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Entrevista | José Gómez Rial Jefe de inmunología del CHUS

«La idea es incorporar la vacunación en el adulto a un estilo de vida saludable»

José Gómez Rial, fotografiado en el CHUS.

José Gómez Rial, fotografiado en el CHUS. / FdV

Rafa López

Rafa López

Vigo

José Gómez Rial, junto con Federico Martinón y otros investigadores del Grupo de Neumoexpertos en Prevención del Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago (IDIS), es autor de una revisión científica que redefine el papel de la vacunación en el adulto mayor: no solo previene infecciones, sino que puede modular el envejecimiento inmunitario y mejorar el «estado de forma» del sistema inmunitario. El trabajo ha sido publicado en la revista «Human Vaccines & Immunotherapeutics».

En la revisión se introduce el concepto de «immunofitness» (inmunoaptitud) como meta realista del envejecimiento saludable. ¿A qué se refiere?

Cuando hablamos de immunofitness nos referimos al estado de forma de nuestro sistema inmunitario, o lo que es lo mismo, la capacidad funcional del sistema inmunitario para responder eficazmente a un estímulo –como una infección o una vacuna– y la capacidad de recuperar después el equilibrio sin generar daño excesivo. Es un concepto dinámico: no describe solo cuánto ha envejecido el sistema inmunitario, sino cómo de bien sigue funcionando. Tradicionalmente, la inmunosenescencia se ha visto sobre todo como una barrera frente a la vacunación, es decir, como la razón por la que las vacunas «funcionan peor» en personas mayores. El concepto de immunofitness cambia esa perspectiva: en lugar de centrarnos solo en el deterioro, entiende la vacunación como una herramienta para mantener en forma el sistema inmunitario y retrasar los efectos de la inmunosenescencia. De igual modo que nuestros músculos necesitan ejercitarse con el paso de los años, nuestro sistema inmunitario necesita entrenarse y la vacunación es la mejor forma de alcanzar este immunofitness.

¿Cuáles son los datos más contundentes que muestran que las vacunas reducen hospitalizaciones, eventos cardiovasculares o incluso mortalidad por cualquier causa en mayores de 65 años?

En los últimos años hemos pasado de medir únicamente efectividad frente a infección confirmada a evaluar desenlaces clínicamente relevantes como hospitalización, complicaciones cardiovasculares o mortalidad. Y ahí es donde los datos son especialmente sólidos: en el caso de la vacuna antigripal, múltiples estudios observacionales y ensayos clínicos han demostrado reducción de hospitalizaciones y de mortalidad en mayores de 65 años. Uno de los datos más contundentes es la reducción de eventos cardiovasculares mayores en pacientes con cardiopatía, con un efecto comparable a algunas intervenciones farmacológicas. La vacuna de la gripe es, probablemente, el ejemplo más claro de que vacunar no solo previene infección, sino complicaciones sistémicas.

El trabajo destaca también evidencia sobre vacunas como la recombinante contra el herpes zóster, el neumococo, o contra el virus respiratorio sincitial (VRS).

Con la vacuna recombinante frente a herpes zóster (RZV), además de una efectividad muy elevada frente a la enfermedad y la neuralgia postherpética, los análisis en vida real muestran reducción de hospitalizaciones asociadas y un perfil de protección mantenido incluso en edades avanzadas y en personas con comorbilidad. En el caso de las vacunas antineumocócicas conjugadas de nueva generación (PCV20/21), los estudios muestran reducción significativa de enfermedad neumocócica invasiva y neumonía neumocócica, con impacto directo en hospitalizaciones en población mayor. Y las nuevas vacunas frente al VRS en adultos mayores están demostrando una reducción clara de enfermedad del tracto respiratorio inferior y de formas graves, lo que se traduce en menor necesidad de hospitalización en un grupo especialmente vulnerable.

El estudio señala que los efectos inducidos por la vacuna también pueden favorecer la resiliencia inmunitaria, definida como la capacidad de recuperar la homeostasis tras la activación inmunitaria. ¿Qué significa «homeostasis» en este contexto?

