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Ocio y diversión

Los conciertos se consolidan como una prioridad en el ocio juvenil: «A veces pido que me den la nómina antes»

La música en directo sube el volumen entre el público joven y se vuelve una de las experiencias más valoradas, pese a que «se están pasando con los precios»

Un grupo de jóvenes asistentes al concierto de Bad Gyal en A Coruña, entre ellos David Martínez y Cristofer Fernández.

Un grupo de jóvenes asistentes al concierto de Bad Gyal en A Coruña, entre ellos David Martínez y Cristofer Fernández. / Raquel Rodríguez

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Vigo

Con ilusión, muchas ganas de pasarlo bien y el móvil en la mano para inmortalizar el momento. Así acuden los jóvenes a los conciertos y festivales. Una pasión que cada vez se vuelve más frecuente, especialmente durante el verano, y gana peso en sus prioridades económicas. Porque si algo tienen claro es que la música en directo ya no es solo entretenimiento, sino que se ha convertido en una forma de socializar, construir identidad y vivir experiencias compartidas.

La temporada estival vuelve a llenar Galicia de escenarios y colas virtuales para conseguir las entradas. Festivales como O Son do Camiño, BigSound, Costa Feira o PortAmérica consolidan una oferta musical que no deja de crecer y que no pasa desapercibida ante la mayoría de los jóvenes (ni para los que no lo son tanto). El Anuario de Estadísticas Culturales 2025 del Ministerio de Cultura refleja esta tendencia. Más del 32% de la población española asistió en 2024 a conciertos de música actual. La recaudación en conciertos y macrofestivales alcanzó los 719 millones de euros a nivel nacional. Solo en Galicia, se celebraron 4.540 eventos musicales de este tipo.

La asistencia se dispara especialmente entre los más jóvenes. En 2025, el 54,1% de las personas de entre 20 y 24 años acudió a conciertos, porcentaje que se sitúa en el 46,9% entre los de 25 y 34 años. Los acontecimientos musicales se han convertido en la banda sonora del ocio para muchos de ellos.

Fans de Bad Gyal en su concierto en el Coliseum de A Coruña.

Fans de Bad Gyal en su concierto en el Coliseum de A Coruña. / Raquel Rodríguez

«Desde la Asociación de Promotores Musicales (APM) creemos que la música en vivo se ha convertido en una de las grandes prioridades de ocio para los jóvenes, especialmente para la Generación Z», valora la directora de comunicación Carol Rodríguez. Los datos del último Observatorio de Música en Vivo elaborado por Ticketmaster así lo confirman. «El segmento de compradores de 25 a 34 años ya representa el 22% del público y es uno de los que más crece», asegura Rodríguez. Además, la satisfacción media roza el sobresaliente: un 8,7 sobre 10.

Sentimiento de pertenencia

¿Por qué ocurre esto? El profesor de Sociología de la Universidade de Vigo José Durán encuentra la explicación en los cambios de prioridades generacionales. «Si vemos esto desde la perspectiva de otras generaciones, diríamos que no se entiende cómo los jóvenes, que últimamente tienen más bien una economía precaria, destinan lo poco que tienen a los conciertos», señala. Sin embargo, argumenta que «ellos no priorizan tanto la familia o el trabajo, sino que les hace falta las relaciones con sus iguales y la diversión forma parte del reconocimiento».

En definitiva, los conciertos funcionan como espacios de pertenencia. «Es un sentimiento de integración o exclusión», resume el sociólogo. «Ellos entienden que si no están en esos escenarios del ocio, no están integrados socialmente, no tienen identidad». Esa necesidad explica hasta qué punto algunos están dispuestos a hacer sacrificios económicos. «Una vez dejé de comer como dos semanas para pagar la entrada», relata Pablo Rodríguez, de 22 años. «A veces —añade— pido una ayuda al Gobierno, algún bono o que me den la nómina antes».

Muchos recurren a sus ahorros, como Alexia Castro, Erena López o Clyo Herman, de 25, 26 y 24 años, respectivamente. «Lo gestiono como sea que para eso trabajo», comentaba la última a la espera de que comenzara el concierto de Bad Gyal en el Coliseum de A Coruña. Otros, como María Plaza, de 21 años, claman a sus padres para poder asistir a los conciertos. El Bono Cultural Joven también facilita el acceso a estos eventos. Los españoles que cumplen la mayoría de edad en el año de la convocatoria disponen de 400 euros para consumo cultural, de los que hasta 200 pueden destinarse a música en directo.

Un grupo de amigas a la espera para poder entrar al concierto.

Un grupo de amigas a la espera para poder entrar al concierto. / Raquel Rodríguez

Un viaje por la música

Los gastos no se limitan a la entrada. Muchos jóvenes se desplazan a otras ciudades para ver en directo a sus artistas favoritos. La estancia, el transporte y las dietas incrementan notablemente el coste final. «Al último festival al que fui con mi mejor amigo fue en Madrid. Teniendo en cuenta todos los gastos, igual no nos llegaron 500 euros», cuenta Kelly Rodríguez, de 24 años.

