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Entrevista | Odile Rodríguez de la Fuente Bióloga y divulgadora científica

Odile Rodríguez de la Fuente: «La crisis ecológica es el síntoma de una profunda crisis existencial humana»

La bióloga y divulgadora científica sostiene que «cada vez más gente entiende que nuestra mejor aliada es la naturaleza, siempre que trabajemos con ella, la entendamos y nos reintegremos en el sistema vivo planetario»

Odile Rodríguez de la Fuente, bióloga y divulgadora científica, en una imagen de archivo durante su visita al Club FARO.

Odile Rodríguez de la Fuente, bióloga y divulgadora científica, en una imagen de archivo durante su visita al Club FARO. / Marta G. Brea

Irene Bascoy

Irene Bascoy

Vigo

Bióloga, divulgadora y heredera de uno de los grandes legados del ecologismo en España, Odile Rodríguez de la Fuente defiende que la crisis ecológica del planeta es también una crisis de identidad y de desconexión del ser humano con la naturaleza. Este miércoles participa en el V Ciclo de Montaña, Medio Ambiente e Cambio Climático Cidade de Vigo, organizado por el Club Peña Trevinca. A las ocho de la tarde, en el Auditorio del Concello, pronunciará una conferencia «El Hombre y La Tierra», en la que reflexionará sobre la necesidad de repensar nuestro modelo de desarrollo socioeconómico y el papel de la biomímesis y la renaturalización como vías para reconstruir nuestro vínculo con la Tierra y salvar el planeta.

—Durante siglos hemos vivido como si el equilibrio del planeta estuviese garantizado. ¿En qué momento dejamos de escuchar las señales de alerta?

—Es difícil señalar un momento exacto, pero probablemente el inicio de esa desconexión se produjo cuando cambió nuestra relación con la naturaleza a través de la domesticación de plantas y animales. Ahí dejamos de sentirnos una parte más del entorno para empezar a ocupar un lugar desde el que queríamos dominarlo y explotarlo en nuestro beneficio. Ese cambio de relación ha ido profundizándose a lo largo de los siglos.

—Usted sitúa el foco en la situación crítica del planeta tras la estabilidad del Holoceno. ¿Estamos ante una crisis ecológica o también ante una crisis de civilización?

—Sin duda, es ambas cosas. Yo diría incluso que la crisis ecológica planetaria es el síntoma de una crisis existencial humana mucho más profunda. Tiene que ver con nuestro sentido de identidad, con nuestra forma de estar en el mundo y con una idea de progreso que nos ha conducido a un callejón sin salida. También estamos sufriendo como especie, porque a medida que nos civilizamos más, vamos perdiendo sentido de pertenencia y de conexión.

—¿Seguimos sin comprender hasta qué punto es un error pensar que estamos fuera de la naturaleza?

—Sí, aunque también creo que ha habido una evolución importante. Hoy hay mucha más conciencia que en tiempos de mi padre, y además esa conciencia ya no está solo en el ámbito de los naturalistas o los biólogos. La vemos en la arquitectura, en el urbanismo, en la gestión del agua, en muchas disciplinas. Cada vez más gente entiende que nuestra mejor aliada es la naturaleza, siempre que trabajemos con ella, la entendamos y nos reintegremos en el sistema vivo planetario.

—Entonces, ¿usted es optimista?

—Yo creo que la esperanza es una de las cosas que nos hace plenamente humanos. Muchas de las características que creíamos exclusivas de nuestra especie han dejado de serlo a la luz de los nuevos descubrimientos. Quizá una de las pocas que nos distingue siga siendo la capacidad de imaginar. Y no hay imaginación sin esperanza. Cuando dejamos de imaginar lo posible porque creemos que ya nada es posible, renunciamos a una parte esencial de nuestra humanidad. Por eso me parece clave no perder nunca esa esperanza.

—Usted sostiene que los avances científicos nos permiten entender mejor el sistema vivo planetario. ¿Qué avances científicos han cambiado de verdad nuestra mirada sobre la naturaleza?

—Uno de los grandes cambios de paradigma llega cuando el ser humano ve la Tierra desde fuera. A partir de 1969, con la llegada a la Luna, y con el desarrollo de los satélites, empezamos a tener una visión unitaria del planeta. Eso nos permitió pasar de una mirada mecanicista, que veía la naturaleza como una máquina, a otra que entiende que el planeta funciona como un sistema vivo, con propiedades que emergen de la interacción entre todas sus partes. También hemos comprendido que la vida tiene mucha más capacidad de generar las condiciones favorables para sí misma de lo que pensábamos.

—¿Qué puede aprender el ser humano de los cinco grandes reinos del árbol de la vida?

—Mucha humildad, pero también una enorme fuerza. Cuando uno comprende hasta qué punto todo está entrelazado, se da cuenta de que nada existe de forma aislada y de que la reciprocidad es inherente a la vida. También entendemos que no estamos solos, que formamos parte de una inmensa familia viva con raíces profundas en el tiempo. Compartimos un origen común, procesos esenciales y una cercanía biológica mucho mayor de la que solemos pensar. La naturaleza es un espejo en el que podemos reconocernos.

—Usted defiende un nuevo paradigma para no cargarnos el mundo en el que vivimos y una de las propuestas es biomímesis. ¿Cómo se lo explicaría a quién no esté familiarizado con el concepto y por qué es tan importante?

—La biomímesis consiste en aprender de la naturaleza e imitar sus estrategias para resolver problemas humanos. Frente a la tendencia de los últimos siglos a darle la espalda e intentar dominarla, lo que propone esta disciplina es observar cómo funciona ese gran laboratorio a cielo abierto que es la vida. La naturaleza ha superado extinciones masivas, ha generado diversidad y ha desarrollado soluciones extraordinariamente eficaces. De ahí pueden salir respuestas muy útiles para la arquitectura, la tecnología o la economía. La economía circular, por ejemplo, es profundamente biomimética, porque se inspira en una lógica natural: en la naturaleza no existe la basura.

—También apuesta por la renaturalización. ¿Qué significa exactamente?

—Significa pasar de una visión centrada solo en conservar a otra que también apueste por restaurar. Durante décadas, la prioridad fue proteger los últimos espacios y especies frente a un desarrollismo devastador. Hoy eso ya no basta. Tenemos que recuperar ecosistemas perdidos, restaurar humedales, devolver procesos naturales al territorio y repensar las ciudades para que no sean cárceles de cemento y cristal, sino espacios más parecidos a ecosistemas vivos. Renaturalizar es poner nuestra inteligencia al servicio de la vida.

—¿Sigue vigente del legado de Félix Rodríguez de la Fuente?

—Su mensaje es completamente atemporal. Su obra tiene muchas capas y sigue ofreciendo una brújula extraordinaria para orientarnos en las décadas que vienen. Hoy quizá es más necesaria que nunca, porque el margen de reacción es cada vez más pequeño y cada vez hay más personas que buscan referencias para entender qué hacer y hacia dónde ir. Revisitar su pensamiento puede ser muy útil en este momento.

—¿Y qué le ha enseñado a usted, en lo humano, dedicar tantos años a mirar la vida desde esa conexión con la naturaleza?

—Me ha enseñado a ser más humana. A entender que buena parte del vacío que sentimos procede de la desconexión en la que vivimos. Me ha enseñado también que estamos mucho más acompañados y vinculados de lo que creemos, a no perder la sensibilidad ni la esperanza y a seguir asombrándome ante el hecho mismo de estar vivos. En el fondo, todo lo que siento que soy tiene mucho que ver con lo que he aprendido de la naturaleza.

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