Nos referimos a la capacidad del sistema inmunitario para volver a un estado de equilibrio funcional tras activarse frente a un estímulo, como una infección o una vacuna. Es decir, responder con la intensidad suficiente para controlar el estímulo, pero sin mantener una inflamación persistente que acabe generando daño. En el envejecimiento, uno de los problemas no es solo que el sistema responda menos, sino que a veces responde de forma desregulada y le cuesta «apagarse», contribuyendo al estado de inflamación crónica de bajo grado. Recuperar la homeostasis significa restaurar ese equilibrio: eliminar la amenaza, resolver la inflamación y volver a un nivel basal estable. Cuando hablamos de resiliencia inmunitaria, por tanto, no nos referimos solo a montar una buena respuesta, sino a cerrarla adecuadamente. Esa capacidad de activarse y después reequilibrarse es un componente central del immunofitness.

El trabajo recuerda que los beneficios de la vacunación van más allá de la prevención de infecciones agudas y ayudan a contrarrestar la inflamación crónica asociada a la edad («inflammaging»). ¿Hasta qué punto cree que incorporar la vacunación sistemática en adultos mayores podría considerarse una intervención antiinflamatoria de bajo coste y alta accesibilidad, comparable a dieta o ejercicio?

Es importante ser prudentes con el término «antiinflamatorio», porque las vacunas no actúan como un fármaco que bloquea una vía inflamatoria concreta. Pero sí podemos decir que, al prevenir infecciones y sus cascadas inflamatorias asociadas, reducen episodios de inflamación sistémica aguda que, en personas mayores, pueden dejar una huella inflamatoria persistente y acelerar el deterioro funcional. En el contexto del «inflammaging», o inflamación asociada al envejecimiento, cada infección grave o cada descompensación respiratoria actúa como un «acelerador» de esta inflamación crónica. Si reducimos esas agresiones repetidas, estamos indirectamente reduciendo la carga inflamatoria acumulada a lo largo del tiempo. Desde ese punto de vista, la vacunación sistemática en mayores puede considerarse una intervención de alto impacto poblacional, relativamente bajo coste y gran accesibilidad, que complementa estrategias como dieta o ejercicio. No las sustituye, pero añade una dimensión médica muy potente: reduce eventos inflamatorios agudos que desestabilizan el equilibrio inmunitario y favorece una mayor resiliencia. La idea es incorporar la vacunación en el adulto a un estilo de vida saludable junto con la dieta, el ejercicio y la salud mental. En resumen, no es un antiinflamatorio en sentido farmacológico, pero sí una herramienta eficaz para reducir la presión inflamatoria que acompaña al envejecimiento.

España ha perdido el estatus de eliminación del sarampión. ¿Cómo puede estar segura la población que ahora ronda los 50 años de que está bien vacunada? ¿Se debería vacunar en caso de duda?

En España, la vacunación sistemática frente al sarampión comenzó a principios de los años 80. Muchas personas que ahora rondan los 50 años recibieron vacunas en la infancia, pero los calendarios y coberturas han cambiado con el tiempo, y no siempre hay constancia documental de todas las dosis. Por ello, en esta generación es frecuente que no se pueda confirmar de manera absoluta si están completamente protegidos frente al sarampión. En casos de duda, la recomendación es administrar una dosis de refuerzo si no hay constancia de haber pasado la enfermedad o de haber recibido la pauta completa de vacuna. Vacunarse en estas circunstancias es seguro y refuerza la protección individual y colectiva, ayudando a reducir la circulación del virus y prevenir brotes. No se trata de volver a vacunar indiscriminadamente, sino de garantizar que las personas que no tienen evidencia clara de inmunidad queden protegidas.

¿Se podrá, en un futuro cercano, evaluar la “edad inmunitaria” de una persona mediante biomarcadores? En otras palabras, ¿se podrá llegar a medir el estado funcional del sistema inmunitario mediante un análisis de sangre u otro tipo de pruebas clínicas?

