El hórreo gallego: de granero a símbolo de identidad tras declararlo el Gobierno Patrimonio Cultural Inmaterial
El Gobierno blinda estas construcciones típicas del norte de España para proteger así los oficios, saberes y relatos que giran en torno a estas construcciones
En Galicia, hay 30.000 y son una imagen de marca, junto a pazos y cruceiros

Hórreo gigante del Monasterio de Poio. / Gustavo Santos
El Consejo de Ministros dará el próximo martes un paso de fuerte carga simbólica para Galicia al declarar los hórreos del norte de la península ibérica como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. La medida, según la nota difundida por el Ministerio de Cultura, no se limitará a proteger la construcción en sí, sino también los oficios, saberes, usos y relatos que giran en torno a ella. El propio Gobierno justifica la decisión por el papel de estos graneros elevados como vehículos de identidad colectiva y alerta, además, de riesgos ya visibles: la pérdida de su función tradicional, la desconexión entre generaciones y la homogeneización de unas tipologías que nacieron pegadas a cada territorio.
En Galicia, esa declaración cae sobre un extenso patrimonio. No existe un recuento oficial cerrado, pero Turismo de Galicia sitúa en unos 30.000 los hórreos repartidos por la comunidad, una cifra que se maneja desde hace años como la más aceptada. Dicho de otro modo: Galicia no solo conserva muchos, sino que ha convertido el hórreo en una de sus imágenes de marca, al nivel de los pazos, los cruceiros o los pazos urbanos con soportales.
Si hay nombres propios en ese universo, algunos se han convertido ya en auténticos reclamos turísticos. Carnota sigue siendo uno de los más célebres: el Concello señala que fue construido en 1768 y ampliado en 1783, mientras Turismo de Galicia lo presenta como el gran emblema local y recuerda su condición de Monumento Nacional. En el mismo municipio sobresale el de Lira, levantado entre 1779 y 1814.
En Rianxo, el hórreo de O Araño presume de ser el más largo de Galicia, con 37,05 metros, y el blog oficial de Turismo de Galicia lo sitúa además en mediados del siglo XVII.
En Poio, el hórreo del monasterio de San Xoán no es el más largo, pero sí uno de los más monumentales por anchura: mide 33,46 metros, tiene 51 pies y puede visitarse dentro del conjunto monástico.
Pero el mapa gallego del hórreo no se agota en los gigantes. Combarro, con sus hórreos de piedra frente al mar, forma parte de la postal más reconocible de las Rías Baixas y su casco histórico está protegido como Bien de Interés Cultural desde 1972; la ficha oficial de Turismo de Galicia data sus hórreos en el siglo XVIII.
Más al interior, A Merca reúne 34 hórreos, el conjunto más grande y uno de los mejor conservados de Galicia según Turismo. Y en la montaña lucense, los hórreos de Piornedo añaden al valor etnográfico el de un paisaje casi intacto dentro de una aldea considerada Conjunto Histórico-Artístico. Son, todos ellos, los nombres que más se repiten en las guías, en la promoción institucional y en la memoria visual de cualquiera que piense en la Galicia rural.
Protección autonómica
La protección, de hecho, ya era amplia antes de este reconocimiento estatal. La Ley 5/2016 del patrimonio cultural de Galicia establece en su artículo 92 que son Bien de Interés Cultural los hórreos de los que existan evidencias que permitan confirmar su construcción antes de 1901. Eso significa que una parte muy relevante del parque tradicional gallego cuenta ya, al menos en teoría, con la máxima cobertura patrimonial. A ese paraguas general se añaden declaraciones o reconocimientos concretos, como el hórreo de Covás, en Lalín, inscrito por la Xunta en el registro BIC en 2022 por acreditarse su antigüedad anterior a 1901.
La gran pregunta histórica suele ser de cuándo es «el primer hórreo» gallego. La respuesta exige matiz. Si se habla del antecedente material más antiguo conocido, la referencia hoy es Proendos, en Sober, donde la Xunta consolidó en 2023 el que define como el primer hórreo romano de muros paralelos conocido en el noroeste peninsular. Si, en cambio, se piensa en los grandes hórreos monumentales que han llegado en pie hasta hoy y siguen formando parte del paisaje cotidiano, el salto nos lleva a épocas mucho más recientes: del siglo XVII de O Araño al XVIII de Carnota, Lira, Combarro o Poio. Ahí es donde el hórreo gallego adquiere la silueta que hoy todos reconocen.
Por eso la decisión del Gobierno adelantada ayer tiene una lectura que en Galicia se entiende bien: no se protege solo un granero aéreo, sino una forma de mirar el país. El hórreo fue despensa, secadero, símbolo de estatus, pieza de ingeniería popular y marca del territorio. Hoy, cuando muchos ya no guardan maíz ni centeno, siguen guardando otra cosa: la imagen más nítida de una Galicia que aún se reconoce en piedra, madera, ventilación y memoria
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