Psicología
El «manifesting»: ¿ayuda para actuar o refugio ante la incertidumbre que prometen las redes sociales?
La promesa de control ante la incertidumbre o el estatus y la validación social con la que cuentan este tipo de prácticas respalda su auge, amplificado en internet, pese a carecer de base empírica

Una joven elabora un collage con letras y fotos / FDV
«El mes de prueba ha terminado. Ahora empieza el verdadero 2026». Esta frase inunda las redes sociales desde que enero tocó a su fin. El meme del momento sustituye a la tendencia que causó furor durante las primeras semanas de 2026: los vision boards. Con el inicio del año, los buenos propósitos y metas parecía agolparse en nuestras mentes, dando lugar a rituales como este de plasmar, en formato físico o digital, todos los objetivos para los próximos 365 días bajo la premisa de que visualizarlos de este modo será decisivo para alcanzar dichos logros.
Detrás de esas cartulinas o power points hay una tendencia más amplia que gana visibilidad a golpe de algoritmo y redes sociales. Hablamos del manifesting, esa idea de que «si manifiesto una aspiración o un objetivo, lo consigo» por el simple hecho de expresarlo, visualizarlo o, tan solo, desearlo con mucha intensidad. Su lenguaje, a veces, roza lo espiritual; su promesa, en cambio, es muy terrenal: ordenar la vida, atraer oportunidades, «alinearse» con lo que se desea. ¿En qué se basa su éxito?, ¿tiene alguna base empírica?, ¿cuáles son los riesgos?
«No tenemos evidencia empírica de este tipo de correlaciones, para que el pensamiento pueda influir en el mundo, tiene que manifestarse en la conducta, en hechos físicos»
Xavier de Donato, decano de Filosofía de la USC y especialista en Filosofía de la Mente, sitúa el origen de esta tendencia en falacias muy conocidas desde hace mucho tiempo, concretamente con la post hoc ergo propter hoc: «la idea de que tú piensas algo, ese algo ocurre por lo que sea, y la persona asume que hay una conexión causal». Sin embargo, es tajante y aclara que eso no tiene por qué ser así, «puede ser una coincidencia o algo que iba a pasar sí o sí, y no por el hecho de que tú pensaras en ello». Cuestiona, asimismo, que el pensamiento aislado pueda influir en la realidad, «no tenemos evidencia empírica de este tipo de correlaciones, para que el pensamiento pueda influir en el mundo, tiene que manifestarse en la conducta, en hechos físicos».
La psicóloga viguesa Clara Díaz, por su parte, apunta a una de las claves de su éxito: «Los animales humanos llevamos realmente mal la incertidumbre» y, en un contexto «más líquido e impredecible que nunca estas prácticas de ‘si lo manifiesto lo consigo’ puede dar una sensación de seguridad que nos calma mucho», funcionando incluso de alivio para la ansiedad. Estas prácticas conectan incluso con otras de carácter místico o religioso. El contenido, pero «la función sigue siendo la misma, dar sentido a lo impredecible», donde antes se leía el azar bajo la diosa Fortuna ahora algunos discursos lo trasladan a las vibraciones del universo.
En esta línea, los expertos ahondan en que, sin ser un fenómeno estrictamente actual, las redes sociales funcionan como un gran altavoz que lo magnifica. Sobre esta idea, Díaz añade un elemento adicional, «el símbolo de estatus y estilo de vida», la identidad de persona «chic» motivada y exitosa, con la validación social y la pertenencia como premio extra.
Entre lo útil y lo engañoso
Existe una frontera muy fina entre tratar estas prácticas como un impulso para actuar o asumirlo como una regla invisible que rige el mundo. En ese salto, advierten los profesionales, se cuelan sesgos, frustración y una peligrosa tendencia a culparse si no sale. El filósofo lo dice sin rodeos, cuando se establece una conexión misteriosa entre el pensamiento aislado y su influencia en la realidad, nos adentramos en el terreno del «pensamiento mágico» y la «pseudociencia», con todos los riesgos que eso entraña.
Ambos expertos vinculan estos comportamientos también con el «sesgo de confirmación». Quien cree en el manifesting tiende a apoyarse en experiencias puntuales que refuerzan el discurso de que «las cosas me van bien porque lo he manifestado». Si no funciona, el relato se ajusta: «si no pasó, es porque no lo manifesté lo suficiente», disparando la culpa.
Advierten además de otros costes. La manifestación «promueve la idea de que desear mucho algo es suficiente», dice Díaz, y eso puede empujar a la pasividad o a una evitación encubierta. Traducido, estancarse en una actitud de «lo manifiesto para que ocurra, pero no hago nada para que pase».
«Vision board»: recordatorio y foco
Sin embargo, entre el blanco y el negro se dibujan algunos grises. De Donato apunta que pensar en positivo puede ayudar a «prepararnos», pero no porque el pensamiento tenga poder por sí mismo; si no hay acciones, el control será mínimo.
Si hay un punto de encuentro, está en el valor práctico del ritual cuando termina en conducta. La piscóloga viguesa cree que el vision board puede funcionar como estímulo discriminativo, un recordatorio visual que pone objetivos «más en nuestro radar» y aumenta la probabilidad de actuar. También puede servir para explorar «qué direcciones son importantes», siempre que no se convierta en una lista rígida de metas imposibles y sin plan.
El decano de Filosofía de la USC enlaza esa utilidad con la «simulación mental», un mecanismo normal del aprendizaje: anticipar escenarios, ponerse en situación, afinar decisiones. Cuando el ritual se combina con preparación y atención, no es que aparezcan más oportunidades por pensarlo, sino que la persona está «más atenta a las oportunidades que surgen».
De lo que no cabe duda es que el manifesting seduce ofreciendo una brújula en tiempos inciertos, prometiendo orden, calma y un relato de control que encuentra su escaparate ideal en las redes sociales. Pero cuando se vende como ley del universo y no como herramienta, cruza una peligrosa línea capaz de desatar frustración, culpa y que, en lugar de impulsarnos hacia la meta, puede desembocar en inacción. El mundo no cambia por lo que pensamos, cambia cuando ese pensamiento se convierte en plan. Y ahí, más que manifestar, lo que toca es moverse.
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