asuntos propios

“Los bebés prefieren Stravinski a Mozart”

“Cuando nacemos, el nivel de aptitud musical está al máximo”

El musicólogo portugués
 Paulo Lameiro.   | // RICARDO GRAÇA

El musicólogo portugués Paulo Lameiro. | // RICARDO GRAÇA

nÚRIA NAVARRO

De niño, Paulo Lameiro tocaba la trompeta en la banda de su aldea, Pousos (Portugal). El maestro de la formación le repetía que sería un buen músico, pero a los 18 años, cuando llegó al conservatorio, le dejaron claro que no tenía aptitudes. Se quebró, y se prometió que haría lo posible para que ningún niño sufriera su decepción. El musicólogo –dirigió el Conservatorio Nacional de Lisboa y creó la escuela de arte SAMP– es el pionero de los conciertos para bebés. Sí, bebés. Y lo que cuenta está alejado de lo que creemos.

–Iniciar a los niños en la música pronto, vale. ¿Pero tanto?

–En 1994 conocí al musicólogo norteamericano Edwin Gordon, que sostenía que el momento de la vida en el que la aptitud para escuchar es más elevada es al nacer. De hecho, al cuarto mes de la concepción, empezamos a escuchar sonidos y asociarlos a estados de bienestar o malestar de la madre. La escucha es la primera función completa, y cuando nacemos, el nivel de aptitud musical está al máximo. Creemos que el bebé no va a escuchar música, cuando escucha muchísimo mejor que un adulto.

–¿Cómo sabe que lo disfrutan?

–Al principio quise saber si podían distinguir a un alumno de clarinete de un maestro del instrumento. Reuní a un grupo de bebés y cronometré cuánto tiempo tardaban en abrir mucho los ojos y la boca, y en babear. Comprobé que estaban más tiempo concentrados al escuchar a un gran intérprete. No se puede inferir que disfrute más, pero sabemos que distingue una música más elaborada, con más riqueza.

–Caramba.

–He ofrecido a 50 bebés distintos lenguajes musicales y, por ejemplo, constaté que les interesa más el músico que se mueve con el instrumento, como el acordeonista, que el que toca el piano, estático.

–¿Y eso por qué?

–Cuando hablamos del sonido, no venimos al mundo en blanco, traemos un software de competencias emocionales. Cuando el bebé escucha música, lo conecta con su memoria intrauterina (sonidos de la madre, el padre, los abuelos, la lengua materna). El porcentaje de bebés que lloran al escuchar los sonidos agudos es muchísimo mayor que al escuchar los graves. ¿Sabe por qué?

–No, señor.

–Cuando la madre habla tranquilamente, en paz, utiliza registros de voz más graves que cuando está alterada. El sonido agudo significa malestar de mi madre.

–Los juguetes, la música y el tono de los adultos al hablarles son estridentes.

–Un error. La mayor parte de la música para niños tiene alguna limitación tímbrica o armónica, porque creemos que, para que aprenda, tiene que empezar por ahí. ¡Un bebé no es un ser elemental! Por eso les propongo música clásica. En una frase de Bach están todos los acordes de una banda a lo largo de 40 años. El bebé, que distingue intensidades sonoras, quiere conectarse a la vida, para sobrevivir.

–¿Existe un compositor infalible?

–Cada bebé es único, pero tiene 300.000 sinapsis más que un adulto. Está disponible para aprender de forma más veloz. Yo les propuse música de Mozart –un compositor simétrico, muy orgánico, que permite percibir su estructura– y de Stravinski –más dinámico y disruptivo–, ¿sabe con quién se quedan?

–Se quedan con Mozart.

–¡Con Stravinski! Ofrece más contrastes, más cantidad de información. Hoy sabemos que las prácticas musicales de pueblos que no saben quién es Mozart o Schubert les conceden un sentido de vida global, no solo autonomía estética. Las culturas que no separan la música de la vida están más cerca de experimentar el arte en mayúsculas.

–Ha propuesto también música a presos, refugiados, pacientes terminales…

–Sí, y aprendí una lección. La primera vez que hice un Don Giovanni con reclusos en la Fundación Gulbenkian, ante 1.800 personas, la madre de uno de ellos cogió el micrófono en un intermedio y dijo: “Ustedes no han venido aquí para escuchar a Mozart, han venido por una curiosidad morbosa. A nadie le interesa mi hijo”. Esto me hizo cambiar muchas cosas. Tenemos que pensar por qué lo hacemos, no solo cumplir un papel social.

–¿Ir a la esencia?

–Cuanto más trabajo con los seres humanos, más cuenta me doy de que la sabiduría más pura que nos está faltando está en el universo natural. He trabajado con bebés porque son los especialistas en aprender, pero al final de la vida sabemos lo que de verdad importa. El momento terminal enseña lo esencial.

–¿Qué ‘suena’ al final de la vida?

–En los momentos terminales, lo que queda es un silencio que no escucha nuestro sistema auditivo. Una vibración que no es material. Yo amo a Bach, Schubert y Mahler, pero en ese momento querría conectar con una vibración matricial: el sonido de los árboles.