Entrevista | Yayo Herrero Antropóloga y referente ecofeminista
«El mayor cambio individual que podemos hacer es organizarnos comunitariamente»
La activista visita Vigo para presentar su nuevo libro, «Metamorfosis», y participar en un encuentro organizado por Emaús y Provivienda

Yayo Herrero. / Cedida

Ingeniera técnica agrícola, educadora social y profesora, Yayo Herrero es una de las investigadoras europeas más influyentes en ecofeminismo y llega hoy jueves a Vigo para presentar su nuevo libro, «Metamorfosis», a las 19.00 horas en el centro social A Nubeira, y participar mañana en un encuentro en el local de Emaús, a las 17.00 horas, en Doutor Cadaval, número 30.
-¿Cuáles diría que son los retos actuales del ecofeminismo?
-El asunto central que preocupa ahora mismo a los ecofeminismos es cómo vamos a sostener una vida digna en el planeta dañado que habitamos. Los seres humanos dependemos de todo aquello que produce la naturaleza como el agua, el aire, los alimentos, la energía que utilizamos... Y todos estos elementos se encuentran sometidos en la actualidad a una fuerte tensión, porque atravesamos una crisis ecológica profunda que tiene que ver con la superación de los límites físicos del planeta prácticamente en todas sus dimensiones. Lo que nos dicen también los datos a nivel internacional, incluido el Estado español, es que los niveles de precariedad son muy grandes, por lo que el reto fundamental es cómo vamos a construir una forma de organizar la vida en común que permita que todas las personas, absolutamente todas, puedan garantizar sus necesidades, así como el cumplimiento de sus necesidades en el contexto de un planeta sometido a caos climático, al declive de algunos recursos básicos y a un cambio profundo.
-Lograrlo implicaría una reformulación integral del modelo actual y casi de manera urgente, ¿qué medidas deberían implementarse?
-Coincido en que necesitamos una transformación profunda, algo a lo que ya he empezado a denominar metamorfosis. Necesitamos una transición, la transformación de un modelo basado en las energías fósiles a uno en las energías renovables, el cambio en los modelos de producción de alimentos a unos modelos basados en la agricultura regenerativa, la agroecología, que permitan producir alimentos de calidad, de temporada y de cercanía. La transición, digamos, de unos modelos urbanos altamente insostenibles a modelos urbanos mucho más policéntricos, basados en la construcción de una edificación que sea más eficiente desde todos los puntos de vista, al igual que una mejor relación con el agua. Es decir, una redistribución de la riqueza, el reparto del empleo, fórmulas de rentas básicas incondicionales... El problema fundamentalmente está en que una transición energética basada en las energías renovables que pretenda seguir con el mismo modelo de crecimiento se convierte también en un problema, porque utiliza minerales finitos a una escala a la que resulta muy difícil poder garantizar esa transición o ese cambio si no es con el destrozo y con el expolio de minerales de otros lugares de la Tierra. No hay un problema de falta de propuestas, sino que la clave está en que todas las alternativas tienen que integrarse en un cambio en el modo de ser y estar en el mundo, que implica asumir los límites físicos del planeta y aprender a vivir en un mundo cambiante, redistribuyendo de una forma radical la riqueza, planteando que las soluciones no pasan por crecer económicamente de forma ilimitada, sino por garantizar radicalmente las condiciones de vida de todas las personas.
-Y a nivel individual, ¿qué cambios se pueden impulsar?
-Diría que el mayor cambio individual que tendríamos que hacer es justamente el de no ser individuos aislados. No es lo mismo la responsabilidad de los poderes económicos ni la del ámbito institucional y político, que tienen mayores capacidades de intervención, que la individual, aunque también la tengamos. Las transformaciones individuales tienen un alcance pequeño al final, porque lo que está en juego es disputar el poder y disputar el poder es difícil si lo hacemos individualmente. Por eso digo que el mayor cambio que podemos hacer es el de estar organizados comunitariamente de alguna manera: redes de economía social y solidaria, cooperativas de consumo, cooperativas de servicios energéticos, grupos feministas, grupos ecologistas, sindicatos,... son algunos ejemplos. La clave es, sobre todo, no estar solos. Y, por otra parte, tratar de imaginar colectivamente futuros que nos parezcan deseables y empezar a construirlos, aunque sean cosas pequeñas, porque nunca la política ha hecho nada grande que no estuviera inspirado en la organización de abajo.
-Hace referencia a la organización; mujer y tierra han estado muy ligadas históricamente debido a la situación de explotación que han sufrido y que todavía sufren en distintos lugares del mundo, ¿es indisociable para usted feminismo y ecologismo?
