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Entrevista | María Oruña Escritora

«El mercado negro del arte mueve mucho dinero y tapa otros tráficos ilícitos, como el de drogas y el de personas»

Su nueva novela, La cámara de las maravillas, es un thriller psicológico ambientado en Madrid que plantea un debate sobre qué es el arte y sobre el origen, legítimo o no, de muchas obras que se exhiben en los museos

María Oruña presenta su nuevo libro, «La cámara de las maravillas»

Alba Villar

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Vigo

A María Oruña (Vigo, 1976) le gusta construir misterios imposibles y jugar al despiste con el lector, al que tienta con pistas que le hacen sospechar de todos y de todo para, después, dar un giro radical a la trama y desmontar todas sus certezas. En su nuevo «thriller», La cámara de las maravillas (Plaza & Janés), la escritora viguesa y colaboradora de FARO se adentra en el mercado negro del arte, la cara más desconocida y lucrativa del mundo artístico, y plantea al lector cuestiones como: ¿puede algo ser legal y, aun así, no ser legítimo?, ¿quién decide si una pieza valiosa que ha cambiado de pertenencia se devuelve o se queda? La cámara de las maravillas, que sale a la venta el martes día 2 de junio y que su autora presentará ese mismo día (19,30 horas) en el Palacio de la Oliva en Vigo, tiene como epicentro el Palacio Dorado, un espacio ficticio inspirado en el Palacio de Linares de Madrid. En este espectacular enclave, la familia Mendoza ha reunido a la élite del mundo del arte para inaugurar Pentimento, un peculiar museo que muestra reproducciones de obras de arte en el contexto donde se exhibieron por primera vez. La velada, sin embargo, acaba con un asesinato, el del intruso que ha accedido a la cámara de las maravillas, donde los Mendoza guardan los más fascinantes tesoros. Todas las miradas se dirigen entonces hacia uno de los invitados, Dimas Chevalier, el ladrón de guante blanco más conocido de Europa, que asegura que se ha reformado por completo. Para limpiar su nombre, Chevalier tendrá que colaborar con Amanda Mendoza, la hija del empresario y coleccionista, para descubrir quién ha profanado la cámara de las maravillas.

-La cámara de las maravillas es una novela que tiene como ejes el arte y su mercado negro. ¿Hay alguna noticia o descubrimienrto que detonara la trama?

-No realmente. Todo lo que se expone hoy en museos, no solamente en colecciones particulares privadas, plantea una pregunta: ¿es legítimo o no que se exponga en estos museos? Hay casos muy conocidos, como el Museo Británico o el expolio que realizó José Bonaparte en España. Al final, es un viaje de dos caminos: cómo expolian unos y otros, y cómo justifican tener determinados bienes dentro de su patrimonio cultural. Pasa con el busto de Nefertiti, que está en Berlín, por ejemplo. En la novela hay muchos ejemplos claros y los personajes también discuten intensamente sobre si es legítima o no esta herencia colonial, y qué se expone hoy en los museos y con qué criterios. El propio lector decidirá, con todos los datos que se ofrecen, cuál es su postura, porque no hay una moralina en la novela.

«El ser humano codicia la belleza y se queda un poco atónito ante ella»

-¿Qué le interesa despertar en el lector entonces? ¿Intriga, preguntas, inquietudes sobre esta parte del mundo del arte tan desconocida?

-El libro es un «thriller» psicológico y un juego de apariencias que está lleno de giros. Es una novela de intriga, de diversión y entretenimiento, pero también quiero mostrar otra cara del mundo del arte, incluso para quien no tiene especial interés ni en cuadros ni en esculturas. Quiero mostrar ese lado más mágico y oscuro de ese mundo y que realmente sí vale la pena interesarse por él. El objetivo es generar un poco este debate sobre qué es el arte, por qué vale lo que vale y si la gente de a pie puede llegar a valorar eso o si realmente lo que valora es poder pagar su hipoteca a fin de mes y el arte es en sí un invento o no. La novela ofrece el punto de vista de la gente de la calle y el de las élites y el mercado negro, que existe y mueve muchísimo dinero. También reflexiona sobre el valor que damos a la belleza, no solamente a la que crea la naturaleza, que es la más imponente de todas —esas cascadas, esos acantilados, los paisajes—, sino también a aquello que el ser humano crea y logra que sea atemporal, que traspasa el tiempo y el espacio y hace que te detengas cuando lo ves. Yo lo he comprobado. Sin saber mucho de arte, vas a determinados museos, al Thyssen o al Reina Sofía en Madrid, y casi todo el mundo se para ante las mismas obras ante las mismas obras.