La influencia de la música en vivo va incluso más allá. Algunos jóvenes organizan interrailes por Europa teniendo en cuenta las fechas de las giras internacionales para asistir a los espectáculos durante el recorrido. «Todo esto confirma que estamos ante un sector con un impacto cultural, social y económico cada vez más relevante», concluye Rodríguez.

Y es que «cada vez más jóvenes priorizan gastar en experiencias en vivo frente a otros bienes de consumo», tal y como afirma Carol Rodríguez. Un comportamiento que «está marcando muchas de las tendencias actuales» en el sector, dando lugar a una «generación completamente digitalizada». El móvil se consolida como la principal vía de compra, utilizada por el 73% de los clientes —un 11% más que en el año anterior—, y las redes sociales son el principal medio para descubrir los conciertos y festivales. «Lo vemos en fenómenos como el aumento de las compras en el mismo momento de salida a la venta —que ya alcanza al 62%— o el crecimiento del pago a plazos, que se ha disparado un 200% interanual», proclama Rodríguez.

Impacto de las redes sociales

Según refleja el estudio de Ticketmaster, las ventas directas desde redes sociales se han multiplicado por siete en solo un año. Todos los entrevistados por FARO admiten que la publicidad en estas plataformas aumenta su «FOMO» —miedo a perderse algo—. «Me llama a la atención mucho la publicidad cuando la veo, por eso va uno a los sitios», argumenta Cristofer Fernández, de 21 años. Su amigo, Manuel De Arriba, de 24, confiesa que «yo las paso para no verlas».

El sociólogo considera que esta publicidad funciona precisamente porque conecta con una necesidad previa. «Tiene sentido para unas personas que ya buscan la integración a través de ese contexto. No es que permanezcan ajenos a esa realidad, sino que quieren participar en esos ámbitos para sentirse parte de otros que, como ellos, quieren estar allí». En definitiva, la publicidad digital «reclama algo que para ellos ya tiene mucho sentido».

Andrea Casabalanca, María Plaza, Clyo Herman y Pablo Rodríguez.

Andrea Casabalanca, María Plaza, Clyo Herman y Pablo Rodríguez. / Raquel Rodríguez

El género urbano se consolida entre los asistentes y el interés por los ritmos latinos sigue creciendo. «A mí me gusta todo lo que sea moderneo», resume entre risas Clyo Herman. Ella suele acudir a unos tres conciertos al año, una cifra similar a la del resto de jóvenes entrevistados. Erena López asegura que en su grupo «gusta toda la música: reguetón, indie…». Una idea que refuerzan María Plaza y Andrea Casablanca: «Nosotras vamos a lo que haya», señalan, dejando claro que, a veces, el cartel importa menos que el propio plan.

Otros sí tienen preferencias más concretas, como Alexia Castro, que apuesta por el pop. Cambian los estilos, pero el estribillo se repite: todos coinciden en que los conciertos son una experiencia compartida y «el momento de estar viviendo la experiencia con amigos» hace que el gasto merezca la pena, tal y como expresa David Martínez, de 25 años. «Por ir a un concierto muy fuerte sacrificaría a mi pareja, sin miedo al éxito», bromea (o no tanto) Martínez. Él suele ir a unos «diez o veinte» conciertos al año porque la música que le gusta «es de personas baratas».

El precio de la cultura

Sin embargo, el entusiasmo choca cada vez más con el precio. Varios reconocen estar dispuestos a gastar alrededor de 100 euros como máximo, «aunque depende de quién sea el concierto y o de lo que traiga», pero las críticas son frecuentes. «Se están pasando últimamente con los precios, siempre tiene que haber algo que se pueda permitir todo el mundo», lamenta Nerea Mayo, de 25 años. David Martínez pone como ejemplo las entradas de artistas internacionales: «Antes ver a Shakira eran 40 euros». Ahora, una entrada normal en pista cuesta 167 euros para su show de Madrid. «No son cirujanos», alega Alexia Castro.

«Lo excesivo son los gastos de gestión. Lo estoy gestionando yo, como para que me cobres el 10%», subraya Manuel De Arriba. A pesar del encarecimiento, la música sigue ganándole el pulso a la cartera y marcando el compás del gasto juvenil. Clyo Herman narra que la entrada más cara que adquirió le costó «250 euros en el Rollyng Loud, que hay varios artistas americanos».

Jóvenes con camisetas del videoclip de 'Angelito', de Bad Gyal, a la espera para entrar a su concierto.

Jóvenes con camisetas del videoclip de 'Angelito', de Bad Gyal, a la espera para entrar a su concierto. / Raquel Rodríguez

Un buen concierto va de la mano de un buen outfit. Una tendencia que va en aumento es preparar un look específico para ir a ver en directo a los cantantes. En los festivales, son comunes las camisas floreadas y los tonos vivos. En los conciertos individuales, son frecuentes los atuendos inspirados en la estética del artista o incluso en la vestimenta de sus videoclips. «Así como compramos la entrada, ya nos ponemos a pensar cómo vamos a ir vestidos», confiesa Ángela Pomares. Todo ello contribuye a convertir la cita musical en una experiencia más inmersiva, con el objetivo de crear buenos recuerdos y disfrutar al máximo del espectáculo.

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