Patrimonio cultural
Antonio Palacios, el genio detrás del primer metro de Madrid y su icónico rombo rojo
El arquitecto gallego creó la primera línea del suburbano madrileño, superando la reticencia social a viajar bajo tierra con acabados luminosos y azulejos blancos biselados

Pasillo de acceso a uno de los andenes de la estación de Chamberí. / A. de Santos
Hoy, el metro es uno de los medios de transporte urbano colectivos más populares, pero hace cien años, cuando se inauguró la primera línea del suburbano del país, viajar bajo tierra resultaba una idea inconcebible para la mayoría del público. El artífice del primer metro de Madrid, –la línea 1, ocho estaciones que unían Sol con Cuatro Caminos–, fue el arquitecto y urbanista Antonio Palacios (Porriño, 1874-Madrid, 1945), que llevó a cabo esta obra en una época en la que este sistema de transporte era prácticamente desconocido.
Convertida en un icono por su estética modernista y sus detallados paneles publicitarios en azulejos, la estación de Chamberí, que opera como museo desde su reapertura en 2008, permite conocer el importante legado del arquitecto gallego en el subsuelo. La «Estación fantasma», como es conocida popularmente, conserva, entre otros elementos originales, el alicatado, el mobiliario de las taquillas, los tornos de control, la azulejería decorativa, la señalética y los anuncios publicitarios.
Palacios dejó una huella imborrable en el metro de Madrid. Su aportación al suburbano no se limita al trazado y diseño de las primeras estaciones del ferrocarril subterráneo, los tótems y los templetes, sino que también incluye su logotipo, el icónico rombo rojo, con detalles en azul y blanco, que apenas ha sufrido modificaciones desde 1921 y que se ha convertido en una de las principales señas de identidad de Madrid. Para su diseño, se inspiró en el del metro de Londres, cambiando el círculo rojo londinense por un rombo azul.
Uno de los grandes retos a los que se enfrentó Palacios a la hora de acometer el proyecto del metro fue superar la reticencia hacia el transporte subterráneo. Para vencer la claustrofobia que generaba viajar a través del subsuelo, apostó por acabados brillantes, coloristas y luminosos en los espacios de uso de los viajeros, como vestíbulos, túneles de paso y andenes, mediante el uso extensivo de azulejos blancos biselados. Estos, al reflejar la luz eléctrica, contribuían a generar un ambiente cálido y acogedor.
Para reforzar esta atmósfera, diseñó accesos más amables, inspirados en modelos del subterráneo de París de la época, como largas escaleras que permitían la entrada de luz natural y que evitaban la sensación de entrar en una mina o una cueva. Además, incorporó elementos decorativos como azulejos, influido tanto por la tradición española como por referentes internacionales como el metro de Nueva York. Palacios defendía que en una ciudad como Madrid, fundada por los árabes, podía aprovecharse esa herencia histórica para integrar elementos como los azulejos esmaltados, combinando tradición y modernidad.
Todos estos elementos aportaban luminosidad y familiaridad, asemejando el entorno subterráneo a espacios cotidianos como cocinas y baños. La aportación del arquitecto porriñés no solo fue estética, sino también psicológica.
La bóveda de la antigua estación de Chamberí es la de un arco elíptico de catorce metros de luz interior, que cubre la doble vía central y los dos andenes laterales de 60 metros de longitud, preparados para trenes compuestos por cinco coches de doce metros y con capacidad para 400 pasajeros.
El diseño de la estación también tenía en cuenta a una población con altos niveles de anafabetismo. Por ello, la señalética era sencilla y clara: fondo claro, letras mayúsculas y buena vivibilidad. La organización del espacio, con taquillas centrales y personal orientado a los viajeros, pretendía facilitar el uso del servicio desde el primer momento.
De directriz curva y con pendiente, la estación de Chamberí estuvo en servicio desde su inauguración, el 17 de octubre de 1919, hasta el 22 de mayo de 1966, cuando fue sellada por no poder adaptarse a los nuevos trenes. Debido a su curbatura ycercanía a las estaciones de Bilbao e Iglesia, entre las que se encuentra, resultaba imposible ampliar sus andenes.
Hoy, la estación de Chamberí es un reflejo fugaz para los viajeros de la línea 1, pero puede visitarse de forma gratuitasolicitanto cita previa en la web Museos de Metro.
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