- ¿Detrás de este interés está únicamente la belleza de la obra y su valor o también hay algo de marketing detrás?

-Yo creo que no. Yo creo que el ser humano codicia la belleza y se queda un poco atónito ante ella, ante cómo una mano humana puede crear algo que transmita y emocione pasados incluso los siglos. La belleza puede estar en lo grotesco, en lo bélico o en el horror. No me refiero solamente a una belleza romántica, sino a la belleza de lo único, de lo singular, de la originalidad. A veces hay una verdad humana que se transmite y que es atemporal. Eso es lo que recogen las grandes obras, ese carisma que no puede crear la inteligencia artificial. Y eso es lo que traspasa el tiempo.

-¿Aún ahora, cuando parece que la IA puede imitar al ser humano incluso en su faceta más creativa?

-Sí, y también creo que aquí hay un vacío legal que debería ser cubierto de forma inmediata y muy radical por las instituciones a nivel legislativo, porque la IA lo está acaparándolo todo. Yo misma he visto noticias y libros míos creados por la IA, portadas, ilustradores… Sin embargo, no es lo mismo que me hagas tú la entrevista a que me haga unas preguntas una IA muy bien formuladas, con sujeto, verbo y predicado, y que yo conteste. Tampoco es lo mismo que conteste yo o que lo haga un ordenador dando respuestas tipo mías. Creo que es necesario preservar eso y que además tiene otro valor. Más allá de la perfección, la belleza del ser humano también está en la imperfección, en que seamos capaces de inventarnos expresiones y de equivocarnos también.

Vigo, Alameda. María Oruña, que presenta su nueva novela "Las cámaras de las maravillas"

María Oruña, en La Alameda de Vigo. / Alba Villar

-Como escritora, ¿le preocupa la irrumpción de la IA?

-A mí no me preocupa ni me asusta en relación con mi trabajo. Sé que una IA jamás va a crear una historia como yo la crearía, porque todas las personas somos hijas de un contexto. Mi contexto personal, las vivencias que yo he tenido, dónde me he criado, las cosas que veo y los lugares a los que viajo son imposibles de replicar por una IA. Sin embargo, sí me preocupa que las nuevas generaciones ya la estén utilizando de manera normal y habitual para hacer trabajos o buscar información, sin preocuparse de la fuente, de si es fidedigna o no y, sobre todo, de si lo que encuentran generado por IA tiene directrices políticas e ideológicas. Entonces, por favor, sigamos buscando fuentes más o menos fidedignas, sabiendo que todas las fuentes son parciales. Todo lo que encontremos de Isabel la Católica, por ejemplo, ya habrá sido maquillado por sus asesores en su día, pero, por favor, seamos serios.

-Hablando de fuentes, ¿cómo se ha documentado para esta novela?

-Lo cuento en los agradecimientos. Me he documentado visitando museos de toda Europa y preguntando a sus responsables. Además, he contado con el asesoramiento de la Brigada de Patrimonio Histórico, que he visitado en Madrid. Son menos de veinte personas trabajando allí, pero hacen un trabajo extraordinario. Lo digo porque, si comparamos con Italia, allí son trescientas personas. Para que veamos la diferencia. Hablar con ellos ha sido interesantísimo, sobre todo con la inspectora jefe, Monserrat de Pedro, que se ha mostrado superdispuesta y colaborativa. Además, me señaló algo muy significativo: «Es que nunca nadie nos pregunta». Claro, es un cuerpo muy desconocido y hacen un trabajo para mí muy importante.

