Club FARO
Álvarez: «Tenemos que desenterrar la idea de que vales lo que produces»
«¿Por qué trabajar las mismas horas que hace cien años si tenemos tecnología que nos ayuda?», se cuestionó la autora de «Hijos del optimismo», un ensayo para volver a confiar en el futuro

De izquierda a derecha, María Álvarez y Belén Varela, durante la charla celebrada en la Galería 3 del MARCO. / José Lores
«Tenemos que aprender a ‘destrabajar’ y avanzar hacia el pleno desempleo natural para que podamos jugar. La gente que hoy por hoy está aportando realmente algo a la sociedad son los que están experimentando, que es lo mismo que jugar». Así lo aseguró María Álvarez, empresaria y activista, que presentó en el Club FARO «Hijos del optimismo. Cómo una generación acabó con el sueño industrial e inauguró el mundo de la abundancia» (Debate), un libro que la autora reivindica como una herramienta para ayudar a comprender y a vivir en este tercer milenio, y recuperar la confianza en el futuro.
«Vivimos un momento muy pesimista, pero no tiene que ver con que nos vaya mal porque antes las cosas eran más duras, sino con que nos sentimos incapaces de enfrentarnos a lo que nos viene porque nadie nos ha explicado la realidad y muchos se alimentan de los mensajes del miedo», afirmó la empresaria.
Como empresaria, Álvarez ha impulsado proyectos pioneros que plantean nuevas formas de organizar el trabajo, la cultura y la vida en comunidad. Una de ellas es la implantación de la semana laboral de cuatro días de la que tanto se habla últimamente.
«¿Por qué trabajar las mismas horas que hace cien años si tenemos tecnología que nos ayuda? Porque se mantiene la exigencia social de estar ocupado. Estamos en la oficina hasta las siete porque si salimos antes, pensamos que no valemos», aseguró.
En su opinión, el problema radica en que no hemos sabido adaptarnos ni al proceso de desindustrialización ni a los cambios derivados del vertiginoso avance tecnológico, un fenómeno sin precedentes en la historia de la humanidad.
Paralelamente, se sigue invirtiendo el mismo tiempo en aprender en un momento en el que la necesidad de conocimiento es cada vez mayor.
Para Álvarez, es fundamental diferenciar entre la productividad de un país o de una empresa de la productividad personal. «Hay que desenterrar la idea de que una persona vale lo que produce y sacar el trabajo del centro de nuestra vida», insistió.

María Álvarez, durante la conferencia. / José Lores
«Hay que poner a la IA en su lugar. Va a ser una herramienta muy eficaz, pero no va a ser causa de despidos»
Según Álvarez, ese conflicto entre la productividad de una empresa y la personal nos obliga a autoexigirnos una productividad constante, lo que termina afectando al bienestar individual y se traduce en problemas de ansiedad y en la persistente sensación de no llegar a todo lo que se debería. «Esto termina siendo demoledor porque choca con todas las demás necesidades que tenemos en la vida, que hoy son infinitamente mayores que en los años 30, y en general, las mujeres son las que asumen este sobrecoste que supone trabajar y atender a la familia», comenta.
Durante la conversación mantenida con Belén Varela, experta en Organización y Personas, Álvarez también se refirió al papel de la inteligencia artifical (IA) en el futuro. La autora de «Hijos del optimismo» sostuvo que esta herramienta no supone una amenaza.
«Tenemos que perderle el miedo y ponerla en su lugar. Va a ser una herramienta muy eficaz; ya lo está siendo para realizar muchas tareas, pero no creo que vaya a ser la causa de despidos», aseguró.
Álvarez afirmó que se juega mucho con el discurso del miedo en este tema. Pero la IA tiene también sus riesgos y uno de ellos son las informaciones falsas. «Hay que aprender a encontrar fuentes fiables porque sí que es cierto que circulan informaciones absolutamente falsas», recalcó.
Un milenio lleno de oportunidades
«Hijos del optimismo» está organizado en tres partes: ayer, hoy y mañana. El ensayo recuerda que hasta hace poco, el mundo hervía de optimismo. La economía crecía a toda velocidad y cada generación parecía destinada a vivir mejor que la anterior. Pero a principios de siglo algo se rompió. La economía se estancó, los salarios dejaron de crecer y aquel horizonte comenzó a evaporarse. Los instrumentos en los que habíamos confiado —el esfuerzo, el mérito, el trabajo— dejaron de funcionar y cundió el desconcierto, el miedo y la crispación.
Paradójicamente, el ideal de la sociedad del conocimiento del siglo XX transformó la economía industrial. Para sostenerlo se formó a una generación muy preparada, la primera con millones de universitarios. Estos jóvenes de los años 80 y 90, al llegar a la edad adulta, acabaron impulsando cambios que desestabilizaron el modelo económico anterior.
Pero el futuro no tiene por qué ser de escasez y conflicto, sino que ofrece grandes oportunidades gracias al progreso, que hoy se ha desplazado fuera de la economía tradicional. Para aprovechar esta nueva etapa, los adultos actuales deben superar ideas del pasado y asumir la responsabilidad de construir una auténtica sociedad del conocimiento en el siglo XXI.
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