La pareja gallega que hizo del tatuaje una «economía circular»: ella tatúa y él los borra
Sara Pérez es toda una referencia en Galicia y acaba de abrir junto a su pareja, Carlos Ordóñez, su segundo estudio, este en la capital gallega

Sara Pérez y Carlos Ordóñez con una clienta en su estudio de Santiago / Xoan Rey / Efe
Alejandro Espiño / EFE
A Sara Pérez (Boiro) siempre le fascinó dibujar. Ya siendo una niña, con apenas 4 años, apuntaba maneras. Empezó a ganar dinero haciendo retratos a bolígrafo. Hasta que el arte del tatuaje se cruzó en su camino.
Hoy, es toda una referencia en Galicia. Hay quien espera hasta dos años para que uno de sus dibujos adorne su piel. Comenzó a labrarse un nombre desde un modesto estudio de Boiro que, según reconoce a EFE, ya se le quedaba pequeño.
Acaba de abrir un segundo estudio, este en Santiago de Compostela (Esecé Tattoo Studio), junto a su pareja, Carlos Ordóñez (Rianxo). Ambos, también en lo profesional, se compenetran a la perfección. Ella tatúa y él los elimina con láser. Toda una economía circular alrededor del tatuaje.
"Siempre me tiró el mundo del dibujo", explica Sara Pérez. Pero, siendo aún muy joven, "no sabía todas las salidas que tenía el mundo del arte" y dirigió sus estudios hacia la economía. No tardó mucho en cambiar a las artes porque "lo único que me gustaba era dibujar".
Reconoce que lo hizo "sin saber muy bien de qué podría vivir", pero tenía claro que quería labrarse un futuro en el que ir a trabajar "no fuese un suplicio" y que, cada día, "me levantase con ganas de hacer cosas nuevas". Algo que encontró, por recomendación, en los tatuajes.
De dibujar en papel a hacer arte en la piel
Los inicios no fueron fáciles porque, en aquel entonces, pocos se tatuaban algo que no fueran letras chinas, delfines o calaveras. En resumen, "lo que había en los catálogos de las tiendas". Y a ella lo que le gustaba era "tatuar lo que yo dibujaba en un papel".
Así que sus primeros pasos fueron en el mundo del 'bodypainting' y del maquillaje de belleza que, según esta joven artista, "era igualmente dibujar en la piel de las personas". Fue hasta que alguien, tras tocar muchas puertas, se ofreció a enseñarle el oficio de tatuador.
Fue quien le instruyó sobre materiales, sobre tintas o sobre cómo se prepara una esa. Pero más allá de eso, asegura, "todo lo que aprendí fui yo sola". Y, aunque comenzó haciendo de todo, pronto se centró en tatuajes pequeños, a todo color y llenos de detalles.
"Desde el primer momento se me dio bastante bien", subraya Pérez, que comenzó a tatuar en su casa y, fundamentalmente, a amigos y familiares. Para ella, el boca a boca fue fundamental. "Cada vez tenía más gente en espera y no podía meterlos a todos en casa", recuerda.
Su estilo, especializado en línea fina y el microrrealismo causó furor desde el principio. "Era diferente a lo que hacían los demás", explica la tatuadora gallega, que ante este éxito, hace cuatro años, se animó a abrir su propio estudio en Cabo de Cruz, en su Boiro natal.
Había gente, reconoce Sara aún sorprendida, "que cogía un avión para venirse a tatuar conmigo". Todos ellos valoraban, fundamentalmente, que sus diseños son únicos. No hay dos iguales. Pero son reconocibles. Al verlos, sabes de quién son. "Eso es lo más enriquecedor", sostiene.
"Un buen equipo"
¿Y cuándo entró en escena su pareja? Cuando mucha gente empezó a pedirle que reparara tatuajes antiguos o mal hechos, algo que, con su estilo de dibujar, "era muy complicado porque para tapar un tatuaje, el nuevo tenía que ser más grande y más oscuro", afirma la artista.
"Yo le dije que podía encargarme de borrarlos", relata Carlos. Empezó a formarse en esta disciplina y compraron la mejor máquina de láser del mercado porque "teníamos claro que para trabajar sobre la piel de una persona no podíamos usar cualquier cosa".

Sara Pérez y Carlos Ordóñez en su nuevo estudio en Santiago / Xoan Rey / Efe
Lleva ya varios años haciéndolo y cada vez son más los que recurren a él. "Hasta hace poco era un mundo muy desconocido", asegura. A él le gusta mucho. "Cuando viene una persona con un tatuaje muy mal hecho y se lo borro, te miran como si fuese un milagro", afirma entre risas.
Recomienda, en todo caso, "tener cuidado" y elegir bien quién te lo borra porque, ante un tatuaje mal hecho, "el láser lo arregla". Pero si te lo aplican mal o emplean materiales que no son buenos "ya no hay solución". Pueden quedar heridas o cicatrices de por vida.
Entre los dos, reconocen orgullosos, "formamos un buen equipo" porque es habitual que él no deje ni rastro de tinta en la piel de sus clientes, muchos de los cuales después pasan de nuevo por las manos de Sara para inmortalizar alguno de sus diseños.
Pero a medida que su fama crecía, la espera para ponerse en sus manos también era mayor. "Mucha gente sí que esperaba, pero había otros que intentaban buscar en otro lado", apuntan. Hay quien, tras irse con otros, "volvió para borrarlo y para tatuarse lo que quería de verdad".
Un segundo estudio con una gran acogida
Así que, en cuanto surgió la oportunidad, abrieron un segundo estudio. Esta vez, en Santiago. Allí, no solo tatúa Sara. "Traemos artistas de todo el país", explican. Sobre todo, gente que tenga un estilo similar al de ella "u otro que no se suela ver por aquí".
Y, precedidos por su fama, su desembarco en la capital gallega no ha podido ser mejor. Cuando abrieron su agenda hubo quien hizo noche "con silla y manta" para no quedarse sin hueco. Para muchos ellos fueron, incluso, "siete horas en la cola y pegándoles el sol de lleno".
Pero aunque en Santiago pueda tener una mayor exposición, Sara tiene claro que no cerrará su estudio de Boiro. "Me da pena no poder estar más tiempo allí, pero seguirá abierto", subraya. No quiere renunciar a sus orígenes. "Siempre será muy especial para mí", reitera.
Será, en todo caso, junto a Carlos porque, reconoce mirándose entre ellos, "necesitamos el uno del otro" y, aunque lo comparten prácticamente todo -van hasta al mismo gimnasio- "si tuviéramos más tiempo para estar juntos, más estaríamos juntos".
Y con el trabajo siempre en la cabeza. Hasta cuando van por la calle. "Se nos va la vista a los tatuajes de la gente", afirma ella. A lo que él añade, con total complicidad, que "muchas veces le digo que ese brazo necesita láser". Por si acaso, sus tarjetas siempre van en sus bolsillos.
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