-El mercado negro del arte es muy desconocido para la gente en general, a pesar de su importante impacto.

-Sí, y mueve muchísimo dinero. Después del tráfico de drogas, de armas y de trata de personas, es lo que más dinero mueve a nivel mundial. Y, sobre todo, tapa otro tipo de tráfico ilícito, como el de drogas y de personas. Las mafias a veces utilizan el arte como garantía. En España preocupa especialmente el patrimonio religioso, porque tenemos verdaderas joyas en iglesias y aldeas que no valoramos en absoluto. Estoy hablando de obras de arte románico, verdaderas joyas, que están sin vigilancia y que muchas veces acaban en vitrinas en Centroeuropa o Estados Unidos. También preocupa mucho cuando alguien hace excavaciones en España, encuentra cosas y no las declara. A veces de pronto aparecen materiales romanos de determinada época en el mercado y enseguida sospechan que alguien ha estado excavando para hacerse una piscina y encontró algo que se calló. Ese tipo de cosas es muy importante declararlas, no porque te las vayan a quitar, sino por dar un contexto. Una vez que quitas algo de donde estaba y eliminas su origen, estás eliminando parte de la historia.

«Todas las novelas tienen un poco la obligación de mover el pensamiento crítico»

-¿El coleccionismo privado priva al público de contemplar obras de arte que son patrimonio común?

-No solamente se trata de contemplarlo, sino de adecuarlo a su contexto para entender de dónde venimos. Por eso la novela comienza con una gran fiesta en la que se inaugura un museo muy particular llamado Pentimento. Los «pentimenti» son como los arrepentimientos de los pintores mientras hacían una obra y que hoy podemos descubrir mediante radiografías. El museo se llama así simbólicamente para mostrar la imperfección del ser humano y cómo nos vamos corrigiendo todo el rato. Dentro de ese museo podemos ver el contexto para el que fueron creados determinados cuadros, estatuas y otras obras. No es lo mismo un cuadro creado para estar en un monasterio oscuro iluminado solo por velas que verlo ahora con luces eléctricas y en un espacio para el que no fue concebido. La ambientación, la sensación y la emoción cambian completamente. Se me ocurrió inventarme este tipo de museo para que las personas vieran el verdadero viaje que supone el arte.

-¿Por qué elige Madrid para ambientar esta novela?

-Buscaba una ambientación en la que fuese viable que hubiera un mercado de élite y gente vinculada al mundo del arte. También pensé en París y Londres, pero quería situarla en España y elegí Madrid. El Palacio Dorado está inspirado en el Palacio de Linares.

-¿Cómo es Amanda Mendoza, la protagonista, y su familia y qué relación mantienen con el arte?

-Son coleccionistas, marchantes, tienen galerías y además promueven el mundo cultural. También tienen una fundación, Epistemes, con fines oncológicos para ayudar a la gente. Además, crean Pentimento, un museo que quiere acercar el arte a la gente de a pie ofreciendo las obras dentro de su contexto. Si un cuadro fue creado para una iglesia o un monasterio iluminado por velas en época románica, recrean esa habitación para que los visitantes puedan sentir lo que sentía la gente al ver esas obras y no simplemente contemplarlas en una sala convencional. Amanda no confía en Dimas Chevalier, a quien observa con recelo desde que comienza la fiesta.

-¿Hasta qué punto esta familia siente pasión u obsesión por el arte?

-Quien más obsesionado está con el arte es el patriarca de la familia, Magnus Mendoza, un hombre con una presencia muy rotunda, que codicia la belleza, la admira y cree que forma parte del conocimiento. Todas las piezas que tienen en la cámara de las maravillas —obras, esculturas, libros descatalogados y toda clase de singularidades del mundo— las reúne él. También es quien pauta la vida de la familia Mendoza, tanto de su hija Amanda como de su hijo Elio, que trabajan con él en las galerías y en todo el negocio.

