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Carga mental, culpa y las mentiras del autocuidado: la mochila invisible de las mujeres

Expertas alertan de cómo la desigualdad en los cuidados y la presión estética vacían de sentido el autocuidado y agrandan el malestar femenino

Carga mental, culpa y las mentiras del autocuidado: la mochila invisible de las mujeres

Carga mental, culpa y las mentiras del autocuidado: la mochila invisible de las mujeres / Envato

A. Chao

A. Chao

Vigo

Todo funciona como un perfecto engranaje. La despensa llena, los menús semanales organizados, las coladas al día, las citas médicas agendadas. Cuando también hay niños de por medio, las extraescolares que no se solapen, el material siempre a punto. Ha pegado un estirón, toca renovar los armarios y cambiar las zapatillas de deporte. Que no se nos olvide pagar esta factura… Y así un largo etcétera. Unas llevan el peso mientras reciben ‘ayuda’ y se sienten afortunadas si pueden pegarse una ducha de más de 10 minutos. Es la losa de la carga mental, ese abrumador esfuerzo psicológico y emocional que supone organizar y anticiparse a todo lo necesario y que, por supuesto, recae en las mujeres de manera mayoritaria. Ya no se trata solo de la materialización del cuidado del hogar, tareas a las que las mujeres dedican hasta dos horas más de media al día que los hombres. A esto se suma todo el esfuerzo de la logística, que no cesa ni de día ni de noche.

No sin motivo, este 8M la campaña de Cruz Roja con motivo del Día Internacional de la Mujer pone el acento en todas estas tareas invisibles, como tantas otras feminizadas y vinculadas al cuidado.

«Se trata de un problema estructural, la sociedad da por hecho que las mujeres vamos a asumir este rol de sostén, se necesita un verdadero contexto de corresponsabilidad a todos los niveles», apunta sobre esta situación la Educadora Social Lucía Coutado.

Pero detrás de esa carga mental se esconde, además, una trampa más sutil y no por ello menos dañina: las falacias en torno al autocuidado. Para muchas mujeres, ese mandato se ha convertido en una nueva exigencia, otro espacio desde el que sentirse insuficientes, esta vez envuelto en palabras amables, asociado al amor propio, a la salud y al bienestar.

La psicóloga y doctora en Psicopedagogía María Calado advierte sobre ese espejismo. Se habla de cuidarse, explica, pero casi siempre para nombrar lo mismo: «adelgazar, tonificar, eliminar, corregir». El cuerpo se convierte así en un proyecto de mejora continua. En ese desplazamiento, añade, el autocuidado real queda «secuestrado» por una industria que necesita que las mujeres sigan sintiéndose inadecuadas. No se trata de un error ni de una deriva casual, sino de un sistema que convierte la insatisfacción en motor de consumo. «Lo más paradójico es que, cuanto más nos cuidamos según este modelo, peor nos sentimos», resume.

Se habla de cuidarse, explica, pero casi siempre para nombrar lo mismo: «adelgazar, tonificar, eliminar, corregir»

Ese vaciamiento del concepto también lo denuncian Alba Cobo, autora de Agotadas. «Yo no entiendo el autocuidado como un escaparate ni como una marca personal, tampoco como una forma de mejorarnos para seguir rindiendo más», comienza, para señalar que «el autocuidado no puede separarse de la justicia social, de las condiciones materiales de la vida y de la pregunta política fundamental: qué cuerpos pueden descansar, quién sostiene el descanso de las demás y a costa de quién se mantiene este sistema».

Todo este escenario tiene consecuencias materiales y emocionales profundas. Calado apunta, por ejemplo, a los trastornos de la conducta alimentaria, «que en España no dejan de crecer: entre 2016 y 2022 los casos de anorexia en niñas de hasta 14 años se multiplicaron por tres». Un aumento que, advierte, no puede leerse como una tendencia pasajera, sino como una emergencia de salud pública. Por debajo de esos casos más visibles, recuerda, existe «un iceberg enorme de sufrimiento» que muchas veces ni siquiera llega al diagnóstico: «mujeres que viven en guerra con su cuerpo durante décadas, que organizan su vida social en función de lo que pesa su plato o que posponen ir al médico por vergüenza corporal». También hay «adolescentes que dejan de nadar, bailar o ponerse bañador porque no soportan ser miradas». La presión estética no genera solo incomodidad: modela rutinas, encoge vidas, restringe movimientos y deteriora la relación con una misma.

