Sobrevivir a las «cloacas» de la prostitución
Desde los 14 años, Kamila Ferreira ha sido explotada sexualmente durante tres décadas. Víctima de trata, llegó a España siendo menor de edad, en donde ha «hecho plazas» por todo el país, también en Lugo y A Coruña. Relata sus vivencias en la que define como «la gran escuela de violencia contra las mujeres»

Kamila Ferreira, superviviente de prostitución / Cedida

Convivir unas 48 horas con ella y con otras supervivientes enseña una valiosa lección: se aprende a callar, a escuchar su voz, a no juzgar, y también permite una mínima aproximación a la que ellas mismas definen como «la gran escuela de violencia contra las mujeres»: el sistema prostitucional. Después, el estremecimiento se abre paso casi sin posibilidad de retorno.
Kamila Ferreira se maquilla, se peina, se viste elegante y, caminando a su lado, en lo que puede parecer una conversación anodina, de lo cotidiano, se cuela pronto que en una de sus piernas tiene esculpida la marca de una bala disparada en las favelas y a continuación la muestra remangando el vestido. Comenta que su espalda está moteada de quemaduras de cigarros que selló el mismo proxeneta que previamente había matado a una de sus compañeras por intentar escapar, porque «si una se porta mal, el castigo es para todas», dice mientras deja a la vista las cicatrices, añadiendo también que, siendo menor de 50 años, utiliza pañales como consecuencia de haber permanecido explotada sexualmente durante tres décadas.
Con una infancia marcada por una extrema violencia y miseria en las favelas de Brasil, cuando apenas tenía 14 años, se presentaron en su casa dos hombres para proponer a sus abuelos un empleo de niñera para ella en Paraná, oferta que aceptaron a cambio de la paga mensual. Sin embargo, el destino para aquella adolescente no acabó siendo el prometido, pues Kamila fue trasladada directamente a una casa de época para ser una «escort girl», en donde el primer hombre que requirió «sus servicios» superaba los 50: «Yo estaba asustada, después atendí a otro, a otro, a otro y otro, ¡y así sucesivamente!», relata.
Víctima de trata, «vendida de un país a otro», Kamila Ferreira pronto fue llevada a Chile y México para finalmente, cumplidos los meses acordados y con apenas 17 años de edad, fue trasladada a España en 1993: «La imagen de Europa fuera es que es un continente perfecto, por eso pensaba que todo iba a ser mejor, que las cosas iban a cambiar. Llegué con documentación falsa y de Madrid fui llevada con otras chicas brasileñas, también menores, a una casa de citas en las afueras de Valencia. De aquel grupito, del que yo era la mayor, solo dos seguimos vivas actualmente. No conocíamos el idioma ni las leyes, por lo que te sientes muy vulnerable y por eso obedeces. La realidad es que una puta no le interesa a nadie, pero es que si esa puta está fuera de su país de origen, menos todavía», afirma Kamila Ferreira.

