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Demetrio Bilbatúa, testigo de México

Con más de un centenar de reconocimientos nacionales e internacionales, Demetrio Bilbatúa fue homenajeado recientemente en Madrid por más de medio siglo dedicado al género documental en México. A unos meses de alcanzar los 91 años de edad, Bilbatúa rescata la mirada del niño vigués que lo habita y que fue determinante para su transformación en maestro y referente del cine testimonial.

Demetrio Bilbatúa, a finales de septiembre, en la playa de Samil Pedro Mina

En su mirada clara se le reflejan las aguas de la ría y, al fondo, las Cíes, las mismas «bellezas naturales» que atravesó a bordo del buque Magallanes hace 80 años ya, una experiencia que su mirada recuerda con «una profundidad bellísima» y que su corazón guarda con nostalgia, pues al mismo tiempo que la vista de aquel pequeño de 10 años se abrumaba ante el paisaje, lo que décadas más tarde le serviría a la hora de producir el cine testimonial de todos los tesoros naturales de México, la morriña se le encaramaba en el pecho a medida que su tierra natal se difuminaba en el horizonte, ese que siempre intentaba alcanzar con ilusión en su infancia cuando recorría como refugio las vías y los túneles del ferrocarril sin saber todavía que, a cada paso que daba, el límite entre cielo y tierra retrocedía.

A escasos meses de cumplir los 91 años de edad, el cineasta Demetrio Bilbatúa regresó a Vigo recientemente de visita, aprovechando que fue homenajeado en Madrid por el más de medio siglo dedicado al género documental en México y con motivo de la inauguración de la nueva sede española de su estudio mexicano de doblaje y postproducción New Art. En el entorno de Samil, posando la vista en ese mar que surcó un día de julio del año 1945 hacia el exilio, «ahorita, en el ocaso de la vida», rescata los recuerdos de una infancia dramática en Vigo, pues su familia fue una de las tantas víctimas de la «desproporcionada» represión del régimen franquista en la ciudad olívica.

Demetrio Bilbatúa, a finales de septiembre, en la playa de Samil. Pedro Mina

«No conocí a mi padre, porque apenas tenía un año y unos meses de vida cuando estalló la Guerra Civil y fue encarcelado. Sin mayor ‘delito’ que haber pertenecido a UGT, aquel fue motivo suficiente para que lo fusilaran junto a mi tío Antonino, diputado de la República Española. Los llevaron al paredón de fusilamiento, pero antes les obligaron a cavar la fosa donde serían enterrados. Y al otro hermano de los Bilbatúa, a mi tío Luis, que era telegrafista en Telégrafos de Vigo, le dieron un paseo. Aquello fue una tragedia para nosotros, éramos una familia modesta y quedamos señalados: yo era ‘el hijo del rojo’, ‘el hijo del fusilado’, por eso mi madre decidió llevarnos para A Coruña, en donde estaba su familia», relata Demetrio Bilbatúa.

Los franquistas saquearon y requisaron todos los materiales del establecimiento que el padre de Demetrio tenía en la calle Príncipe, el estudio Fotomecánicos, un negocio que tiempo más tarde impulsarían sus descendientes, experiencia que él se perdería debido a la emigración hacia México.

«Siempre fui un niño muy resiliente. Por suerte mis ojos empezaron a ver la luz y, paradójicamente, luego viví de ellos toda mi vida»

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De su etapa en A Coruña, Bilbatúa no puede evitar hacer referencia al cine Avenida, en donde descubrió el arte al que acabaría entregando su talento, pero también conserva una anécdota que precisamente casi le cuesta lo que décadas más tarde sería un sentido fundamental para desempeñar su profesión: la vista. «En una época de hambre, a veces robábamos patatas de las leiras para asarlas en hogueras y, en una ocasión, jugando con mi amigo Rafael, él me acercó un hierro al rojo vivo y me dejó borrosa la vista. Mi madre tuvo que llevarme al médico y me vendaron los ojos durante varios meses, estuve unos tres meses a oscuras, y yo le decía a mi madre que no se preocupara, que si no me recuperaba podía dedicarme a vender lotería. Siempre fui un niño muy resiliente. Por suerte mis ojos empezaron a ver la luz y, paradójicamente, luego viví de ellos toda mi vida», cuenta el cineasta.

Una figura clave entonces y digna de reconocimiento para Bilbatúa fue «la tía Margarita», quien había huido de Vigo tras el asesinato de sus tres hermanos y, tras pasar a Francia y finalmente conseguir «cruzar el charco», luchó para que también sus sobrinos pudieran salir de España, ocupándose de establecer los contactos para lograrles el pasaje a México, a donde Demetrio partió desde el puerto de Vigo siendo un niño, poco antes de la entrada en territorio mexicano de un ya veterano Luis Buñuel, con quien años más tarde acabaría compartiendo impresiones sobre el arte que ambos cultivaron desde distintas perspectivas.