Actualmente, la idea de medir la ‘edad inmunitaria’ es muy prometedora y se enmarca dentro del concepto de immunofitness, es decir, medir la capacidad funcional real del sistema inmunitario. Hoy podemos aproximarnos a esto mediante diversos biomarcadores: el perfil de linfocitos T y B, la proporción de células virgen frente a células memoria, marcadores de senescencia celular, niveles de citocinas inflamatorias y señales epigenéticas que reflejan envejecimiento inmunitario. En la práctica clínica todavía no existe un test único que nos diga de manera directa cuál es la ‘edad inmunitaria’ de una persona, pero los avances recientes sugieren que, en el futuro, podríamos disponer de paneles de sangre que integren estos parámetros para ofrecer un índice de immunofitness. Esto permitiría, por ejemplo, identificar a personas con un sistema inmunitario más vulnerable, optimizar estrategias de vacunación o incluso monitorizar cómo responde un paciente a terapias inmunomoduladoras. Es un campo muy activo y con gran potencial, aunque aún queda por validar y estandarizar estos biomarcadores antes de que puedan aplicarse de manera rutinaria.

¿Cómo ha influido la pandemia de covid-19 en la percepción social y científica de la vacunación en adultos mayores? ¿Ha cambiado algo en la forma en que ahora se priorizan o se explican las vacunas en esta población?

Desde el punto de vista social, se ha reforzado la idea de que las personas mayores son especialmente vulnerables a infecciones graves, lo que ha aumentado la aceptación de vacunas en esta población y ha hecho más evidente la necesidad de protegerlos de forma proactiva. Desde el punto de vista científico y sanitario, la experiencia con covid-19 ha cambiado la forma en que se priorizan y comunican las vacunas. Se ha puesto más énfasis en una estrategia integral de inmunización en adultos mayores, considerando no solo la edad cronológica, sino también factores de riesgo, comorbilidades y el estado inmunitario individual.

¿En qué punto se encuentra la investigación de vacunas de ARNm contra el melanoma, el cáncer de páncreas y otros tumores? ¿Podrá Galicia participar en algún ensayo clínico?

En oncología, las vacunas de ARNm terapéuticas están avanzando de forma notable pero todavía están en fases tempranas del desarrollo clínico. Por ejemplo, en melanoma, ya hay vacunas personalizadas en fase 2 que en combinación con inmunoterapia han demostrado una reducción significativa del riesgo de recaída o muerte tras resección tumoral. En cáncer de páncreas, las primeras vacunas de ARNm han pasado por fase 1 con respuestas inmunitarias alentadoras y ahora se están ampliando a estudios posteriores para evaluar eficacia y supervivencia con mayor rigor. Estos son solo dos ejemplos, pero este campo es muy dinámico: hay más de 120 ensayos clínicos activos en todo el mundo evaluando vacunas de ARNm contra una amplia variedad de tumores (melanoma, pulmón, colorrectal, próstata, páncreas y otros) en fases que van desde 1 hasta 2 e incluso combinaciones con inmunoterapia. Dada la capacidad investigadora y clínica de la comunidad, es muy probable que a corto plazo grupos o centros podamos participar o colaborar en alguno de estos estudios multicéntricos, especialmente si logramos consolidar redes nacionales e internacionales de ensayos.

Se ha dicho que el secretario de Salud de EEUU, Robert F. Kennedy Jr, está frenando esta investigación en vacunas de ARNm. Por ejemplo, Moderna trabaja en una vacuna contra el virus de Epstein-Barr, precursor de la esclerosis múltiple, pero parece que la falta de apoyo del Gobierno de Estados Unidos podría frenar los ensayos clínicos. ¿Esto afecta a nivel global, más allá de EEUU?