-El coprotagonista es Dimas Chevalier, un antiguo ladrón de guante blanco. ¿Están idealizados los ladrones de arte?

-Yo creo que sí. Tienen un toque romántico, porque no son criminales al uso. Por ejemplo, Dimas Chevalier es conocido porque jamás ha utilizado la violencia, nunca nadie lo ve entrar ni salir y como mucho utiliza una ganzúa para acceder a las casas. Eso hace que sea un criminal amable, un delincuente simpático. En ese sentido genera simpatía en el gran público, aunque sigue siendo un delincuente. Pero esa elegancia, ese ingenio y, sobre todo, esa inteligencia para que no lo atrapen despiertan mucha curiosidad. Él ha pasado tres años en la cárcel. Lo atrapan no porque haya sido torpe, sino porque en una de sus huidas pone en peligro a un perro. Vuelve atrás para salvarlo y por eso termina cumpliendo condena. Ahora es coleccionista y tiene una sociedad dedicada a verificar la autenticidad de las obras y sistemas de seguridad para evitar robos. También emiten certificados de autenticidad. Tiene socios, vive en un palacete en Londres y realmente no necesita robar. Otra cosa es que el lector tenga que decidir si esa chispa sigue dentro de él y si realmente sigue siendo un ladrón. O no.

«La belleza del ser humano también está en la imperfección»

-Su situación, bajo sospecha, recuerda a la de John Robie, el Gato, de Atrapa a un ladrón. ¿Esto es deliberado?

-Sí, hay un guiño no a la película, sino a la novela homónima de David Dodge, en la que un ladrón, ya retirado, tiene que defenderse tras producirse un robo. Hay un guiño a ese tipo de ladrón aparentemente reformado. Nada más empezar la novela, Dimas Chevalier le dice a Amanda Mendoza que se ha reformado y ella le contesta: «Una reforma no es una regeneración. La esencia se mantiene». Ella cree que siempre será un ladrón y él lo niega. Ahí ya empieza un juego con el lector, que se pregunta si realmente seguirá siendo un ladrón o no.

-¿La literatura puede contribuir a concienciar sobre el valor de nuestro patrimonio cultural?

-Sí, y también puede abrir debates, como decía antes. Creo que todas las novelas tienen un poco la obligación de mover el pensamiento crítico. Lo que antes comentábamos de la impunidad colonial. ¿Existe o no? Lo que debaten los personajes puede resultar interesante y hacer que el lector se pregunte cosas que quizá nunca había considerado. Creo que es importante que, además de la capa de entretenimiento y diversión, haya otra capa debajo que haga que el lector se haga preguntas y saque sus propias conclusiones. Yo nunca doy conclusiones ni moralinas, pero sí me gusta abrir debate.

-¿Todo es teatro como se llega a afirmar en la novela?

-Sí, todo es un juego de apariencias. En la fiesta vemos grandes invitados, marchantes, coleccionistas y actores. Pero muchas veces lo que se codicia no es el dinero, sino el estatus. Es llegar a un restaurante y que te den la mejor mesa o que te saluden de forma reverencial. No todo es dinero. Lo que realmente se codicia es el poder. También vemos gente de a pie, anticuarios, restauradores y profesionales del mundo del arte que lo que quieren es reconocimiento, que se valore su trabajo.

-¿El arte también es una cuestión de estatus?

-Claro. No solo por el valor económico de las obras, sino porque te otorgan prestigio social. Es como decir: «No colecciono tractores, colecciono estas obras de arte que mañana valdrán más». También se valora muchísimo la inteligencia del inversor y de los marchantes que apuestan por determinados autores. Hoy es muy difícil encontrar clásicos en subastas. Son piezas muy codiciadas y no se mueven tanto. Cuando aparece algo antiguo en una subasta, todos van detrás como buitres. Es más fácil encontrar autores nuevos, pero probablemente el ochenta por ciento de esos nuevos creadores acabará olvidado. Entonces también se valora quién supo apostar correctamente.

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