesaria la educación en pensamiento crítico y alfabetización digital. «Saber usar una aplicación no equivale a saber distinguir una fuente fiable de una manipulada, detectar una estafa o comprender por qué una publicación les aparece justo en ese momento. Por eso, necesitamos educar en pensamiento crítico, no solo en habilidades técnicas», apuntilla.
En este sentido, la docente Alba Alonso recuerda que estas plataformas están diseñadas para captar nuestra atención mediante pequeñas recompensas que generan liberación de dopamina, por lo que resulta imprescindible utilizarlas con conciencia, y advierte de que la exposición y el consumo de estos entornos digitales pueden influir en su presente y en su futuro del menor. «A partir de aquí, aparecen otros problemas como el miedo a quedarse fuera (FOMO), la baja autoestima, la necesidad de aparentar o exhibirse, así como riesgos más graves como el grooming o el acoso», expone la profesora.
Respecto a la eficacia de medidas como la limitación del acceso a estas plataformas, Suárez considera que los actuales sistemas de verificación son insuficientes, ya que en muchos casos basta con declarar una fecha de nacimiento que puede falsearse fácilmente. Por ello, defiende la implantación de mecanismos de verificación más eficaces y respetuosos con la privacidad, aunque subraya que estas medidas deben complementarse con educación, acompañamiento familiar, un diseño seguro de las plataformas y una mayor responsabilidad empresarial. Asimismo, sostiene que las plataformas deben incorporar la protección de los menores desde su diseño, mediante medidas como cuentas privadas por defecto, limitación de contenidos potencialmente dañinos, sistemas eficaces de denuncia, respuestas rápidas ante casos de acoso y mayor transparencia en el funcionamiento de los algoritmos.
«Fijar una edad puede ser una medida necesaria, pero no puede ser la única respuesta. Prohibir o limitar el acceso puede ser adecuado en determinados servicios o contenidos, especialmente los más perjudicales, pero no basta por sí solo», opina Suárez.
Como medida complementaria, el especialista propone, de forma experimental, la creación de «un carné de competencia digital» que acredite unos conocimientos básicos sobre privacidad, seguridad, detección de fraudes y contenidos manipulados, respeto a los demás y derechos relacionados con la identidad digital, del mismo modo que se exige un permiso para conducir. «Al igual que para conducir aprendemos unas normas porque podemos causarnos daños a nosotros mismos y a otros, nuestras decisiones en la redes sociales también tienen consecuencias. Sería una medida adicional, nunca una excusa para que las plataformas edulan su responsabilidad», explica.
En similares términos se expresa Alonso, que considera que las prohibiciones, por sí solas, no resuelven el problema, aunque sí pueden actuar como medidas disuasorias. «Ayudan tanto a los progenitores como a los menores a entender que los riesgos a determinadas edades son mucho mayores que lo que les pueden aportar las redes», sostiene.
El desafío añadido de la IA
Según Suárez, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) multiplica los riesgos ya existentes, al facilitar la creación de contenidos falsificados, la suplantación de identidad, la difusión de imágenes manipuladas y la personalización de fraudes. Sin embargo, matiza que no hay que obviar que esta herramienta también ofrece importantes oportunidades para el aprendizaje, la accesibilidad y la creatividad, siempre que se use con garantías.
Tampoco los adultos están del todo preparados para afrontar estos desafíos. Padres, madres y educadores pueden ser igualmente vulnerables a la desinformación y a las estrategias de manipulación emocional presentes en las plataformas digitales. Por ello, la formación continua de los adultos resulta imprescindible para poder acompañar a los menores. «Muchas veces damos por hecho que la experiencia nos protege, pero también somos vulnerables a los fraudes, a la desinformación y a los mecanismos de manipulación emocional que utilizan las plataformas», subraya el informático.
Por su parte, Alonso sostiene que la irrupción de la IA ha multiplicado la dificultad para distinguir qué es auténtico y qué no, independientemente de si se es menor o adulto. «Hoy cualquiera de nosotros es altamente manipulable», señala.
Aunque esta profesora opina que aún es pronto para conocer el alcance real que tendrá la IA sobre la infancia y la adolescencia, entiende que el desarrollo y el uso de esta tecnología deberán estar guiados por principios como la ética, la filosofía y el sentido común. En este contexto, insiste en que el diálogo entre familias e hijos sobre el uso de las redes y las nuevas tecnologías sigue siendo la principal herramienta de protección. «Los adultos somos, una vez más, el mejor filtro, el mejor apoyo y el mejor aliado en su camino», defiende.
En un contexto de creciente digitalización, el concepto de bienestar digital adquiere una relevancia cada vez mayor. Este concepto hace referencia a un uso equilibrado de la tecnología, en el que los dispositivos estén al servicio de las personas y no condicionen negativamente su descanso, sus relaciones personales, su autoestima, su capacidad de concentración o su salud emocional. Según los expertos, bienestar consiste en mantener el control sobre la tecnología, en lugar de que esta condicione nuestra vida.
Para promover uso seguro de las redes sociales, los expertos coindicen en que es necesaria la implicación conjunta de las familias y de los centros educativos. Para Suárez, en el ámbito familiar es fundamental fomentar el diálogo, establecer normas adaptadas a la edad y acompañar a los menores en la comprensión de los riesgos y de las herramientas de protección.
«Hoy cualquiera de nosotros es altamente manipulable»
Respecto al papel de los centros educativos, Alonso explica que deben asumir una función activa de acompañamiento y considera fundamental que el profesorado conozca la evolución del entorno digital para poder guiar al alumnado hacia un uso saludable, ético y creativo de las redes sociales. También apuesta por educar en la convivencia digital, fomentando respuestas respetuosas ante los comentarios en redes sociales y recordando que estos espacios deben servir para aportar, no para juzgar ni hacer daño.
Los periodos vacacionales, como el verano, representan una oportunidad para revisar los hábitos digitales en familia. Los especialistas recomiendan promover actividades alternativas, establecer momentos libres de dispositivos, revisar conjuntamente la configuración de privacidad y fomentar un uso más creativo y educativo de la tecnología.
Con motivo del Día de las Redes Sociales, Alonso propone tres claves: fomentar la autorregulación del tiempo, el ritmo y los contenidos consumidos, apoyándose si es necesario en aplicaciones de control o filtros parentales; promover actividades de ocio en las que las redes sociales no tengan protagonismo, como el deporte, los campamentos o los encuentros presenciales; y, por último, que los adultos revisen y monitoricen su propio uso de las redes, especialmente cuando están delante de niños y adolescentes, ya que el ejemplo sigue siendo la herramienta educativa más poderosa.
Por su parte, Suárez sostiene que estas plataformas no son intrínsecamente positivas ni negativas; su impacto depende tanto del uso que hagan las personas como de las condiciones de seguridad y responsabilidad que establezcan quienes las diseñan y gestionan. Las familias y los educadores deben acompañar y formar a los menores, mientras que las plataformas deben situar la protección de la infancia y la adolescencia por encima de cualquier interés comercial.
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