Faro de Vigo

La pista perdida del Hércules de Santa Trega, la desconocida joya romana que se evaporó del museo de A Guarda hace 60 años


El misterioso robo de la estatuilla de bronce priva al público de uno de los hallazgos más relevantes en el castro guardés

«Nunca se deja de buscar», afirma la inspectora jefa de la Brigada de Patrimonio Histórico, que explica que el móvil de los hurtos de arte «siempre es el dinero»

Si al lector se le pregunta por grandes robos de patrimonio artístico de Galicia pensará, probablemente, en el Códice Calixtino, en la Virgen de Cristal de Vilanova dos Infantes —un asalto que además acabó en la muerte del párroco que la custodiaba—, en las esculturas románicas del Pórtico de la Gloria, aunque en este caso el latrocinio fuese institucionalizado. Muy pocos aludirían a una estatuilla romana de bronce, identificada como Hércules, que desapareció con escasa repercusión del museo de Santa Trega en 1964. Y eso que estaba considerada unas de las «joyas» de la colección, «digna de los mejores museos», según los expertos que la vieron antes de su pérdida.

Sin rastro en las bases de datos policiales especializadas en arte, sin protección administrativa y con un conocimiento popular exiguo, dos primeras preguntas se abren paso: ¿Dónde está Hércules? ¿Es posible recuperarlo a seis décadas de su robo? «Nunca se deja de buscar”, afirma la inspectora jefa de la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional, Montserrat de Pedro, que cita el caso de un altar romano del Museo Nacional Arqueológico de Tarragona que fue sustraído en una fecha similar, en 1962, y se recuperó durante la pandemia en Londres, entregado por un particular que lo había adquirido en una subasta sin conocer su origen ilegítimo.

El Hércules de Santa Trega es una figura de bronce de unos 18 centímetros de altura y 665 gramos de peso, que muestra «en todos sus miembros varonil belleza», como decía una de sus primeras descripciones, publicada, con imágenes incluidas, en La Ilustración Española y Americana en marzo de 1878. El héroe lleva en una mano las manzanas robadas del jardín de las Hespérides, según la lectura iconográfica más aceptada. El otro brazo está mutilado, pero se supone que en él sostendría su clava, la maza con la que completó sus 12 trabajos.

Como en otras ocasiones en la historia del arte, como cuando hace medio siglo unos campesinos en busca de agua encontraron el ejército de guerreros de terracota de Xi’an, el azar tuvo un papel clave en la aparición del Hércules. Fueron unos canteros los que, en 1862, se toparon con la estatuilla cuando trabajaban en la zona de la ermita del monte guardés. Por aquel entonces, el castro ni siquiera se había excavado, así que nunca se pudo conocer el contexto arqueológico de la pieza. En la citada revista se proponía que la figura podía ser un penate (un dios doméstico) de un jefe local y el primer arqueólogo del enclave, Ignacio Calvo, completaba esa hipótesis con la idea de que se habría desechado al convertirse la población local al cristianismo.

Pero, ¿qué vida vivió el Hércules de Santa Trega en el siglo que va desde su descubrimiento hasta su robo? En la citada revista, se cita a que un tal don Joaquín Ángel facilitó su reproducción a uno de sus colaboradores. Por esos años, la pieza gana fama en los círculos de arqueólogos y es descrita ya en 1897 en Religiões da Lusitania, del portugués José Leite de Vasconcelos. Y en ese momento entra en juego un ilustre de la intelectualidad y del coleccionismo gallego de la época: el tudense, afincado en Santiago, Ricardo Cicerón-Blanco. Sí, el mismo al que perteneció otra joya romana perdida durante décadas, aunque en ese caso felizmente recuperada, el mosaico de Panxón. En su correspondencia, que se puede consultar en el archivo del Museo do Pobo Galego, se revelan las negociaciones por carta con Manuel Gómez, hermano de Juan, el entonces propietario. El tira y afloja empieza en 1898 y acaba al año siguiente; de las 1.000 pesetas del precio inicial la venta se cerró en 600.

Del legado de Cicerón-Blanco se desprende también el interés que la pieza provocó durante la época, con peticiones para fotografiarlo y para exhibirlo en varias exposiciones. No estaría por mucho más tiempo en sus manos. Aún lo custodiaba la primera vez que Ignacio Calvo se refiere al Hércules, en las Memorias arqueológicas de 1914 a 1920, pero en las de 1923-1924 informaba de que lo había cedido a la Sociedad Pro-Monte, que ya de aquella tenía un pequeño museo en la villa guardesa para mostrar los restos más interesantes que iban apareciendo en Santa Trega.

Las excavaciones de 1914 en Santa Trega dirigidas por Ignacio Calvo (en la imagen con bata blanca), marcaron el inicio de las exploraciones del castro

Ese museo se desplazó a la cima del monte en los años 50, traslado que coincidió con la reanudación de las excavaciones bajo la dirección de Manuel Fernández Rodríguez. El arqueólogo, en 1958, elaboró un catálogo con todas las obras expuestas; aunque las descripciones son escuetas, al Hércules, que ubica en la sala principal, le otorga una «importancia extraordinaria».

De su valor debían de saber también los ladrones que, a finales de agosto de 1964, irrumpieron en el museo, forzaron los goznes que lo sujetaban a una columna de madera y se lo llevaron, sin constancia de que tocasen ninguna otra pieza ni causasen mayores daños. Las noticias en la prensa del régimen son muy escasas y poco detalladas; se le dio el tratamiento de un suceso muy menor. Meses después, ya en abril de 1965, se contó que la Comisión Provincial de Monumentos tenía que «lamentar dos pérdidas importantes», el Hércules y un cruceiro en Santa María de Caldas. Y luego, trabajos académicos al margen, el olvido. Como si volviese a la tierra de la que lo sacaron unos canteros.

«Hércules, machado e outros obxectos de bronce» | Museo do Pobo Galego. Fondo Blanco-Cicerón

Reverso de la imagen «Hércules, machado e outros obxectos de bronce» donde se menciona el parecido con la escultura robada en Santa Trega | Museo do Pobo Galego. Fondo Blanco-Cicerón

«No hay otro móvil que el dinero»

Para la inspectora jefa de la Brigada de Patrimonio Histórico no hay pieza que se deba dar por perdida. «Nunca se deja de buscar», comenta, aún en los casos esquivos como el de esta obra. Explica que sus archivos arrancan en 1977, por lo que no tienen constancia de si se abrió una investigación sobre el robo. Hipotéticos expedientes anteriores estarían en la comisaría que hubiese trabajado en el asunto.

«Siempre estamos atentos a lo que sale en subastas y lo que se muestra en exposiciones», señala De Pedro, aunque admite la dificultad de identificar una obra cuando no está en ninguna de las bases de datos de piezas robadas con las que trabajan. En otra reciente recuperación, de una estela funeraria romana robada en Bulgaria, tuvieron conocimiento gracias a que una historiadora francesa la identificó en una web de subastas española. Algo parecido a lo ocurrido con el mosaico de Panxón, aunque esta pieza fue vista in situ y nunca salió del circuito legal.

Sobre la motivación de este tipo de robos, la inspectora jefa es contundente: «Es el dinero siempre, no hay otro móvil». Descarta el tópico de los hurtos por encargo de piezas muy concretas y la existencia de bandas especializadas en arte. En ese sentido, pone el ejemplo de los cinco cuadros de Francis Bacon robados en Madrid, de los que recuperan cuatro. Fueron sustraídos por un grupo criminal al uso que, simplemente, aprovechó un oportunidad que detectó.

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