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El cura desterrado que encontró su lugar en Galicia

William Mora fue expatriado de su país, Nicaragua, por hacer su trabajo como sacerdote

El gobierno de Ortega persigue a la Iglesia católica desde que ofreció su ayuda a los heridos y afectados por enfrentarse al sistema

El cura Javier Porro le ayudó a instalarse en Pontevedra, donde ya da misa

William Mora (izq.), ahora cura párroco de la basílica de Santa María pero que llegó como exiliado nicaragüense, junto al padre Javier Porro.

William Mora (izq.), ahora cura párroco de la basílica de Santa María pero que llegó como exiliado nicaragüense, junto al padre Javier Porro. / Gustavo Santos

Vigo

En el centro de Nicaragua hay una pequeña región llamada Bocana de Paiwas. Su extensión se acopla a un río y engloba 31 comunidades salpicadas cauce arriba. Entre ellas se encuentra Bilampí, una aldea de apenas seis mil habitantes. Son muy pocos los pobladores que pudieron estudiar y menos los que salieron de sus fronteras para dedicarse a algo distinto a trabajar el campo. Uno de sus oriundos que sí lo hizo vive ahora en Pontevedra.

Se trata de William Mora, un sacerdote que fue desterrado de su país por sorpresa, cuando volvía de las Jornadas Mundiales de la Juventud celebradas el verano de 2023 en Lisboa. Regresaba a su casa acompañado de 40 jóvenes; había volado a Costa Rica desde Madrid y estaba apunto de cruzar la frontera en autobús. Recuerda que todos fantaseaban con llegar y comer para aliviar las horas de viaje cuando, repentinamente, un policía les dio el alto. Mandó bajar a Mora y ordenó al conductor que siguiese la marcha. Sin salir de su asombro, el cura se quedó a escasos metros de entrar en su país y sin más que lo que llevaba puesto. Su madre, sus dieciséis hermanos y varios grupos de fieles feligreses ya nunca más difrutaron de su compañía. Los jóvenes viajeros continuaron el trayecto llorando su ausencia, pero nunca perdieron el contacto con él.

El sacerdote William Mora 
en la Basílica de Santa María 
de Pontevedra. |  Gustavo Santos

El sacerdote William Mora en la Basílica de Santa María de Pontevedra. / Gustavo Santos

Para entender la historia de este cura hay que adentrarse brevemente en la situación política de su país. Nicaragua lleva casi nueve décadas bajo un régimen dictatorial. Primero fue la dinastía Somoza, de corte conservador, a la que no le tembló el pulso a la hora de recortar derechos sociales. Después se impuso el régimen sandinista, que llegó como un cambio esperanzador y acabó convirtiéndose en una tiranía sin precedentes. Aunque en 1990 el Frente Sandinista de Liberación Nacional tuvo que celebrar elecciones y las perdió, no permitieron a su rival gobernar mucho tiempo. Volvieron con más fuerza y siguen gobernando a día de hoy.

Los hermanos de William Mora, en Nicaragua. |  Cedida

Los hermanos de William Mora, en Nicaragua. | Cedida

El enemigo del gobierno es todo el que se oponga al mandato de Daniel Ortega y su mujer (y heredera) Rosario Murillo. La oposición política, las universidades, los movimientos agrarios, los ecologistas, el feminismo, cualquier personalidad pública crítica e incluso la Iglesia católica están en el punto de mira.

Los creyentes son uno de los grupos perseguidos más novedosos. Mora relata que la persecución se intensificó tras las protestas masivas de 2018: «Las iglesias se abrieron a ayudar a los heridos, a los perseguidos. Entonces pasamos a ser odiados por Ortega, dejamos de estar permitidos». Actualmente hay 160 sacerdotes y cuatro obispos exiliados. Otros fueron condenados a más de 20 años de cárcel.

Elegido para estudiar

El nicaragüense se hizo cura porque encontró su vocación en transmitir esperanza a los fieles, o quizá su vocación lo encontró a él primero. Creció junto a dieciséis hermanos en Bilampí, donde no pudieron ir a la escuela. Una vecina les enseñó a leer y a escribir en casa, pero ahí se iba a quedar su aprendizaje.

Un día, su aldea recibió la visita de un cura. Todos salieron a su encuentro, incluido William que entonces tenía doce años. Aquel visitante se fijó en él y lo escogió. Le propuso llevarlo al centro de Paiwas para comenzar sus estudios.

Aunque tuvo que iniciarse en cursos inferiores a los correspondientes a su edad, logró graduarse en la mitad de años de lo necesario. Aprender le gustaba. Así que, al finalizar los cursos básicos, se fue a la capital del país, Managua, para acudir al Seminario. «Me gustaba la forma que tenían los sacerdotes de comunicar los testimonios, de hablar con la gente, de transmitir esperanza, quería hacer lo mismo», apunta.

Dieciséis hermanos

Al terminar no se olvidó de los suyos y fue ayudando poco a poco a sus hermanos pequeños para que también pudiesen estudiar: «Siete terminaron grados superiores y hay algunos se dedican a enseñar», recoge. «En la comunidad fuimos una excentricidad, nadie entendía por qué era importante formarnos», añade.

Su objetivo es volver a su país algún día (aunque para ello tenga que caer un régimen) y continuar ayudando y animando a formarse a sus feligreses Si estuviese allí les diría «que tengan esperanza. Siempre».

La conexión con Pontevedra

Cuando la policía detuvo a Mora en aquel autobús, la solución parecía compleja. No tenía a donde ir y estaba en un país extranjero. Acudió a una oficina de inmigración en Costa Rica y una trabajadora le indicó que había una parroquia cercana. Desde allí, avisó a su obispo y este le puso en contacto con el de Santiago, Francisco José Prieto, que le comentó que había una posibilidad en Pontevedra. Llegó a la rectoral de Santa María y fue recibido por su sacerdote, Javier Porro, que hizo de intermediario porque ya había acogido anteriormente a otro cura nicaragüense. Tras cuatro meses realizaron su nombramiento en la parroquia de Santa María. También lleva O Burgo y Alba. Afirma que se siente muy bien acogido por los parroquianos.

Marea burocrática

Uno de los mayores obstáculos que se encuentran los migrantes cuando llegan a España es el de lograr cita para sacarse el Número de Identidad de Extranjero, con el que pueden residir y trabajar legalmente. Las esperas son de más de un año, un tiempo dramático cuando no se tiene empleo. «Fui a la oficina de Pontevedra, me mandaron a Vigo y desde ahí otra vez a Pontevedra. Yo no planée irme fuera y me pedían papeles que no podía recuperar»,lamenta.

Finalmente lo logró con ayuda, pero todavía tendrá que esperar seis meses a que le convaliden su permiso de conducción: «Solo pude pedir la cita entrando de madrugada y tras informarme bien de cómo se rellenaba el formulario», dice Mora.

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