Kamila Ferreira, mostrando el pañal que usa por la incontinencia / Cedida
Durante una década permaneció en Valencia hasta que el proxeneta que llevaba aquella casa consideró que con 27 años era ya «muy vieja» para «su negocio», por lo que fue enviada a Tenerife, en donde continuó siendo explotada sexualmente. Tras lograr salir del sistema prostitucional en 2019 y publicar el año pasado el libro «España, la Tailandia europea», Kamila Ferreira asegura que «nunca he recorrido España como lo estoy haciendo ahora, porque durante mucho tiempo lo hice llegando a aeropuertos o a estaciones, en donde siempre había alguien esperando para recogerme y llevarme a clubs o casas de citas directamente».
Y es que, durante muchos años, Kamila Ferreira ha «hecho plazas» por todo el país, una de las formas más habituales para mantenerse en el sistema prostitucional y que consiste en pasar 21 días en un mismo lugar para después marcharse: «¿Por qué 21 días? Porque antiguamente en prostitución se respetaban los días del período y muy pocas mujeres se ponían algodones para trabajar menstruando. Pero cuando la prostitución dejó de ser ‘artesanal’ y se convirtió en una megaindustria, eso ya no se respetó, hasta la industria farmacéutica comenzó a fabricar esponjas vaginales (...) En los 7 días restantes era cuando se aprovechaba para cambiar de plaza, porque los clientes también se cansan de encontrar siempre a las mismas mujeres y demandan carne nueva», explica Kamila Ferreira en su libro.
Fue precisamente así como ella misma llegó a Galicia, concretamente a Lugo y A Coruña, en donde menciona que estuvo «sobre todo en casas de citas, que son esas que parecen casas o pisos normales, todo muy discreto. En Galicia hice muchas plazas, 21 días en un sitio, 21 días en otro, he estado ‘puteando’ mucho ahí y lo bueno fue que nunca tuve problemas de comunicación. Solo no he tenido la barrera del idioma en Galicia».
¿El perfil del putero? «Desde el barrendero al empresario. No hay un perfil, el único perfil es ser hombre», responde esta superviviente del sistema prostitucional, quien en «España, la Tailandia europea» sí repasa el tipo de demandas a las que se ha tenido que enfrentar a lo largo de tres décadas. En este punto, una cuestión que deja clara Kamila Ferreira es que «nunca, en todos los lugares que recorrí en mis más de 30 años en este sistema, vi en ningún sitio una consigna que dijera: Aquí no se permite pegar a las mujeres. Todo lo contrario, que te golpeen es un reclamo, un plus añadido que se ofrece dentro del ‘servicio’ y tienes que aceptarlo porque pagan».
«Más allá de pagar por sexo»
Desde bailar desnudas con el «cliente» durante horas sin parar al coleccionista de bragas, al que se excita si la mujer que es prostituida le pega, al «quitagomas», que a la mínima retira el preservativo, o el que directamente paga por golpear a cualquier chica, hasta prácticas mucho más violentas y denigrantes como tener que darles de lactar recién paridas, Kamila indica que «son muchas situaciones las que nos marcan en el sistema prostitucional, la violencia genera más violencia y como siempre has convivido con ella la normalizas».
«Me quitaron a mi hijo a los 15 días; la gente tiene que entender que esto va más allá de pagar por sexo, a las mujeres se nos usa con muchos fines»
En este sentido, esta superviviente apunta que una realidad compartida entre no pocas mujeres que se han visto atrapadas en las que denomina «las cloacas de la prostitución» es la sustracción de bebés, una práctica de la que ella misma afirma haber sido víctima: «En mi caso, me quitaron a mi hijo a los 15 días. Antes no existían los teléfonos inteligentes y los proxenetas traían a un fotógrafo profesional que nos retrataba con vestidos elegantes, lencería o en bikini, y así hacían un catálogo. Mi hijo consiguió encontrarme 20 años después porque cuando creció se dio cuenta de que había mucha diferencia de edad con su hermano y que su madre era demasiado mayor. En su casa encontró precisamente una de aquellas fotos que me habían hecho e información sobre mi familia e incluso sobre mi tipo de sangre. Fue por esto que consiguió localizarme».
Aquel episodio se registró en la década de los 90 y Kamila Ferreira asegura que «conozco a más compañeras, sobre todo extranjeras, que también han pasado por esto. Ahora se le llama vientres de alquiler, pero muchas veces se utiliza a las mujeres en prostitución para estas prácticas», añadiendo que «la gente tiene que entender que esto va más allá de pagar por sexo, porque a las mujeres se nos utiliza para muchos fines».
Un total de 30 años y 8 meses siendo prostituida, además de incontinencia y múltiples cicatrices, también han dejado en Kamila Ferreira importantes problemas de salud que pasan por estrés postraumático a fuertes dolores de espalda y de piernas por haber pasado tanto tiempo sobre tacones y plataformas, así como problemas cardiovasculares. A día de hoy, lejos de esa violencia, Kamila imparte charlas en centros educativos con el objetivo de mostrar su realidad a los más jóvenes y que no hay final a lo «Pretty Woman».
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