En Estados Unidos se está generando un ruido enorme en torno a las vacunas de ARNm, en gran parte por la politización de la salud pública, que ha convertido decisiones científicas en debates políticos. Incluso vacunas muy prometedoras y con gran repercusión clínica, como la de Moderna frente al virus de Epstein-Barr, pueden verse ralentizadas por esta incertidumbre y falta de apoyo.  Además, la reciente polémica con la FDA, que primero rechazó revisar la vacuna de ARNm frente a la gripe y luego tuvo que aceptarlo, daña mucho la credibilidad de las vacunas. A día de hoy, EE. UU. y la FDA ya no son el faro que guiaba las decisiones en temas de vacunas que eran antaño, y es Europa, a través de la EMA, la que debe asumir ese rol de liderazgo y confianza.

¿Se debería considerar financiar en la sanidad pública la vacunación en mayores de 50 años contra el herpes zóster como estrategia de prevención contra la demencia?

Los estudios recientes sobre la relación entre herpes zóster y riesgo de demencia son muy interesantes, pero aún no son suficientes para basar una estrategia de financiación pública con ese objetivo específico. Lo que sí refuerzan es la indicación ya financiada de la vacuna para prevenir las complicaciones clásicas del herpes zóster, como la neuralgia post-herpética. Desde esta perspectiva, lo razonable sería ir ampliando progresivamente la edad de financiación, de manera que poco a poco se acerque a la recomendación científica de vacunación a partir de los 50 años, garantizando que más personas puedan beneficiarse del efecto protector frente a la enfermedad y por extensión de sus complicaciones.

Respecto al futuro, ¿qué avances en vacunología (por ejemplo, vacunas universales contra gripe, contra herpesvirus u otros patógenos latentes) podrían tener mayor impacto en promover un envejecimiento saludable en las próximas décadas?

Hay varias vacunas en desarrollo que podrían tener un impacto clínico significativo en promover un envejecimiento saludable. Entre ellas destacaría las vacunas de ARNm frente a la gripe estacional, actualmente en fase 3, que podrían ofrecer una protección más robusta, especialmente en la etapa de senescencia, que las vacunas tradicionales; las vacunas universales contra la gripe, actualmente en fases iniciales, diseñadas para cubrir múltiples cepas y reducir la necesidad de revacunaciones anuales; y las vacunas de ARNm frente a virus como Epstein‑Barr que está desarrollando Moderna, con una enorme implicación cínica en procesos como linfomas, tumores sólidos y enfermedades autoinmunes como la esclerosis múltiple. También hay que mencionar a las vacunas frente a sarbecovirus cuyo objetivo es ofrecer protección no solo frente a SARS-CoV-2, sino también frente a otros coronavirus estrechamente relacionados con potencial epidémico, lo que las convierte en un instrumento clave para prevenir futuras pandemias y reducir la carga de infecciones respiratorias graves en adultos mayores. Y sin olvidar también a las vacunas ARNm terapéuticas frente al cáncer como la del melanoma en fases ya muy avanzadas. En conjunto, estos desarrollos podrían reducir la carga de infecciones recurrentes y la inflamación crónica, mejorando el immunofitness y manteniendo el sistema inmunitario más funcional durante la vejez, favoreciendo así un envejecimiento más saludable.

¿Vamos hacia estrategias de vacunación personalizadas, basadas en perfiles inmunitarios de cada persona, y con apoyo de modelos computacionales?

Así es. Estamos entrando en una era donde la vacunación podría dejar de tener un enfoque único para todos y empezar a adaptarse al perfil y al estado inmunitario de cada persona. Conocer parámetros como la proporción de células T virgen y memoria, niveles de inflamación basal o incluso marcadores epigenéticos permite identificar quién tiene un sistema inmunitario más robusto y quién podría necesitar dosis adicionales o vacunas con adyuvantes específicos. Además, los avances en modelos computacionales e inteligencia artificial están empezando a integrarse para predecir la respuesta inmunitaria individual frente a diferentes vacunas. Esto abre la puerta a estrategias de vacunación más precisas y personalizadas, optimizando la protección y minimizando riesgos. No es algo inmediato, pero la combinación de inmunología de precisión y modelado predictivo apunta a un futuro donde la vacunación sea realmente individualizada y adaptada al immunofitness de cada individuo.

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