Libro de divulgación
Roma, un imperio con una gran vis cómica
A través de grafitis, chistes y textos literarios de la antigua Roma, el catedrático de Latín Fernando Lillo muestra en Un imperio de risas cómo tanto la plebe como las élites disfrutaban de un humor mordaz, irreverente y a menudo crítico con el poder y la sociedad de su tiempo

Fernando Lillo, vestido de romano. / FdV
La imagen más extendida de la antigua Roma es la de una civilización marcada por las guerras, las intrigas políticas y los espectáculos sangrientos. Sin embargo, los romanos también eran un pueblo con mucha vis cómica. Les gustaban contar chistes en la taberna, en las termas, en las sobremesas de los banquetes; escribir gracias en las paredes, y gastar bromas. En Un imperio de risas. Bromas y chistes de la antigua Roma (Editorial Rhemata), Fernando Lillo, doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y catedrático de Latín en el IES Santo Tomé de Freixeiro de Vigo, descubre cómo el ingenio, la burla y la ironía formaban parte esencial de la cultura romana.
«Conocer el humor de una civilización nos ayuda a entender cómo pensaba y cómo vivía esa sociedad», afirma el profesor y divulgador histórico, colaborador de publicaciones como Historia Nacional Geographic.
Lillo presentará esta obra el jueves 28 (19.00 horas) en Casa del Libro, en un acto, en el que estará acompañado por Ricardo Soto Caride, presidente de Falcata. Lillo contará algunos de los chistes que recopila en este nuevo libro y que abordan distintos temas, desde los médicos incompetentes a la crítica a los dirigentes políticos.
Pero, ¿de qué se reían los romanos?, ¿tenían el mismo sentido del humor que nosotros?, ¿el pueblo y las élites hacían chistes sobre los mismos temas?, ¿qué papel jugaba la risa en la política, la justicia y vida social?, ¿el humor podía ser también una herramienta de crítica?, ¿en que espacios se contaban los chistes? A través de una recopilación de grafitis, epitafios, chistes, anécdotas históricas, adivinanzas y textos literarios, Lillo revela que a los romanos les gustaba reían de todo, incluso de sí mismos, y que cultivaban un humor mordaz, incisivo y, en muchos casos, sorprendentemente actual, en los contextos más diversos.
«Somos bastante romanos en nuestra manera de reírnos, porque muchos de los chistes que se contaban entonces todavía funcionan, aunque también hay otros que hoy no nos hacen tanta gracia, porque el humor cambia con cada época. Por ejemplo, los romanos tenían muchos chistes misóginos y homófobos, algo que hoy no está tan aceptado. Y luego hay chistes que directamente no entendemos, porque pertenecen a un contexto muy concreto de su tiempo», explica.
«Conocer el humor de una civilización nos ayuda a entender cómo pensaba y cómo vivía esa sociedad»
El catedrático de Latín explica que las tres principales fuentes que nos han transmitido el humor de los romanos son los grafitis; las obras y biografías históricas, como las de Suetonio o Tácito; y el Filógelos (Amante de la risa), considerado el primer libro de humor de la Antigüedad.
Como hoy, los romanos escribían bromas en las paredes. Unas tenían el único propósito de para hacer reír a quien pasara después por allí, como la frase hallada en una letrina y que recoge Lillo en este libro: «Cagué y no me limpié el culo». Pero en Pompeya, también han aparecido pintadas humorísticas de carácter político: mensajes que apoyaban o ridiculizaban a determinados candidatos, así como críticas dirigidas a los emperadores, siempre desde el anonimato.
El Filógelos es otra fuente invaluable que ha permitido preservar hasta nuestros días el humor de los romanos. Se trata de una obra datada del siglo IV o V después de Cristo escrita en griego que recopila unos 265 chistes. «Contiene chistes con personajes de toda clase —el intelectual listillo que no se entera de nada, los tontos de la época…— y todo tipo de profesiones —barberos, adivinos, profesores, médicos...—. Nosotros tenemos los chistes de Lepe; ellos tenían los de Sidón, Cumas o Abdera. Incluso había personajes comparables a nuestro Jaimito. Uno de ellos era Marco. Un chiste decía: 'Marco era tan perezoso que lo metieron en la cárcel y, como le daba pereza salir, confesó el crimen'», comenta.
Según Lillo, para el romano de a pie, el humor era una forma de sobrellevar una vida dura. Sin embargo, los textos históricos constatan que los chistes y las burlas no son un fenómeno exclusivo de la plebe, sino que también personajes como Cicerón y Julio César tenían sentido del humor. «Cicerón, una figura pública que nos parece tan seria, también hacía bromas. Por ejemplo, de su yerno, que era muy bajito, decía: '¿Quién ha atado a mi yerno a una espada?'», comenta.
Por su parte, el emperador Heliogábalo disfrutaba con las bromas, algunas, bastante pesadas. «Encerraba a sus amigos en una habitación y soltaba fieras salvajes. Eso sí, les limaba las garras para que no pudieran hacer daño. Aun así, algunos casi morían del susto», expone el autor de Un imperio de risas.

La portada, de Aitana López Madrid, es un guiño a la película «La vida de Brian» de los Monty Python. / FdV
En la antigua Roma incluso había profesionales del humor, bufones que, como en la Edad Media, vivían de hacer reír e iban de banquete en banquete ofreciendo chistes y ocurrencias a cambio de comida o unas monedas. Las mujeres también contaban chistes, aunque Lillo reconoce que se han conservado pocos ejemplos del humor femenino.
La portada de Un imperio de risas es de Aitana López Madrid (Instagram @aitaniii_11) y es un guiño a la escena de la famosa película La vida de Brian, de los Monty Phyton, en la que un soldado romano pilla a un rebelde de Judea pintando la pared la frase mal redactada: «Romanes eunt domus» y le hace repetirla bien un montón de veces: «Romani ite domum» (Romanos, idos a casa).
Lillo ha escrito numerosos libros de investigación, didácticos y de divulgación, entre los que se encuentran Roma en la pantalla (2010), Hotel Roma. Turismo en el Imperio romano (2022), El Coliseo. Historias de sangre y arena (2024). Su obra se centra especialmente en mostrar aquellos aspectos del Imperio romano que rara vez aparecen en los libros de historia.
«En Un imperio de risas quería mostrar que Roma no solo fue guerras y conquistas, sino una sociedad que también tenía sentido del humor. Creo que el lector va a descubrir una Roma más cercana y humana, capaz de sorprenderle», afirma.
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