-Podrían ser disociables y, de hecho, lo han sido durante mucho tiempo. Hay movimientos ecologistas o partes del movimiento ecologista que han mirado o han permanecido de espaldas a las miradas feministas, al igual que ha habido feminismos que durante mucho tiempo no han tenido en el marco de sus análisis tan presente la crisis ecosocial o la crisis ecológica. Sin embargo, las miradas ecofeministas son miradas que nacen precisamente del diálogo y de la indisociabilidad entre ambas cosas. Son miradas que hacen indisociables feminismo y ecologismo porque precisamente se construyen alrededor de la consciencia de qué es lo que sostiene la vida humana. Estas miradas son conscientes de que la vida humana depende de procesos naturales y de bienes que hay en la trama de la vida, es decir, en la naturaleza, sin los cuales no se puede vivir y que si son destrozados o destruidos simplemente la vida humana es menos viable, pero son conscientes además de que la vida humana se sostiene gracias a una importante red de relaciones humanas que la mantienen en pie. Es decir, los seres humanos no podemos vivir en solitario. Esto es algo obvio en la infancia, en la vejez, en algunas diversidades funcionales, en la enfermedad, pero en realidad es a lo largo de toda la vida. La vida humana necesita cuidados, necesita vivienda, necesita atenciones, necesita cubrir necesidades que no se pueden cubrir en solitario, que siempre se hacen de alguna forma colectiva. De la consciencia de esa ecodependencia e interdependencia entre humanos es de la que nacen las miradas ecofeministas, que sostienen que la vida humana no se sostiene sola, que hay que sostenerla intencionalmente, y a ese proceso de sostén intencional es a lo que le llamamos el enfoque de la sostenibilidad de la vida, por lo que la prioridad de cualquier política, de cualquier economía o de cualquier cultura que ponga la vida en el centro ha de ser sostener la vida con dignidad, y requiere obviamente esas relaciones de codependencia y de interdependencia.
-Este año ha publicado «Metamorfosis», ¿sobre qué reflexiona en este ensayo?
-«Metamorfosis» se basa en cuatro palabras. La primera es encrucijada, que es el momento de profundísima crisis que estamos viviendo y que conviene mirarla de cara, porque el mundo se ha convertido en un lugar extraño: la atmósfera, el ciclo del agua, todo funciona de una forma extraña en relación a cómo ha funcionado durante los últimos miles de años para los seres humanos. Esa encrucijada también tiene, obviamente, repercusiones sociales que podríamos ver plasmadas en el incremento de las desigualdades, de la precariedad, en las expulsiones y migraciones forzosas y también en un contexto creciente de guerra, donde la guerra incluso empieza a ser asumida como una posibilidad y también como un motor de crecimiento económico. La segunda palabra es extravío, porque en el libro intento responder a la pregunta de cómo es posible que una sociedad que se autodenomina sociedad del conocimiento haya podido crear una economía y una política que nos ponen en riesgo, cuáles son las claves culturales que hacen que nuestro propio conocimiento no nos ponga a salvo de nosotros y nosotras mismas. El tercer eje de este ensayo sería mutación, puesto que estamos viviendo un momento de política mutante en la que vemos crecer opciones de políticas que son racistas, que niegan la ciencia y que, a la vez que la niegan, dicen que no hay problemas ecológicos ni económicos, construyendo relaciones internacionales en donde gobiernos como el de Donald Trump apuntan a Venezuela para quedarse entre otras cosas con el petróleo que todavía queda allí, apuntan o hablan de Zelensky para exigir los minerales de Ucrania, el agua de Canadá o los recursos que hay en Groenlandia. Este es un momento en el que vemos como personas como Javier Milei dicen que la justicia social es una aberración y que los seres humanos somos seres radicalmente individuales y tenemos que mirar por nosotros y nosotras mismas sin preocuparnos de lo que hay alrededor. Esta mutación es, desde mi punto de vista, la respuesta distópica a la crisis ecosocial. Y por último, la cuarta palabra es metamorfosis, que sería una forma de reconstruir la vida en común, que ponga todas las vidas en el centro, una forma que es viable, que podría construirse sobre una propuesta de transición ecosocial justa, que en mi caso propongo que beba de las miradas, de los enfoques de la sostenibilidad de la vida y de los ecofeminismos, porque me parecen tremendamente eficaces para poder lograrlo y que es un proceso de transformación que no voy a decir que sea fácil, porque requiere un importante cambio cultural, pero permitiría desde nuestro punto de vista poder alcanzar, poner la vida en el centro para todas las personas y transformar la realidad, esa realidad encrucijada sin dejarnos a la mitad de la gente por el camino.
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