4 de marzo, Día Mundial de la Obesidad
Expertos abogan por un cambio de lenguaje al hablar de obesidad para evitar la estigmatización
Los especialistas alertan de que el estigma asociado a la obesidad, que sufren de forma especial las mujeres, afecta negativamente a la autoestima y a la adherencia a los tratamientos

Una mujer se pesa en una váscula para conocer su peso. / Freepik
Más de la mitad de los adultos en España -casi un 56%- presenta exceso de peso, mientras que las tasas de obesidad rozan el 19%. Asimismo, entre un 36-40% de los niños de 6 a 9 años sufre sobrepeso u obesidad, posicionando al país con una de las tasas más altas de Europa. El exceso de grasa, especialmente visceral, aumenta el riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2, hipertensión y otros problemas, pero también puede afectar al bienestar emocional. Uno de los factores que favorece este impacto negativo es el uso de un lenguaje inadecuado hacia las personas con obesidad, que además repercutir en su autoestima y salud mental, afecta a la adherencia al tratamiento. Según la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), hasta el 88 % de quienes padecen esta enfermedad experimenta algún tipo de estigma, un problema que también reconoce la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Esta estigmatización tiene un sesgo de género hacia las mujeres, aunque el problema afecte más a los hombres. «El sobrepeso se tolera más en los hombres que en las mujeres», reconoce el endocrino Eduardo Pena González.
En su opinión, existe también un componente de «gordofobia». «El término ‘gordo’ se utiliza con frecuencia como insulto, especialmente hacia mujeres. En consulta se observa que muchas mujeres con ligero sobrepeso se perciben como ‘gordísimas’, mientras que hombres con mayor exceso de peso suelen mostrarse menos preocupados. Hay un claro sesgo de género en la presión estética», añade.
Los especialistas abogan por un lenguaje centrado en la persona, anteponiéndola a su condición médica. Los términos que se consideran más adecuados son 'persona con obesidad' y 'persona que vive con obesidad', y se censuran cualquier término que adjetivice al individuo. «El término 'gordo' dejó de usarse por considerarse despectivo. Está ocurriendo algo similar con el término 'obeso', que también se intenta evitar porque conlleva cierta carga de estigmatización social», afirma el endocrino.
El especialista asegura que es fundamental cambiar la visión que se tiene de la obesidad, empezando por los propios pacientes. «Llegan a consulta con un fuerte sentimiento de culpa. Sin embargo, se tiene tanta responsabilidad de tener obesidad, aunque el término pueda discutirse, como de tener diabetes o una enfermedad tiroidea», comenta.
Hoy la perspectiva sobre la enfermedad es distinta. «Más que una enfermedad en sí misma, el exceso de peso es una condición que predispone a otras patologías, especialmente cardiovasculares y metabólicas como la diabetes, que a su vez incrementa otros riesgos. Es comparable al tabaquismo: fumar no implica estar enfermo de inmediato, pero sí aumenta la probabilidad de desarrollar enfermedades. Con la obesidad ocurre algo similar: eleva el riesgo», explica.
La obesidad no es una cuestión de falta voluntad, dejadez o de pereza, como en ocasiones se sugiere, sino de una propensión genética influida por el entorno y por factores sociales y económicos. En este sentido, los endocrinólogos señalan que en poblaciones desfavorecidas hay una doble desigualdad: mayor prevalencia de obesidad -un 33,1% en los ingresos bajos frente al 15,5% en las clases con más recursos- y dificultades para acceder a la atención sanitaria. Por ello, entienden que se requieren políticas públicas que integren prevención, tratamientos efectivos y acciones sobre determinantes sociales: alimentación saludable asequible, entornos que promuevan la actividad física y reducción de barreras económicas y educativas.
«El paciente llega a consulta con un fuerte sentimiento de culpa, pero se tiene tanta responsabilidad de tener obesidad como de tener diabetes»
«Es fundamental promover educación y hábitos saludables desde la infancia y facilitar el acceso a recursos y tratamientos. Actualmente contamos con tratamientos farmacológicos eficaces y seguros que pueden ayudar a alcanzar estos objetivos. Sin embargo, con frecuencia no están financiados, lo que genera una paradoja: se reconoce el problema como un estado patológico que predispone a enfermedades, pero no se facilita el acceso al tratamiento. Esta situación afecta especialmente a las personas con menos recursos», comenta el doctor Pena.
Aunque la obesidad es el resultado de esa interacción entre el genotipo y los factores ambientales, si se conoce esa predisposición, puede prevenirse mediante hábitos saludables, ejercicio regular y moderación en la dieta. «El reto no es solo perder peso, sino mantenerlo con cambios sostenidos en el estilo de vida», afirma. Por ello se recomienda controlar esa tendencia mediante una alimentación saludable y actividad física regular.
Para el doctor Pena, medidas como la prohibición de bebidas energéticas para menores o la limitación del tiempo de pantallas son positivas para combatir la obesidad. «Reducir el sedentarismo y fomentar la actividad física son pasos necesarios. Los factores ambientales influyen en todos, aunque no afectan por igual a cada persona», sostiene.
Por su parte, la nutricionista Amil López Viéitez afirma que la pérdida de peso debe centrarse en hábitos sostenibles y cambios progresivos, priorizando la salud integral sobre dietas extremas. Advierte de que el entorno actual es claramente obesogénico: el consumo de productos ultraprocesados, el sedentarismo, el estrés y la falta de sueño afectan al hambre, a la sensación de saciedad y al metabolismo. «No es un fallo individual, sino un problema multifactorial que requiere soluciones estructurales y educativas», sostiene
En su opinión, el foco debe ponerse en la educación nutricional y en el entorno. «No basta con decir ‘come mejor’. Hay que enseñar cómo organizar menús reales, cómo leer etiquetas, cómo planificar la compra y cómo estructurar las comidas para mantener la estabilidad metabólica», comenta.
«No es un fallo individual, sino un problema multifactorial que requiere soluciones estructurales y educativas»
También es clave recuperar hábitos básicos: dormir bien, entrenar fuerza (para mantener la masa muscular y el metabolismo activo) y reducir el estrés. «Es muy importante también dejar de centrar el discurso en el peso como único indicador. Debemos hablar más de salud metabólica que de estética», añade.
La especialista señala tres errores comunes en la relación que mantenemos con la comida que también favorecen el aumento de peso en personas predispuestas: comer por emoción, demonizar alimentos y saltarse comidas. Para corregirlos recomienda educación nutricional, comidas estructuradas con suficiente proteína y desarrollar conciencia emocional sin culpa. «No se trata solo de dieta, sino de aprender a regular el sistema nervioso y la gestión del estrés», insiste.
Viéitez habla también de culpa y frustración, especialmente entre quienes han intentado perder peso en otras ocasiones sin éxito. «En consulta trabajamos con respeto y enfoque individual. No solo buscamos perder peso, sino recuperar la autoestima y aceptar el cuerpo, estableciendo metas realistas. El cambio sostenible comienza cuando la persona deja de castigarse y comprende su metabolismo», afirma.
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