Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

«Putin ordenó a unos investigadores que lograsen la inmortalidad»

La escritora rusa en el exilio Anna Starobinets.

La escritora rusa en el exilio Anna Starobinets. / PEP HERRERO

ERNEST ALÓS

Barcelona

El vado de los zorros debía ser una serie de TV que se desarrollaba en la Manchuria de los años 20. El productor le pidió desplazarla a 1945. El proyecto se frustró y al cabo de unos años, al convertirla en un libro, mantuvo ese cambio. ¿No se planteó volver a su idea inicial?

Sí, pero para entonces, tenía ya muchos elementos que encajaban en ese mundo de posguerra. Por ejemplo, la existencia de los laboratorios donde científicos japoneses practicaron crueles experimentos en Manchuria, que aparecen en la novela.

Y el oficial de la NKVD que consigue que su preso pierda la memoria en la Lubianka. ¿Una metáfora del uso de la desmemoria por parte del poder totalitario…?

Los personajes no representan algo de forma literal, no funciona así. Se trata de algo más grande que ellos, procesos históricos, y místicos, mucho más trascendentales, mucho más grandes y poderosos. Pero sí, la pérdida de la memoria forma parte de la historia, de la trama, pero es también, no solo, una metáfora, un símbolo. Es una persona a la que le han arrebatado la capacidad de asombro. Y eso es lo que suele ocurrir cuando vives bajo una dictadura. Tus sueños, tus metas, tus pasiones, tus fantasías, te son arrebatadas porque te conviertes en parte de un mecanismo.

En la novela se enfrentan dos formas de buscar la inmortalidad, la del oficial soviético y la del maestro taoísta. Creando seres que consigan superarla de una u otra forma. Después de saber que Putin y Xi Jinping charlan sobre eso...

En el libro se presentan dos enfoques: el oriental y el occidental. La concepción oriental de la inmortalidad, como la china, por ejemplo, que implica el Tao, supone que uno se desentiende de su propia vida. Necesitas descuidar tu cuerpo para que tu personalidad interior, por ejemplo, viaje de un cuerpo a otro. Esa parte no es material. El enfoque occidental se centra más en el cuerpo. Deberías tomar algo que te haga vivir más tiempo. Deberías hacer algo con tu cuerpo para prolongar tu vida o quizá alcanzar la inmortalidad. En la Edad Media lo buscaban los alquimistas, no los dictadores.

Siempre se trata de extender el poder sin límites.

Con Putin tiene razón. Es curioso, cuando era periodista, hace muchísimo tiempo, 18 o 20 años, trabajaba en una revista. Corría el rumor de que el Gobierno había abierto un laboratorio donde intentaban investigar la inmortalidad y tenía que entrevistar a dos jóvenes científicos que trabajaban allí. Me confesaron que tenían órdenes de Putin para lograr la inmortalidad, porque él iba a vivir muchísimos años. Cuando les pregunté cómo de lejos habían llegado con la inmortalidad, me respondieron que habían obtenido muy buenos resultados. Pero con el moho...

En esa búsqueda aparecen los seres que protagonizan el título de la novela. Esas mujeres zorro.

Existen tanto en China como en Japón, y también en Corea del Norte. En los cuentos populares chinos se las llama huli jing, y en japonés, kitsune, esas mujeres que se transforman en zorros y viceversa. Y también viven... quizá no para siempre, pero sí durante siglos, porque absorben la energía vital del hombre. Elegir como escenario Manchuria y en ese momento me ofrecía todo lo que quería. Era un cruce de muchas culturas. Estaban los chinos, todavía estaban los japoneses que habían invadido China, había soldados soviéticos que expulsaron a los japoneses, aún había algunos oficiales del Ejército blanco que habían huido tras la revolución, había miembros de los Viejos Creyentes, una secta ortodoxa rusa. Y todos tenían su propia mitología. Podría ser como la mitología comunista soviética, pero era mitología al fin y al cabo. Si añades ciertas criaturas a este panorama, prácticamente pasarían desapercibidas.

Esta vez no está de visita en Barcelona, sino que se ha instalado aquí, tras pasar unos años en Georgia.

Vivo en Sant Cugat (Barcelona) desde septiembre.

¿Cuando dejó Rusia estaba ya bajo alguna amenaza directa y el ambiente ya era irrespirable?

Me fui hace tres años, justo después de que empezara la guerra. Creo que empezó el 24 de febrero y yo me fui el 3 de marzo. Fue mi decisión, en ese momento. Podría haberme quedado, pero eso significaría que tenía que guardar silencio sin expresar libremente lo que quería decir y escribir sobre ese régimen. Que era autocrático y ahora es una dictadura. Algunos amigos míos, periodistas, un director de teatro, se quedaron e intentaron seguir denunciando la situación. Ahora todos están en prisión.

¿Y cómo definiría el régimen ruso para quienes intentamos comprender algo que tiene elementos postsoviéticos, que tiene impulsos neozaristas…? ¿Qué es?

Sí, es una especie de espectáculo zombi, como una URSS zombi. Pero una resurrección no es un nuevo comienzo. La URSS y su dictadura eran algo peligroso, aterrador. Pero había una pasión real, vital. El régimen que tenemos ahora es un muerto viviente, sin pasión, sin objetivos reales. Durante mucho tiempo solo les importó el dinero. Vendiendo petróleo, gas, lo que fuera. Dinero, dinero y dinero. Algunos, en algún momento, tuvieron tanto que ya no necesitan más. Cuando llegas a este punto, empiezas a darle vueltas a ideas. Por eso es muy tóxico tener todo el poder en tus manos y durante muchos años. Te pones a tener grandes ideas. Pero esas ideas son del pasado. Resucitemos la Unión Soviética. Unamos todas las partes que se separaron. Hagamos que Rusia vuelva a ser grande. Pero no hay ideales reales en eso, como sucedía con el socialismo o el comunismo, y sus líderes eran adictos a esas ideas nuevas. Estos tíos están muertos. Son como los caminantes blancos que llegan del norte en Juego de Tronos.

Leí en una entrevista cómo usted recordaba la idea de las dos almas de Rusia, una occidental y otra asiática.

Y por supuesto es la asiática la que domina ahora. Tuvimos Europa como modelo durante un periodo muy corto. Lo que tenemos ahora es una especie de dictadura oriental, con un zar y mucha gente que le muestra todo tipo de gestos de humillación y respeto.

¿Por qué eligió Barcelona?

La verdad es que estuve enamorada de Barcelona durante muchos años. Es una historia un tanto romántica, porque cuando conocí a mi marido hace 22 años, me invitó a un viaje a Barcelona. Me dijo que era su ciudad favorita, que le parecía la más bella y la mejor del mundo. Vinimos juntos a Barcelona y me enamoré, en cierto modo, de ambos: del hombre que se convirtió en mi marido y de la ciudad, porque realmente me parece maravillosa. Ha cambiado mucho desde entonces, pero aún recuerdo esa primera impresión. Durante muchos años, de vez en cuando, hablábamos de que quizá debíamos irnos de Rusia. Teníamos que hacerlo. Hablábamos de dónde mudarnos y, de vez en cuando, mencionábamos Barcelona, porque es la ciudad de nuestros sueños. Pero era la opción más complicada y, en muchos sentidos, la más cara.

Buena suerte con eso.

Al final mi marido falleció, y entonces no tuve más opción que quedarme. Pero cuando necesité irme a otro lugar, pensé: «Bueno, si cambio mi vida por completo, debería ir a la ciudad de mis sueños».

Tracking Pixel Contents