Las redes sociales han intensificado esa maquinaria. «No crearon el problema, pero sí lo han acelerado y transformado», señala la experta. Si antes la presión llegaba a través de revistas, televisión o publicidad, ahora se ha vuelto continua, personalizada e interactiva. El algoritmo aprende qué inseguridades captan más atención y devuelve más de lo mismo: dietas, transformaciones físicas, cuerpos normativos y mensajes disfrazados de empoderamiento. «Si buscas ‘cómo adelgazar’, en dos días tienes el feed lleno de dietas, cuerpos transformados y contenidos presentados con un lenguaje de empoderamiento: ‘cuídate’, ‘quiérete’, ‘sé tu mejor versión’». El resultado es un entorno en el que no solo se exhiben determinados cuerpos, sino que se normaliza una relación vigilante, culposa y obsesiva con el propio. De ahí emergen también nuevos problemas. Entre ellos, la dismorfia corporal, que —advierte— se está disparando de forma alarmante entre las adolescentes.

Expertas alertan de cómo la desigualdad en los cuidados y la presión estética vacían de sentido el autocuidado y agrandan el malestar femenino

Expertas alertan de cómo la desigualdad en los cuidados y la presión estética vacían de sentido el autocuidado y agrandan el malestar femenino / Envato

La tribu frente a la industria

Para Calado no hay ningún misterio sobre los intereses detrás de todo este entramado. «Son los de la industria de la pérdida de peso, con 90.000 millones de dólares anuales a nivel global; los de la industria cosmética, moda, los medios y ahora también las plataformas digitales, cuyos modelos de negocio se basan en mantenernos enganchadas al scroll, y nada engancha tanto como la inseguridad».

Pero para la experta hay un actor especialmente importante: el sistema sanitario. «Cuando un médico le dice a una niña de trece años con analíticas perfectas que tiene que adelgazar y le prescribe 1.200 calorías al día, no lo está haciendo con mala intención. Está reproduciendo un sistema que aprendió, que no cuestionó y que tiene detrás décadas de investigación financiada por industrias con intereses directos en el resultado».

Sin embargo, el problema de fondo no termina en la imagen. También atraviesa la organización social de los cuidados, el reparto del tiempo y la manera en que se construye la subjetividad femenina. Desde A Morada, un proyecto que surgió precisamente como un «patio de vecinas» en el que construir tribu, entienden el autocuidado como «el cuidado de nosotras mismas con las otras, no tiene tanto que ver con cuestiones materiales relacionadas con la alimentación, la salud o la apariencia física, sino con la posibilidad de tener tiempo para decidir qué queremos hacer con él, de estar solas o acompañadas, de nutrir nuestros vínculos desde la libertad y de hacer cosas que nos dan placer»

La culpa

Otro de los nudos centrales de todo este caldo de cultivo es la culpa. Alba Cobo lo formula con claridad al señalar que a muchas mujeres se les enseñó antes la culpa que el descanso, antes la disponibilidad que el límite, antes la utilidad que el deseo. Por eso, cuando intentan cuidarse de verdad, aparece una sensación de falta: por parar, por decir que no, por no estar para todo el mundo, por necesitar ayuda. Esa culpa, lejos de ser íntima o espontánea, tiene, en su opinión, una raíz política. Funciona como «una herramienta de control porque una mujer culpable sigue dando más de lo que puede; una mujer culpable cuestiona menos, descansa menos, pide menos, ocupa menos espacio».

El autocuidado real no puede consistir en castigo, restricción ni vigilancia permanente. Tiene que construirse, como apunta Lucía Coutado, «en un contexto de corresponsabilidad real y de red de apoyo». En la misma línea, Calado añade que «el autocuidado real es colectivo: pasa por cuestionar los mensajes que recibimos sobre nuestro cuerpo y por no reproducir con otras el mismo sistema que nos hizo daño».

De lo que no cabe duda es de que no existe espacio para el conformismo. Que poder darse una ducha diaria, algo básico de higiene, y echarse una crema no puede convertirse en sinónimo de bienestar para la mujer en una sociedad avanzada. Porque esto del autocuidado tiene poco que ver con potingues y volver a ser la de antes, signifique lo que signifique eso. O sí, pero siempre que se haga desde el verdadero disfrute y no por alcanzar unos estándares; siempre que se haga desde una misma, no desde la compensación o la vergüenza. Y siempre tendrá que ver con recibir cuidado, construir vínculos, disponer de tiempo propio y dejar de sostener en silencio unas condiciones que enferman.

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