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Los recuerdos del cineasta Demetrio Bilbatúa Archivo Bilbatúa

El país de sus ojos

Tras un proceso de adaptación y gracias a que su hermano mayor, Ángel, había heredado el conocimiento de su padre en materia de cámaras y fotografía, los Bilbatúa acabaron aproximándose al mundo periodístico y audiovisual del país que empezaba a erigirse como hogar en donde, poco a poco, fueron ganando prestigio y adueñándose del oficio «detrás de las cámaras» hasta llegar a fundar la sociedad Servicios Fílmicos Hermanos Bilbatúa. En un suspiro, Ángel y Demetrio ya se codeaban con las altas celebridades del periodismo, del cine y, posteriormente, de la política de México.

De aquellos inicios, Demetrio Bilbatúa hace referencia al destacado periodista Agustín Barrios Gómez y comenta que «estudié mucho sobre cinematografía, hice un curso por correspondencia en la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood y, aunque no sabía inglés, me enviaban los fascículos en español; para mí era muy útil acceder a la teoría y también tener la práctica. En los años 60 fue que yo empecé a integrarme de verdad y entonces fue cuando creo una novedad: los documentales frente a los noticiarios fílmicos». Bilbatúa explica que, en aquella época, «se pasaban los noticiarios en las salas de cine, pero yo pensaba que al llegar a la televisión se quedaban obsoletos, porque cualquier noticia, la inauguración de una presa o carretera por el presidente de turno, se filmaba y pasaban 15 días hasta que se distribuían las copias necesarias para todas las salas. La televisión tenía la inmediatez que le faltaba al cine, por lo que le propuse a Barrios que mejor que hacer noticias era montar documentales. Le dije: ‘Mejor le damos al público un documental de cómo se hacen esas grandes obras de infraestructura hidráulica y no la noticia de la inauguración’».

Cámara al hombro, el cineasta vigués se puso a ello y presentó una muestra de documental en el que condensó en unos 10 minutos alrededor de cinco años de construcción de una infraestructura mexicana: «Coincido en que el cine documental es el tratamiento creativo de la realidad, porque transformar el tiempo es un trabajo muy creativo y a la vez definitivo para resultar gramaticalmente didáctico. Ese tratamiento creativo de la realidad, esa transformación de tiempo en formas del espacio, eso, para mí es la creatividad del lenguaje de las imágenes. Me gustó mucho ese tipo de trabajos y se acabaron los noticieros, ese lenguaje era impresionante en aquella época y gustó mucho, fue todo un éxito y luego hacía un documental cada semana. Ángel se dedicó más al largometraje y yo al cine testimonial, aquello me apasionó», afirma Bilbatúa, quien a las cámaras acabó incorporando como herramienta de trabajo helicópteros de pistón para filmar.

Frente a los drones actuales, Demetrio Bilbatúa tuvo que recurrir en su momento al transporte aéreo para lograr captar desde el aire las imágenes que necesitaba y, para ello, se situaba en un asiento fijado en el patín de aterrizaje, si bien los pilotos eran contrarios a ello: «Mis cámaras eran muy grandes, de más de 20 kilos de peso, era complicado físicamente y para que no vibrara tanto yo me ponía en el asiento. A poco más de un metro del aterrizaje, me subía a la cabina y bajábamos», dice.

«Tenemos entre manos nuevos proyectos para instalarnos también en Vigo de alguna manera»

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La naturaleza de México, su evolución en materia de infraestructura, los Juegos Olímpicos de 1968 o el Mundial de 1970, así como grupos étnicos tales como los Huicholes o Tepehuanes, entre otros, son algunas de las temáticas que abarca el acervo fílmico de Bilbatúa que supera el millar de cintas documentales, películas de 35 milímetros que fueron restauradas y digitalizadas gracias al apoyo del empresario Carlos Slim. Más de un siglo dedicado al sector audiovisual, siendo testigo directo de los avances de México, le ha valido a Demetrio Bilbatúa cosechar más de un centenar de premios nacionales e internacionales, destacando el propio director el «máximo», el Premio Ariel, que distingue lo mejor del cine mexicano.

Bilbatúa no regresó a España hasta que Franco murió y pudo retomar el contacto con sus raíces, las que siempre tuvo presentes, de ahí también su apuesta por la expansión de New Art, bajo el mando de su hijo Yuri y su nieta Andrea. «Tenemos entre manos nuevos proyectos para instalarnos también en Vigo de alguna manera», concluye el cineasta.

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